Libro: La guerra interminable, de Joe Haldeman
Otro clásico de la ciencia ficción del que quizá se ha hablado de más, y no precisamente adecuadamente, lo que conlleva que genere expectativas que luego conducen a cierta decepción.
Pasa por ser un clásico de la ciencia ficción de temática militar, y se la suele comparar con Tropas del espacio de Heinlein, otro clásico que también suscita cierto debate tanto por su ideología como por su misma calidad literaria. Supuestamente, Tropas del espacio es pro militarista, mientras que La Guerra Interminable es todo lo contrario. Aunque quizá una lectura de la obra de Heinlein tantos años después de hacerlo cuando era adolescente podría hacerme cambiar de opinión tampoco la recuerdo tan militarista, y ni mucho menos facha perdida como se ha llegado a decir, pues tiene su punto de ironía y mala uva, aunque desde luego presenta un mundo machote de machotes enfundados en grandes armaduras mientras dan chicharrón a una especie de infestación de cucarachas gigantes. En la obra de Haldeman también tendremos a tipos enfundados en mortales armaduras dando chicharrón a una especie de la que apenas se sabe nada, los taurinos. Del mismo modo que la obra de Heinlein no me parece tan militarista, la de Haldeman no me parece tan antibelicista, y sobre todo lo primero que uno se pregunta es que, si tan antibelicista es, por qué se dedica, casi la totalidad de la novela, a narrarnos una serie de hazañas bélicas futuristas, eso sí, no demasiado heroicas.
La obra tiene ciertos valores, eso es indudable. Los seres humanos, básicamente, son en cierto modo el menor factor de la novela, aunque de forma paradójica como explicaré luego. Haldeman comete un error bastante habitual en este tipo de obras, que para cuando se editó, 1976, ya debería haber estado más que superado, y es poner fechas, aunque bueno, es bastante común y hay gente que sigue cayendo, todo es comprensible. El protagonista, William Mandella, nace en 1975, el fin de la Guerra del Vietnam, y sus primeros jefes, ya en el espacio profundo, son veteranos de esa guerra. Qué manía de poner fechas, hombre. Luego queda mal, y en la posible adaptación que dicen que va a hacer Ridley Scott supongo que tendrán que poner fechas más alejadas para que eso resulte creíble. Se puede aceptar, de acuerdo, un avance tecnológico tan espectacular en apenas veinticinco años, pero como se verá luego al analizar el final, se ve que la intención de relacionar esa guerra con la guerra interminable está desde el principio ahí.
Hay un punto de originalidad en que los soldados, entre los que se encuentra Mandella, sean todos ellos poco menos que genios, de CIs elevadísimos y todos con carreras científicas, además de jóvenes y en perfecta forma. Mientras que en las guerras anteriores la típica carne de cañón es muchas veces la hez de la sociedad, en la supertecnificada guerra del futuro hasta el pelón más arrastrado tiene que ser poco menos que un genio para sobrevivir en unos entornos tan hostiles como el espacio, planetas helados y armas que, muchas veces, pueden causar la muerte del recluta con más facilidad que el enemigo, y que para ser operadas correctamente hay que ser un lumbreras. Otra cosa graciosa y que llama la atención es que el número de soldados que lucha contra la humanidad es poco menos que ridículo, en comparación con cualquier guerra del pasado y de la enorme cantidad de habitantes que tiene entonces la Tierra. Además la guerra es tan cara, y absorbe tan monstruosidad de recursos, que apenas si se consigue mantener toda la infraestructura necesaria para que esos pocos seres humanos continúen la guerra.
Tampoco nos equivoquemos: la mayor parte de la novela es, primero, el proceso de aprendizaje del protagonista para llegar a ser soldado, y después la descripción de las distintas escaramuzas, muy poco heroicas y más bien ridículas, que constituyen su poco gloriosa hoja de servicios, con lo que él mismo reconoce que su mayor mérito para ascender y continuar en la guerra es sencillamente haber sobrevivido. Quizá éste sea uno de los primeros errores de la novela: el personaje principal no es ni un héroe, por propia voluntad o por accidente, ni un cínico que reconoce que sólo va a lo suyo y todo le da igual. Haldeman, como tantos otros escritores de "ciencia ficción dura" es extraordinariamente frío al escribir y apenas si sabemos lo que le pasa al protagonista por la cabeza, lo que contrasta con todo lo que ocurre a su alrededor, una guerra en la que él no es sino un peón sin ningún control de lo que sucede y por otro lado una humanidad que cambia a medida que evoluciona la guerra. Haldeman, eso sí, nos demuestra que es físico de carrera, así que nos explicará con todo lujo de detalles los problemas de acelerar y desacelerar a velocidades relativistas, las escalas logarítmicas de los visores de la armadura, los efectos de las temperaturas extremas, y tantos y tantos detalles más de ese subgénero o forma de entender la ciencia ficción. Algunas cosas sí que tienen gracia, pero están poco explotadas, como por ejemplo que, precisamente por esas dilataciones temporales, que abarcan más de mil años de evolución tecnológica, se pudieran llegar a dar combates entre los dos bandos pero de distintas épocas, con las consiguientes desventajas en armamento. Aparece esto brevemente, pero nada más.
Estupendo: ¿y los personajes qué? La narración en primera persona es eso, fría. Es a través de las opiniones del protagonista que entendemos esa guerra y cómo va cambiando la humanidad metida en esa guerra sin fin. Y sinceramente parece en muchas ocasiones que a ese protagonista le da un poco lo mismo ocho que ochenta, y sólo le molesta o le joroba lo que le pase directamente a él y como mucho a su novia. Sí, le molesta ser un peón en un guerra que ni le va ni le viene, pero tampoco es que reflexione demasiado sobre él mismo, sobre la propia guerra y desde luego no mucho cuando el mismo ser humano va cambiando ante sus ojos. Sinceramente, creo que ni Haldeman se atrevió a ello, ni se le pasó por la imaginación, ni posiblemente creyó que pudiera hacerlo, y dadas las críticas tan favorables de esta novela en el núcleo duro de los aficionados incombustibles del género, tampoco su público habitual esperaba nada parecido.
