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13.3.11

Libro: Santuario, de William Faulkner

La portada no es sutil, no.
Lo primero que uno debe tener claro al leer una novela de William Faulkner es que no sólo era un genio, sino que además lo sabía y va a hacer, literal y literariamente, lo que le dé la santísima gana. Todas esas profecías sobre el futuro de la literatura como texto semiguiado por el público (la literatura no tiene público, merluzos, sino lectores, eso para empezar), se dan de tortas con un ejemplo como el siguiente, el primer título que le dio la fama al futuro premio Nobel y considerado como uno de los más importantes narradores del siglo XX. No he leído obra de él que no sigan el mismo esquema: el señor Faulkner te coge por las solapas, te da un meneo y a partir de ahí te lleva por donde quiere. Porque le da la gana, porque él lo vale.

Si no ya me explicaréis qué sentido tiene que uno empiece por la primera página y aparezca un tipo, sin venir a cuento, bebiendo en un pequeño manantial de un bosquecillo, en el que aparece, tampoco sin venir demasiado a cuento, uno de los protagonistas de la novela, Popeye. Faulkner te descoloca desde el primer momento y luego te va colocando lo que él cree que debes saber en el orden que le parece mejor. Su juguete, sus reglas. Algo así como cuando uno lee el tochaco de Luz de agosto (relectura en breve), y en las primeras cien, sí, cien, páginas, no pasa naaaaaada. Pero nada, el tío no arranca porque no le da la gana, y cuando arranca entiendes por qué ha hecho eso y qué sentido tiene. Era mucho, don William.

Es, también, un escritor un tanto atípico dentro de la narrativa estadounidense, muy influido por los autores europeos que lo precedieron, y cuyas técnicas aplica con maestría. Recordad: El sonido y la furia está contada en parte desde el punto de vista de un retrasado mental. También es un escritor deudor del pasado europeo, y es posible que nos recuerde al naturalismo en su visión descarnada y durísima del ser humano, como un ser incapaz de no hacer el mal a sí mismo y a los que le rodea, no por maldad sino porque es incapaz de levantarse por encima de sus miserias. De ahí también las descripciones expresionistas de los personajes, dignas de un esperpento de Valle Inclán, esos ojos que parecen botones de goma, esas ropas gastadas y deshilachadas, esa pobreza cutre y sórdida, esas descripciones de lugares cerrados y agobiantes.

El libro es, según los estándares de la época, bastante bruto, porque entre otras cosas es la historia de una violación, además con agravantes. La primera edición fue a cargo de Dark Sun, una editorial de libros en inglés afincada en París. La protagonista, Temple Drake, es una estudiante de diecinueve años algo alocada que en una de sus juergas, y queriendo comprar alcohol ilegal, termina con su noviete en una extraña casa medio derruida donde vive un peculiar grupo de trapicheadores locales. Lo que pasa en ese lugar, y la posterior huida de Popeye con la chica, a la que retiene en un burdel después de entablar con ella una relación enfermiza por ambas partes, se reconstruye a lo largo de la novela y del juicio a algunos de los que estaban en esa casa, con la famosa escena de la mazorca de maíz, que en la época causó bastante escándalo, y eso que Faulkner se guardó muy mucho de no poner nada demasiado explícito y dejar que el lector atase todos los cabos, que por supuesto es algo mucho más morboso. La narración está por tanto desordenada hasta cierto punto, sabemos lo que pasa hasta un momento pero luego hay un conjunto de horas cruciales que serán reconstruidas a medida que avance la novela, así como el destino final de Popeye, un psicópata de manual totalmente determinado a ser un criminal y una persona completamente infeliz al haber nacido con malformaciones propias de la sífilis que le transmitió su madre, y que acepta su propia maldad y su destino con un completo nihilismo y desafección hacia una vida que no le ha dado nada. Su apodo, Popeye, demuestra también que lo de incluir elementos recientes de la cultura popular en novelas y otras obras no es cosa de hace cuatro días como algunos creen, ya que ese personaje sólo había sido creado un par de años antes. Para la película tuvieron que cambiarlo a Tigger por problemas de derechos.

¿Y por qué la novela se llama Santuario? Nuevamente, con Faulkner tonterías las justas, ni siquiera se sabe en la estremecedora escena en la que el padre de Templeton recoge a su hija del estrado, sino sólo en la última página. Porque don William sabe lo que hace. Años después Faulkner escribiría Réquiem por una monja, cuya protagonista es Temple Drake ya casada.