Uno de los aspectos que más se suele citar de esta novela es precisamente esa humanidad que se va transformando. Después de su primera campaña, antes de reengancharse y ser ascendido a teniente, Mandella vuelve a la Tierra más de veinte años objetivos después de su marcha, con lo que su madre ha envejecido y su hermano menor le recuerda a su padre, mientras que él apenas si es un poco mayor. Después de una revolución causada por el hambre y la inestabilidad política la Tierra tiene una enorme cantidad de población que se mantiene en un desempleo estructural constante, se dedica a ver la holovisión y recibe las noticias de un gobierno mundial que manipula la información y que sigue manteniendo la guerra contra los taurinos por el control de los colapsares, una especie de agujeros negros que comunican casi instantáneamente dos puntos muy lejanos en el espacio. Esta combinación de saltos instantáneos y viajes de efectos relativistas lo veremos repetido en la saga de Hiperión. La Tierra, en esa época no tan lejana para el mismo soldado Mandella, ha cambiado mucho, hay grandes megaciudades, los ancianos no tienen derecho a asistencia médica, y para controlar la población el omnívodo gobierno mundial ha promovido la homosexualidad entre la mayor parte de la población.
La verdad es que no tengo nada contra la ciencia ficción dura, y tampoco es que preconice como algunos lo de una ciencia ficción humanística que ahonde únicamente la especulación social y psicológica de los personajes, porque también puede ser un coñazo, pero en este caso está claro que Haldeman se siente mucho más cómodo dando la murga con explicaciones de si un misil impactará tantos segundos o minutos después, e incluso poniendo listas de cosas que no vienen a cuento y tablas de probabilidad, que construyendo unos personajes que sean poco más que una fachada y que reacionen de forma humana y creíble ante todo lo que les está pasando. La crítica social, así, queda bastante diluida porque la evolución de esa sociedad humana no se explica, sino que se da por dirigida por ese poder mundial que hace y deshace, que sepamos, lo que le da la gana, sin que el narrador se moleste demasiado en lo que está ocurriendo, y por lo que vemos y se nos da a entender el conjunto de la humanidad acepta todos esos cambios, o por lo menos las elipsis narrativas así lo dan a entender. Y, la verdad, es que es un poco increíble lo que nos cuenta. Lo de convertir por las buenas a toda la sociedad humana en homosexual con la excusa de controlar la población en un entorno tecnológico capaz de crear prótesis perfectas, eliminar el cáncer sin problemas y luego de llegar a producir clones, sinceramente, creo que son ganas de matar moscas a cañonazos y sobre todo crear algo de polémica, que quizá lo fuera hace cuarenta años pero que en nuestro mundo donde un homosexual declarado ha llegado a ser casi primer ministro de Irlanda pues no causa el mismo efecto. No dudo que la propuesta no fuera novedosa o algo rompedora en el género en aquella época, pero en tal caso la obra ha envejecido un poco mal, como podría ser el caso de otra obra que ha comenté hace poco. ¿No sería más fácil, digo yo, hacer a la gente estéril permanente o definitivamente, que cada uno le dé alegría al cuerpo con lo que quiera, promoviendo en todo caso la bisexualidad, en vez de intentar controlar algo tan complejo como la sexualidad humana? ¿Y desde cuando la homosexualidad implica no querer tener hijos? De hecho esos nuevos seres humanos dicen que sienten repugnancia tanto por la heterosexualidad como por la reproducción clásica, así que no tiene mucho sentido hacer algo redundante. Es el problema de la ciencia ficción dura, que es dura para algunas ciencias, por regla general la que domina el autor, y en lo demás nos permitimos cualquier licencia. Es el problema de la suspensión de la credibilidad: sé que me está colando una tecnología imposible o hipotética, como los saltos por agujeros negros o naves relativistas, y lo acepto como premisa de la novela y del género en la que se enmarca, pero me resulta mucho menos creíbles esos cambios en la raza humana que se ven poco menos que de pasada.
Tampoco es que me queje demasiado, pero aunque pueda aceptar como tesis principal del libro que esa humanidad evoluciona así, sin que se me den más explicaciones, el efecto puede ser contraproducente al presentárseme un mundo y una interpretación del ser humano en el que la plasticidad humana es tal que la misma noción de libertad pierde sentido, y por tanto es imposible o mucho menos creíble toda crítica a la manipulación de la historia o al militarismo. Si el poder omnívodo es capaz de modificar así a la humanidad, sin que ésta sea capaz de defenderse, o sin que se nos explique ningún movimiento de resistencia a esa transformación, y dejar que se convierta todo el mundo en clones sin familia de raza indefinida, pues todo lo demás pierde fuerza. Al dárseme ese escenario sin crítica ni explicación, sólo como una situación establecida, pues me podrá parecer más o menos exótico lo que veo, pero mi capacidad de juicio o bien se ve mermada porque tengo que especular sobre lo que ha acontecido en ese mundo para cambiar, o tengo que echar mano a otras obras conocidas. En principio la humanidad parece que se ha convertido en una sociedad que poco tiene que envidiar a una posible mezcla de las distopías de Huxley y Orwell, pero no debemos olvidar que éstas nos parecerán repugnantes tanto por compararlas con nuestro mundo y con cómo querríamos que fuese, como por la visión discordante y contestararia de Winston Smith y del Salvaje, mientras que William Mandella, sinceramente, a veces parece que simplemente pasaba por allí, y una vez muerta su madre y sabiendo que no volverá a ver a su hermano parece que le da todo un poco igual, y que acepta esa alienación histórica y de su propia especie que está evolucionando a algo distinto, con bastante aburrimiento, y sólo se refugia en los recuerdos de su propia época y en la poca gente que ha sobrevivido de ella gracias a los efectos relativistas, sobre todo su novia.
El final, por desgracia, refuerza la impresión de algunas cosas que ha ido dando la novela mientras uno la lee. Eso sí, se ve el absurdo de que, después de volver de su tercera "gloriosa" misión, que les ha llevado unos 700 años objetivos, al volver se encuentren que, obviamente, la guerra ha terminado hace más de doscientos años, noticia que les da el único clon repetido del ser humano que queda, y que responde al nombre de Hombre. Se nos explica después, y nos lo tendremos que creer, que una vez llegado a ese estado la humanidad por fin pudieron comunicarse con los taurinos, que de siempre fueron clones naturales de un mismo individuo, y claro, "entre clones se entendieron", y así se deja. Sin comentarios. Y entonces uno comprende por qué los primeros jefes del protagonista fueron veteranos del Vietnam, ya que éstos y el resto de los militarotes al encontrarse con los taurinos no fueron capaces de entenderse con ellos y claro, disparar primero y si eso parlamentar después. La humanidad y los taurinos, al poder comunicarse por primera vez, lo primero que hacen es preguntarse que por qué fueron atacados, y en cuento son capaces de hablarse se echan las manos a la cabeza y se dan cuenta de que todo no fue sino una malentendido causado por esos espadones reaccionarios, y la guerra termina. Mira por dónde al final todo tenía una solución de lo más habermasiana.
Sinceramente, me parece una explicación y un final bastante infantiles. Si me permitís la comparación, es tan burdo como el final de American Beauty, en el que el personaje homófobo, hipermilitarista y autoritario es no sólo una caricatura unidimensional desde el principio, sino que además luego sabemos que es todo eso por ser un homosexual reprimido. Hombre, no... esas cosas a estas alturas no... La explicación general de lo que ocurre en la novela no es mucho más compleja, y viene a resumir un par de postulados jipis bastante ramplones: un estado totalitario dedicado únicamente a perpetuarse y a la guerra. Curiosamente cuando toda la humanidad es igual y no hay ninguna diferencia entre los individuos, se llega al verdadero pacifismo, que además se presupone eterno.
¿Que es una novela antimilitarista o antibelicista? Pues... como dije antes es una de las favoritas de los partidarios de la ciencia ficción militar, que precisamente se dedica a contar hazañas bélicas en el espacio, y los esfuerzos del autor se centran sobre todo en ese aspecto. Si os cuento que incluso hay un juego de tablero de la novela, pues imaginaos. Si lo comparamos con obras realmente antibelicistas, podríamos decir que se queda pero que muy por debajo, y lo siento si la gente cree que la comparación es odiosa pero independientemente del género las novelas son lo que son por su calidad. No os quejéis: un amigo mío es mucho más hellraiser que yo a la hora de criticar Tropas del espacio o El juego de Ender. En Sin novedad en el frente Erich María Remarque nos cuenta los efectos de la guerra en la mente de los soldados y los efectos devastadores en las familias, cómo éstas pasan de la euforia de los desfiles a la desesperación de ver destruidas sus vidas, y el final con el soldado en la trinchera oyendo cantar al pajarillo es desolador. Jonnhy cogió su fusil, ni qué contar, y Senderos de gloria le puede quitar a uno las ganas de por vida de ir a una guerra. Guerra y paz, La delgada línea roja... o experiencias de la guerra y el genocidio vistos como un apocalipsis bíblico en Los cuarenta días del Musa Dagh. Pero oye, como novela de diversión sobre tipos que viajan en el tiempo en una guerra absurda y nada heroica, si el género te gusta, pues me parece correcta.
Desde luego, eso es innegable, esta novela es la revancha de Haldeman a su vuelta de la Guerra del Vietnam, y de ahí que esté eso tan forzado de que a sólo veinte años de finalizar esa guerra, en un entorno científica y tecnológicamente hiperavanzado, los mismos veteranos de esa guerra y de otras que se presuponen cercanas en el tiempo sean los que comiencen, por pura cabezonería y ansias de pegar tiros, una interminable guerra de más de mil años que cambia por completo a la humanidad. No niego su derecho a ello ni sus experiencias en la guerra, pero eso no lo convierte automáticamente, ni mucho menos, ni en un buen crítico político o social ni en un agudo analista de la mente humana. Otros ejemplos de revanchas literarias ante situaciones políticas también han sido comentados en este blog , como la de Philip Roth sobre el presidente Nixon, que precisamente tuvo que abandonar la presidencia poco antes de que se publicase la novela que dio fama a Haldeman.
Por si fuera poco, una vez acabada la guerra, se nos reserva un final feliz algo pastelero que, por lo menos a mí, me sobra por completo. Mandella, separado de su novia antes de su tercera misión, es consciente de que terminarán desfasados como mínimo un siglo en el mejor de los casos, así que asume que nunca volverán a verse. Sin embargo ella ha llegado antes que él, y emprende un viaje con otros compañeros a velocidad relativista hasta que él llegue, de modo que se reúnen en uno de los planetas paradisíacos en los que han ido a retirarse los pocos seres humanos que quedan del remoto pasado, siendo Mandella el único superviviente que queda desde que empezó la guerra. Por si fuera poco, se supone que a otros de los supervivientes se les puede cambiar también la sexualidad así como quien no quiere la cosa, como si fuera la cosa más fácil del mundo: la ciencia ficción dura lo es para lo que le conviene o busca la verosilimitud cuando le apetece. Y, por si fuera poco, al final Mandala y su novia tienen un niño. Supongo que cuando hagan la película sonarán violines. Y sobre la película, sencillamente me espero lo peor, por mucho que, como siempre, la gente se acuerde de que Ridley Scott es el director de Blade Runner cuando les interesa, pero obvian cuando les conviene que perpetró la que quizá sea más bochornosa adaptación de la leyenda de Robin Hood cargándose de paso un guión que prometía mucho.