Con esta novela empezaría también la relación de Faulkner con Hollywood y el mundo del cine. Porque según parece, este autor tenía una merecida fama de pesetero, e incluso intentó camuflar esta controvertida novela como un simple trabajo alimenticio (ya, en una editorial de París). Aunque el argumento está más que aguado y la actriz desde luego ha dejado los diecinueve años hace mucho, armó bastante revuelo, y se considera una de las películas que colmó el vaso y provocó la aparición del famoso Código Hays, un código de autocensura que consiguió que en las últimas películas de Tarzán que protagonizó Mauren O'Hara enseñase bastante menos cacha que en la primera, que iba medio en porreta, por ejemplo. También, no lo olvidemos, blindó el cine nacional estadounidense a los estrenos de películas extranjeras, que ya nos conocemos todos y sabemos cómo funciona esto.


Faulkner continuaría su relación con Hollywood, bastante lucrativa, en títulos en los que uno no esperaría encontrárselo, la verdad. En Tierra de faraones le preguntó a Howard Hawks que si podía poner al faraón hablando como un general de la guerra civil, porque lógicamente no tenía ni idea de cómo hablaba un faraón, y lo podemos ver colaborando en Gunga Din o en la adaptación de El sueño eterno de Raymond Chandler, de la que confesó que nunca terminó de entender lo que pasaba en ella, y en la que trabajó en colaboración de Leigh Brackett, uno de los que metió baza en el guión de El imperio contraataca. Bueno, nada que no sepáis de lo de Kevin Bacon y los seis grados de separación.

Faulkner fue, curiosamente, lo que hoy día llamaríamos un "autor de culto", lo bastante exitoso como para seguir publicando y con un pequeño público fiel, pero sin gozar nunca de demasiado reconocimiento, hasta que de repente como quien dice le cae el Premio Nobel en 1949 y todo el mundo cae en la cuenta que ha creado todo un microcosmos literario en el famoso condado imaginario de Yoknapatawpha. El whisky se lo pagaba sobre todo con su trabajo en Hollywood, y según parece le daba fuerte al frasco. Conocida es también su rivalidad con Heminway, por así decirlo en los antípodas de su proyecto literario. Después de su reconocimiento mundial, se convirtió en uno de los referentes de la novelística, sobre todo por autores como García Márquez, o Juan Benet en España.

Pues lo dicho: hay que leer a Faulkner. Pero ojito con plagiarlo, que ya sabéis que en este blog es verdadera devoción lo que sentimos por... ¡Faulkner!


-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 9:08 PM

3 Comentarios:

Blogger Elperejil dijo...

Um... Santuario y Luz de Agosto, dos de mis novelas favoritas.

Esta es de las más controvertidas de Faulkner y parte de la crítica la considera una obra menor e incluso fallida. En parte es por el giro final de Temple en el juicio y por todo lo que pasa en el burdel, que ven como forzado y metido con calzador. En parte porque es la que se vendió más en su día... y ya se sabe como son los críticos de snobs con el éxito.

Personalmente, no estoy de acuerdo. No solo esos momentos me parecen grandiosos y muy bien introducidos, sino que psicológicamente están muy bien construidos, por terribles y brutales que sean. Además, lo dices muy bien: son su historia, sus reglas y su estilo. O entras o te quedas fuera... y vaya si merece la pena entrar.

La larga escena nocturna en que toda la familia de tarados intenta violar a la pobre chica mientras su novio duerme la mona y un buen hombre intenta salvarla... de lo más aterrador y angustioso que he leído jamás. Y de la mazorca y la rata... qué voy a decir. O todo lo del burdel... o ese patético abogado y los curiosos toques de humor negro... uf, hay tantas cosas en esta novela. Y toda la prosa es inmensa... de esa que te hace sentir vergüencita cuando relees lo que escribes. A mi gusto, una obra maestra...

Y muy buen comentario. No sabía que Temple reaparecía en otra novela... que moveré el culo para conseguir ipso facto.

13 de marzo de 2011 22:41  
Blogger Necio Hutopo dijo...

Un más a la lista de "sorprendentemente ya lo he leído"

14 de marzo de 2011 11:03  
Blogger Ozanu dijo...

A ver si le doy una oportunidad a Los rateros, que de siempre ha estado en casa de mi abuela.

Aparte, absoultamente de acuerdo con lo que dices en el priemr párrafo.

14 de marzo de 2011 20:19  

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