Aunque la novela no me ha disgustado del todo, tiene sus cosas buenas y reconozco que tengo cierta tolerancia con el género, como ya expliqué en su momento cuando hablé de Tau cero, lo que no me impide ver ciertas falencias. Pero bueno, todos tenemos nuestras contradicciónes: Supernatural me parece una chuminada y después de la primera temporada de Dexter aquello no hay por dónde cogerlo, pero las sigo viendo. A pesar de esto como ya he dicho no creo que sea necesario que el autor nos demuestre lo muy bien que sabe cómo funciona la dinámica de fluidos cuando luego tira por la calle del medio para explicarnos todo lo demás, desde la programación hipnótica para convertirte en un salvaje soldado a la misma sexualidad, que como ya he dicho poco controlaría a la población, ya que el instinto de perpetuarse y tener prole no está sólo asociado sólo con ella.
Por otro lado, supongo que también hay un público que se siente cómodo con este tipo de narraciones un tanto desangeladas, donde se exponen cansinamente descricpciones más propias de un manual de referencia que de una novela, y donde los valores realmente literarios poco menos que podrían molestar, e incluso cuando de jovencito era un apasionado de la astronomía más de una vez leyendo este tipo de novelas pensaba que para saber cómo funcionaba una estrella ya me leía otro tipo de libros. No olvidemos que hay una serie de autores que escriben los llamados tecnothrillers, donde durante páginas y páginas se rellena con información sobre misiles, satélites, prolijas descripciones del funcionamiento interno de agencias de inteligencia reales o imaginarias e interminables explicaciones farragosas que poco o nada contribuyen a la narración y su desarrollo. Y hay gente a la que eso le encanta, y le da igual luego que el protagonista pueda tener el mismo carisma o personalidad que el palo de una escoba, que los diálogos no tengan ni pies ni cabeza o que las situaciones se resuelvan de la forma más estrambótica posible. En una sociedad en la que cada vez está más de moda autodiagnosticarse como "Asperger" para darse bula a uno mismo para ser un maleducado, tener nula empatía por los demás y no mirarse más que al ombligo y atender sólo a la propia complacencia intelectual y estética, por limitadas que éstas sean, tampoco es de extrañar. Que tampoco me parece mal y cada cual tiene sus vicios, pero en todo caso hay que sentirse hasta cierto punto orgulloso o como mínimo indulgente con ellos como una debilidad de carácter propia de todo ser humano, no defenderlos como puras virtudes. Nunca me consideré virtuoso por fumar y nunca he pretendido serlo más por haber dejado de hacerlo.
Por otro lado a todo esto podría añadírsele que ésta es, en cierto modo, la primera parte de una trilogía, aunque con reservas, del mismo modo que Star Wars es la primera parte de una trilogía porque existieron dos partes posteriormente, no porque se ideara así. La supuesta segunda parte es La paz interminable, que no es propiamente una continuación. La que sí que es propiamente una continuación es Forever free, La libertad interminable o Libre por siempre, con críticas mucho menos elogiosas y donde parece que Haldeman demuestra que en ocasiones los escritores de ciencia fición no tienen ni arreglo ni enmienda. Como ya comenté en su momento, los finales tanto de El mundo del Río como de Hiperión terminan derivando a un misticismo que lo mínimo que se puede decir es que... me rompe las pelotas. En este caso Haldeman también intenta ejercer de gurú, y el resultado es el esperado, cuando por allí termina apareciendo Dios y otras cosas que, como se suele decir, no son de recibo. Luego me critican algunos porque me gusta la saga de Dune; hombre, al menos es coherente y tiene un componente místico desde el principio que nunca oculta, y una cosa es que haya emperadores deificados y otra que aparezca Ahura Mazda por ahí tan tranquilo.
La novela fue adaptada al cómic en 1988, y hay edición española en tres tomos en el típico formato cartoné que hace todo tan poco asequible. No está mal como adaptación, y curiosamente no es una obra americana como se podría esperar, sino que fue realizada en holandés en 1988, y si alguna queja tengo es que el personaje principal es exactamente como en la novela: inexpresivo. Las fechas están actualizadas respecto a la novela y se adelantan un poco, pero claro, nuevamente pasan un par de décadas y se va todo al carajote. Por una vez, y sin que parezca que sirva de precedente, el autor de la novela quedó encantado con la adaptación. El mismo Haldeman se encargó de guionizar una continuación que sirve de puente con Forever Free, que leeré en breve en cuando me traigan de play.com en un tomo que incluye las tres novelas, aunque como ya se ha dicho la segunda se mete ahí más por similitud del título que otra cosa.
Como otro dato curioso Haldeman en la tercera parte de la novela introduce un sistema de enseñanza avanzado con el que al futuro mayor Mandella le enseñan toda la cultura militar del mundo en un sistema de realidad virtual, algo sin duda novedoso en las fechas en que fue escrita. Posteriormente Haldeman escribiría una novela sobre este tema, Viejo siglo XX, en el que se recrea por medio de la realidad virtual el siglo XX para estudiarlo y simular la vida en él. Como curiosidad, lo compré a precio de saldo, otro más si recordáis otros casos que he mencionado, porque me costó 3 lurus de los 19 que pone en portada. Pertenece a la colección Ómicron de Libros del Atril, que sólo alcanzó 16 títulos y como se ve tuvo que ser saldada. Ahora esa editorial, visto lo que hay, publica libros de otra laya. Que poquito nos queda.
Ǝ espóileres.
Pasa por ser un clásico de la ciencia ficción de temática militar, y se la suele comparar con Tropas del espacio de Heinlein, otro clásico que también suscita cierto debate tanto por su ideología como por su misma calidad literaria. Supuestamente, Tropas del espacio es pro militarista, mientras que La Guerra Interminable es todo lo contrario. Aunque quizá una lectura de la obra de Heinlein tantos años después de hacerlo cuando era adolescente podría hacerme cambiar de opinión tampoco la recuerdo tan militarista, y ni mucho menos facha perdida como se ha llegado a decir, pues tiene su punto de ironía y mala uva, aunque desde luego presenta un mundo machote de machotes enfundados en grandes armaduras mientras dan chicharrón a una especie de infestación de cucarachas gigantes. En la obra de Haldeman también tendremos a tipos enfundados en mortales armaduras dando chicharrón a una especie de la que apenas se sabe nada, los taurinos. Del mismo modo que la obra de Heinlein no me parece tan militarista, la de Haldeman no me parece tan antibelicista, y sobre todo lo primero que uno se pregunta es que, si tan antibelicista es, por qué se dedica, casi la totalidad de la novela, a narrarnos una serie de hazañas bélicas futuristas, eso sí, no demasiado heroicas.
La obra tiene ciertos valores, eso es indudable. Los seres humanos, básicamente, son en cierto modo el menor factor de la novela, aunque de forma paradójica como explicaré luego. Haldeman comete un error bastante habitual en este tipo de obras, que para cuando se editó, 1976, ya debería haber estado más que superado, y es poner fechas, aunque bueno, es bastante común y hay gente que sigue cayendo, todo es comprensible. El protagonista, William Mandella, nace en 1975, el fin de la Guerra del Vietnam, y sus primeros jefes, ya en el espacio profundo, son veteranos de esa guerra. Qué manía de poner fechas, hombre. Luego queda mal, y en la posible adaptación que dicen que va a hacer Ridley Scott supongo que tendrán que poner fechas más alejadas para que eso resulte creíble. Se puede aceptar, de acuerdo, un avance tecnológico tan espectacular en apenas veinticinco años, pero como se verá luego al analizar el final, se ve que la intención de relacionar esa guerra con la guerra interminable está desde el principio ahí.
Hay un punto de originalidad en que los soldados, entre los que se encuentra Mandella, sean todos ellos poco menos que genios, de CIs elevadísimos y todos con carreras científicas, además de jóvenes y en perfecta forma. Mientras que en las guerras anteriores la típica carne de cañón es muchas veces la hez de la sociedad, en la supertecnificada guerra del futuro hasta el pelón más arrastrado tiene que ser poco menos que un genio para sobrevivir en unos entornos tan hostiles como el espacio, planetas helados y armas que, muchas veces, pueden causar la muerte del recluta con más facilidad que el enemigo, y que para ser operadas correctamente hay que ser un lumbreras. Otra cosa graciosa y que llama la atención es que el número de soldados que lucha contra la humanidad es poco menos que ridículo, en comparación con cualquier guerra del pasado y de la enorme cantidad de habitantes que tiene entonces la Tierra. Además la guerra es tan cara, y absorbe tan monstruosidad de recursos, que apenas si se consigue mantener toda la infraestructura necesaria para que esos pocos seres humanos continúen la guerra.
Tampoco nos equivoquemos: la mayor parte de la novela es, primero, el proceso de aprendizaje del protagonista para llegar a ser soldado, y después la descripción de las distintas escaramuzas, muy poco heroicas y más bien ridículas, que constituyen su poco gloriosa hoja de servicios, con lo que él mismo reconoce que su mayor mérito para ascender y continuar en la guerra es sencillamente haber sobrevivido. Quizá éste sea uno de los primeros errores de la novela: el personaje principal no es ni un héroe, por propia voluntad o por accidente, ni un cínico que reconoce que sólo va a lo suyo y todo le da igual. Haldeman, como tantos otros escritores de "ciencia ficción dura" es extraordinariamente frío al escribir y apenas si sabemos lo que le pasa al protagonista por la cabeza, lo que contrasta con todo lo que ocurre a su alrededor, una guerra en la que él no es sino un peón sin ningún control de lo que sucede y por otro lado una humanidad que cambia a medida que evoluciona la guerra. Haldeman, eso sí, nos demuestra que es físico de carrera, así que nos explicará con todo lujo de detalles los problemas de acelerar y desacelerar a velocidades relativistas, las escalas logarítmicas de los visores de la armadura, los efectos de las temperaturas extremas, y tantos y tantos detalles más de ese subgénero o forma de entender la ciencia ficción. Algunas cosas sí que tienen gracia, pero están poco explotadas, como por ejemplo que, precisamente por esas dilataciones temporales, que abarcan más de mil años de evolución tecnológica, se pudieran llegar a dar combates entre los dos bandos pero de distintas épocas, con las consiguientes desventajas en armamento. Aparece esto brevemente, pero nada más.
Estupendo: ¿y los personajes qué? La narración en primera persona es eso, fría. Es a través de las opiniones del protagonista que entendemos esa guerra y cómo va cambiando la humanidad metida en esa guerra sin fin. Y sinceramente parece en muchas ocasiones que a ese protagonista le da un poco lo mismo ocho que ochenta, y sólo le molesta o le joroba lo que le pase directamente a él y como mucho a su novia. Sí, le molesta ser un peón en un guerra que ni le va ni le viene, pero tampoco es que reflexione demasiado sobre él mismo, sobre la propia guerra y desde luego no mucho cuando el mismo ser humano va cambiando ante sus ojos. Sinceramente, creo que ni Haldeman se atrevió a ello, ni se le pasó por la imaginación, ni posiblemente creyó que pudiera hacerlo, y dadas las críticas tan favorables de esta novela en el núcleo duro de los aficionados incombustibles del género, tampoco su público habitual esperaba nada parecido.
Uno de los aspectos que más se suele citar de esta novela es precisamente esa humanidad que se va transformando. Después de su primera campaña, antes de reengancharse y ser ascendido a teniente, Mandella vuelve a la Tierra más de veinte años objetivos después de su marcha, con lo que su madre ha envejecido y su hermano menor le recuerda a su padre, mientras que él apenas si es un poco mayor. Después de una revolución causada por el hambre y la inestabilidad política la Tierra tiene una enorme cantidad de población que se mantiene en un desempleo estructural constante, se dedica a ver la holovisión y recibe las noticias de un gobierno mundial que manipula la información y que sigue manteniendo la guerra contra los taurinos por el control de los colapsares, una especie de agujeros negros que comunican casi instantáneamente dos puntos muy lejanos en el espacio. Esta combinación de saltos instantáneos y viajes de efectos relativistas lo veremos repetido en la saga de Hiperión. La Tierra, en esa época no tan lejana para el mismo soldado Mandella, ha cambiado mucho, hay grandes megaciudades, los ancianos no tienen derecho a asistencia médica, y para controlar la población el omnívodo gobierno mundial ha promovido la homosexualidad entre la mayor parte de la población.
La verdad es que no tengo nada contra la ciencia ficción dura, y tampoco es que preconice como algunos lo de una ciencia ficción humanística que ahonde únicamente la especulación social y psicológica de los personajes, porque también puede ser un coñazo, pero en este caso está claro que Haldeman se siente mucho más cómodo dando la murga con explicaciones de si un misil impactará tantos segundos o minutos después, e incluso poniendo listas de cosas que no vienen a cuento y tablas de probabilidad, que construyendo unos personajes que sean poco más que una fachada y que reacionen de forma humana y creíble ante todo lo que les está pasando. La crítica social, así, queda bastante diluida porque la evolución de esa sociedad humana no se explica, sino que se da por dirigida por ese poder mundial que hace y deshace, que sepamos, lo que le da la gana, sin que el narrador se moleste demasiado en lo que está ocurriendo, y por lo que vemos y se nos da a entender el conjunto de la humanidad acepta todos esos cambios, o por lo menos las elipsis narrativas así lo dan a entender. Y, la verdad, es que es un poco increíble lo que nos cuenta. Lo de convertir por las buenas a toda la sociedad humana en homosexual con la excusa de controlar la población en un entorno tecnológico capaz de crear prótesis perfectas, eliminar el cáncer sin problemas y luego de llegar a producir clones, sinceramente, creo que son ganas de matar moscas a cañonazos y sobre todo crear algo de polémica, que quizá lo fuera hace cuarenta años pero que en nuestro mundo donde un homosexual declarado ha llegado a ser casi primer ministro de Irlanda pues no causa el mismo efecto. No dudo que la propuesta no fuera novedosa o algo rompedora en el género en aquella época, pero en tal caso la obra ha envejecido un poco mal, como podría ser el caso de otra obra que ha comenté hace poco. ¿No sería más fácil, digo yo, hacer a la gente estéril permanente o definitivamente, que cada uno le dé alegría al cuerpo con lo que quiera, promoviendo en todo caso la bisexualidad, en vez de intentar controlar algo tan complejo como la sexualidad humana? ¿Y desde cuando la homosexualidad implica no querer tener hijos? De hecho esos nuevos seres humanos dicen que sienten repugnancia tanto por la heterosexualidad como por la reproducción clásica, así que no tiene mucho sentido hacer algo redundante. Es el problema de la ciencia ficción dura, que es dura para algunas ciencias, por regla general la que domina el autor, y en lo demás nos permitimos cualquier licencia. Es el problema de la suspensión de la credibilidad: sé que me está colando una tecnología imposible o hipotética, como los saltos por agujeros negros o naves relativistas, y lo acepto como premisa de la novela y del género en la que se enmarca, pero me resulta mucho menos creíbles esos cambios en la raza humana que se ven poco menos que de pasada.
Tampoco es que me queje demasiado, pero aunque pueda aceptar como tesis principal del libro que esa humanidad evoluciona así, sin que se me den más explicaciones, el efecto puede ser contraproducente al presentárseme un mundo y una interpretación del ser humano en el que la plasticidad humana es tal que la misma noción de libertad pierde sentido, y por tanto es imposible o mucho menos creíble toda crítica a la manipulación de la historia o al militarismo. Si el poder omnívodo es capaz de modificar así a la humanidad, sin que ésta sea capaz de defenderse, o sin que se nos explique ningún movimiento de resistencia a esa transformación, y dejar que se convierta todo el mundo en clones sin familia de raza indefinida, pues todo lo demás pierde fuerza. Al dárseme ese escenario sin crítica ni explicación, sólo como una situación establecida, pues me podrá parecer más o menos exótico lo que veo, pero mi capacidad de juicio o bien se ve mermada porque tengo que especular sobre lo que ha acontecido en ese mundo para cambiar, o tengo que echar mano a otras obras conocidas. En principio la humanidad parece que se ha convertido en una sociedad que poco tiene que envidiar a una posible mezcla de las distopías de Huxley y Orwell, pero no debemos olvidar que éstas nos parecerán repugnantes tanto por compararlas con nuestro mundo y con cómo querríamos que fuese, como por la visión discordante y contestararia de Winston Smith y del Salvaje, mientras que William Mandella, sinceramente, a veces parece que simplemente pasaba por allí, y una vez muerta su madre y sabiendo que no volverá a ver a su hermano parece que le da todo un poco igual, y que acepta esa alienación histórica y de su propia especie que está evolucionando a algo distinto, con bastante aburrimiento, y sólo se refugia en los recuerdos de su propia época y en la poca gente que ha sobrevivido de ella gracias a los efectos relativistas, sobre todo su novia.
El final, por desgracia, refuerza la impresión de algunas cosas que ha ido dando la novela mientras uno la lee. Eso sí, se ve el absurdo de que, después de volver de su tercera "gloriosa" misión, que les ha llevado unos 700 años objetivos, al volver se encuentren que, obviamente, la guerra ha terminado hace más de doscientos años, noticia que les da el único clon repetido del ser humano que queda, y que responde al nombre de Hombre. Se nos explica después, y nos lo tendremos que creer, que una vez llegado a ese estado la humanidad por fin pudieron comunicarse con los taurinos, que de siempre fueron clones naturales de un mismo individuo, y claro, "entre clones se entendieron", y así se deja. Sin comentarios. Y entonces uno comprende por qué los primeros jefes del protagonista fueron veteranos del Vietnam, ya que éstos y el resto de los militarotes al encontrarse con los taurinos no fueron capaces de entenderse con ellos y claro, disparar primero y si eso parlamentar después. La humanidad y los taurinos, al poder comunicarse por primera vez, lo primero que hacen es preguntarse que por qué fueron atacados, y en cuento son capaces de hablarse se echan las manos a la cabeza y se dan cuenta de que todo no fue sino una malentendido causado por esos espadones reaccionarios, y la guerra termina. Mira por dónde al final todo tenía una solución de lo más habermasiana.
Sinceramente, me parece una explicación y un final bastante infantiles. Si me permitís la comparación, es tan burdo como el final de American Beauty, en el que el personaje homófobo, hipermilitarista y autoritario es no sólo una caricatura unidimensional desde el principio, sino que además luego sabemos que es todo eso por ser un homosexual reprimido. Hombre, no... esas cosas a estas alturas no... La explicación general de lo que ocurre en la novela no es mucho más compleja, y viene a resumir un par de postulados jipis bastante ramplones: un estado totalitario dedicado únicamente a perpetuarse y a la guerra. Curiosamente cuando toda la humanidad es igual y no hay ninguna diferencia entre los individuos, se llega al verdadero pacifismo, que además se presupone eterno.
¿Que es una novela antimilitarista o antibelicista? Pues... como dije antes es una de las favoritas de los partidarios de la ciencia ficción militar, que precisamente se dedica a contar hazañas bélicas en el espacio, y los esfuerzos del autor se centran sobre todo en ese aspecto. Si os cuento que incluso hay un juego de tablero de la novela, pues imaginaos. Si lo comparamos con obras realmente antibelicistas, podríamos decir que se queda pero que muy por debajo, y lo siento si la gente cree que la comparación es odiosa pero independientemente del género las novelas son lo que son por su calidad. No os quejéis: un amigo mío es mucho más hellraiser que yo a la hora de criticar Tropas del espacio o El juego de Ender. En Sin novedad en el frente Erich María Remarque nos cuenta los efectos de la guerra en la mente de los soldados y los efectos devastadores en las familias, cómo éstas pasan de la euforia de los desfiles a la desesperación de ver destruidas sus vidas, y el final con el soldado en la trinchera oyendo cantar al pajarillo es desolador. Jonnhy cogió su fusil, ni qué contar, y Senderos de gloria le puede quitar a uno las ganas de por vida de ir a una guerra. Guerra y paz, La delgada línea roja... o experiencias de la guerra y el genocidio vistos como un apocalipsis bíblico en Los cuarenta días del Musa Dagh. Pero oye, como novela de diversión sobre tipos que viajan en el tiempo en una guerra absurda y nada heroica, si el género te gusta, pues me parece correcta.
Desde luego, eso es innegable, esta novela es la revancha de Haldeman a su vuelta de la Guerra del Vietnam, y de ahí que esté eso tan forzado de que a sólo veinte años de finalizar esa guerra, en un entorno científica y tecnológicamente hiperavanzado, los mismos veteranos de esa guerra y de otras que se presuponen cercanas en el tiempo sean los que comiencen, por pura cabezonería y ansias de pegar tiros, una interminable guerra de más de mil años que cambia por completo a la humanidad. No niego su derecho a ello ni sus experiencias en la guerra, pero eso no lo convierte automáticamente, ni mucho menos, ni en un buen crítico político o social ni en un agudo analista de la mente humana. Otros ejemplos de revanchas literarias ante situaciones políticas también han sido comentados en este blog , como la de Philip Roth sobre el presidente Nixon, que precisamente tuvo que abandonar la presidencia poco antes de que se publicase la novela que dio fama a Haldeman.
Por si fuera poco, una vez acabada la guerra, se nos reserva un final feliz algo pastelero que, por lo menos a mí, me sobra por completo. Mandella, separado de su novia antes de su tercera misión, es consciente de que terminarán desfasados como mínimo un siglo en el mejor de los casos, así que asume que nunca volverán a verse. Sin embargo ella ha llegado antes que él, y emprende un viaje con otros compañeros a velocidad relativista hasta que él llegue, de modo que se reúnen en uno de los planetas paradisíacos en los que han ido a retirarse los pocos seres humanos que quedan del remoto pasado, siendo Mandella el único superviviente que queda desde que empezó la guerra. Por si fuera poco, se supone que a otros de los supervivientes se les puede cambiar también la sexualidad así como quien no quiere la cosa, como si fuera la cosa más fácil del mundo: la ciencia ficción dura lo es para lo que le conviene o busca la verosilimitud cuando le apetece. Y, por si fuera poco, al final Mandala y su novia tienen un niño. Supongo que cuando hagan la película sonarán violines. Y sobre la película, sencillamente me espero lo peor, por mucho que, como siempre, la gente se acuerde de que Ridley Scott es el director de Blade Runner cuando les interesa, pero obvian cuando les conviene que perpetró la que quizá sea más bochornosa adaptación de la leyenda de Robin Hood cargándose de paso un guión que prometía mucho.
Aunque la novela no me ha disgustado del todo, tiene sus cosas buenas y reconozco que tengo cierta tolerancia con el género, como ya expliqué en su momento cuando hablé de Tau cero, lo que no me impide ver ciertas falencias. Pero bueno, todos tenemos nuestras contradicciónes: Supernatural me parece una chuminada y después de la primera temporada de Dexter aquello no hay por dónde cogerlo, pero las sigo viendo. A pesar de esto como ya he dicho no creo que sea necesario que el autor nos demuestre lo muy bien que sabe cómo funciona la dinámica de fluidos cuando luego tira por la calle del medio para explicarnos todo lo demás, desde la programación hipnótica para convertirte en un salvaje soldado a la misma sexualidad, que como ya he dicho poco controlaría a la población, ya que el instinto de perpetuarse y tener prole no está sólo asociado sólo con ella.
Por otro lado, supongo que también hay un público que se siente cómodo con este tipo de narraciones un tanto desangeladas, donde se exponen cansinamente descricpciones más propias de un manual de referencia que de una novela, y donde los valores realmente literarios poco menos que podrían molestar, e incluso cuando de jovencito era un apasionado de la astronomía más de una vez leyendo este tipo de novelas pensaba que para saber cómo funcionaba una estrella ya me leía otro tipo de libros. No olvidemos que hay una serie de autores que escriben los llamados tecnothrillers, donde durante páginas y páginas se rellena con información sobre misiles, satélites, prolijas descripciones del funcionamiento interno de agencias de inteligencia reales o imaginarias e interminables explicaciones farragosas que poco o nada contribuyen a la narración y su desarrollo. Y hay gente a la que eso le encanta, y le da igual luego que el protagonista pueda tener el mismo carisma o personalidad que el palo de una escoba, que los diálogos no tengan ni pies ni cabeza o que las situaciones se resuelvan de la forma más estrambótica posible. En una sociedad en la que cada vez está más de moda autodiagnosticarse como "Asperger" para darse bula a uno mismo para ser un maleducado, tener nula empatía por los demás y no mirarse más que al ombligo y atender sólo a la propia complacencia intelectual y estética, por limitadas que éstas sean, tampoco es de extrañar. Que tampoco me parece mal y cada cual tiene sus vicios, pero en todo caso hay que sentirse hasta cierto punto orgulloso o como mínimo indulgente con ellos como una debilidad de carácter propia de todo ser humano, no defenderlos como puras virtudes. Nunca me consideré virtuoso por fumar y nunca he pretendido serlo más por haber dejado de hacerlo.
Por otro lado a todo esto podría añadírsele que ésta es, en cierto modo, la primera parte de una trilogía, aunque con reservas, del mismo modo que Star Wars es la primera parte de una trilogía porque existieron dos partes posteriormente, no porque se ideara así. La supuesta segunda parte es La paz interminable, que no es propiamente una continuación. La que sí que es propiamente una continuación es Forever free, La libertad interminable o Libre por siempre, con críticas mucho menos elogiosas y donde parece que Haldeman demuestra que en ocasiones los escritores de ciencia fición no tienen ni arreglo ni enmienda. Como ya comenté en su momento, los finales tanto de El mundo del Río como de Hiperión terminan derivando a un misticismo que lo mínimo que se puede decir es que... me rompe las pelotas. En este caso Haldeman también intenta ejercer de gurú, y el resultado es el esperado, cuando por allí termina apareciendo Dios y otras cosas que, como se suele decir, no son de recibo. Luego me critican algunos porque me gusta la saga de Dune; hombre, al menos es coherente y tiene un componente místico desde el principio que nunca oculta, y una cosa es que haya emperadores deificados y otra que aparezca Ahura Mazda por ahí tan tranquilo.
La novela fue adaptada al cómic en 1988, y hay edición española en tres tomos en el típico formato cartoné que hace todo tan poco asequible. No está mal como adaptación, y curiosamente no es una obra americana como se podría esperar, sino que fue realizada en holandés en 1988, y si alguna queja tengo es que el personaje principal es exactamente como en la novela: inexpresivo. Las fechas están actualizadas respecto a la novela y se adelantan un poco, pero claro, nuevamente pasan un par de décadas y se va todo al carajote. Por una vez, y sin que parezca que sirva de precedente, el autor de la novela quedó encantado con la adaptación. El mismo Haldeman se encargó de guionizar una continuación que sirve de puente con Forever Free, que leeré en breve en cuando me traigan de play.com en un tomo que incluye las tres novelas, aunque como ya se ha dicho la segunda se mete ahí más por similitud del título que otra cosa.
Como otro dato curioso Haldeman en la tercera parte de la novela introduce un sistema de enseñanza avanzado con el que al futuro mayor Mandella le enseñan toda la cultura militar del mundo en un sistema de realidad virtual, algo sin duda novedoso en las fechas en que fue escrita. Posteriormente Haldeman escribiría una novela sobre este tema, Viejo siglo XX, en el que se recrea por medio de la realidad virtual el siglo XX para estudiarlo y simular la vida en él. Como curiosidad, lo compré a precio de saldo, otro más si recordáis otros casos que he mencionado, porque me costó 3 lurus de los 19 que pone en portada. Pertenece a la colección Ómicron de Libros del Atril, que sólo alcanzó 16 títulos y como se ve tuvo que ser saldada. Ahora esa editorial, visto lo que hay, publica libros de otra laya. Que poquito nos queda.
-SuperSantiEgo
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