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28.12.10

Tron. Ayer y hoy




Aunque
Tron se supone que debería ser una de mis películas generacionales, y podría haberla visto en su momento de estreno, no la vi sino bastantes años después y ya mayorcito. Recuerdo vagamente de algunos compañeros que la vieron e incluso quizá de algo en la tele, pero poco más. No olvidemos que no fue precisamente un éxito comercial, aunque rápidamente pasó a considerarse dentro de esa nebulosa categoría de "película de culto".

La verdad es que se lo han pensado para hacer una segunda parte. Para que nos hagamos una idea, la chica estupenda que protagoniza la segunda parte, Olivia Wilde, nació dos añitos después que se estrenase la película original. Y les ha salido esto:




La verdad es que a la película la han vapuleado un poco, pero es que tampoco daba para mucho más. La película original tiene su gracia, visualmente sigue siendo impactante todavía hoy y sólo hay que obviar pequeños fallos de guión como no preguntarse a santo de qué ponen una consola de comandos justo enfrente de un letal rayo láser que te fulmina y te lleva a una rejilla o red cuyo origen nunca nos explican. Está ahí y listo, y hay programas de interés compuesto que resulta que hablan y esas cosas. Mejor no menearlo ni buscarle demasiado sentido. Más o menos cuela, y no ofende a la razón. Que a estas alturas ya es decir mucho, con la que está cayendo.


Quizá lo que me ha llamado la atención de esta secuela es que anda un poco perdida. Es lógico: han pasado muchos años y muchos matrix y señores de los anillos de por medio. También sorprende que no sean un poco más fieles tanto a su universo y como a su estética, aunque nuevamente tampoco la base sea demasiado sólida, porque por mucho que sea un mundo "digital", es completamente analógico: todo va por análogos, desde los personajes humanos y sus programas a las relaciones de poder que se forman en ese mundo. Estéticamente se entiende que ese mundo haya evolucionado con el tiempo, así que entiendo que ya no usen esos horribles sombreros de la primera película, pero se pierde por completo esa atmósfera marciana e irreal, con esa filmación en blanco y negro sobre la que se pintaba con infografía arcaica o animación tradicional, y las armaduras con circuitos impresos que brillaban molaban de lejos mucho más que los monos iluminados que llevan ahora, dónde va a parar. Esta nueva versión parece menos "mundo digital" que la anterior. La infografía moderna simula tan bien el mundo real que casi estropea el resultado final.


Sobre el argumento, bueno, algo trillado pero resuelto con cierta solvencia y mucha mecánica: el doble malvado que usurpa al original. Los de los "isos", cogido por los pelos, la teoría de la inteligencia espontánea en ese mundo digital está por estar, y Jeff Bridges ejerce descaradamente de maestro Obi Wan con una pseudomística en la que menos mal que no profundizan demasiado, porque es un poco sonrojante. Sobre CLU, o CLU 2.0 porque el original muere en la primera parte, hay que reconocer que da cosica a veces por cuanto parece un verdadero sosias del personaje original. Supongo que no consiguieron hacerlo mejor y por eso da
esa sensación de desasosiego, pero desde luego fuera premeditado o no consigue un efecto positivo en la película: dar mal rollo.

Naturalmente, la vi en 3D. Al menos es 3D de verdad, no hinchado. La verdad es que creo que habría disfrutado lo mismo con una dimensión menos, porque aunque no molesta, tampoco aporta gran cosa. Eso sí: el truqui de que al principio la película sea en el mundo real y por tanto en 2D, y al pasar al mundo cyberdigital sea en 3D es un recurso un poco tonto, e incluso cuando luego vuelven al mundo real ni me acuerdo si hacen trampa y siguen en tres dimensiones, o vuelven a dos, como sería lo coherente. Hay, eso sí, la típica escena de "te tiro algo a la cara", cuando CLU de un manotazo tira lo que hay encima de la mesa contra la cámara, como esa emotiva escena en la que Brendan Frasier se lava los dientes y nos escupe desde la pantalla. En fin.


Como comentario final, pues que mucha gente pidió que volviese a aparecer Cindy Morgan, hermosa actriz de la que luego poco más se supo, y a la que ni ponen un momento en la mesa del consejo de dirección al principio, que ya ves lo que les habría costado. Es lo que hay: a Jeff Bridges vale la pena rejuvenecerlo y hacen lo mismo un momento con Bruce Boxleitner en su breve aparición como Tron, además de salir los dos como maduritos interesantes y bien conservados, pero parece ser que para la señora no había espacio. Sobre el personaje de Tron, su papel en la película y lo que le pasa al final, reiniciado incluido, pues veremos si hay tercera parte o qué quieren hacer.

-SuperSantiEgo

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24.12.10

Feliz Pastafaridad

Está repetido, pero qué más da. Me vale para todos los años, ¿no?
-SuperSantiEgo

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18.12.10

Libro: El Necronomicón, de "H. P. Lovecraft"

Algunos al ver el título de la entrada habréis pensado, con razón, que de que puñetas va esto. Obviamente, El Necronomicón no existe. Bueno, sí, en realidad sabemos que sí existe, pero que es muy difícil encontrar una copia, y allá tú cuando lo leas. Por eso, también he puesto en el título el nombre de H. P. Lovecraft entre comillas.

En realidad se trata de una recopilación de relatos y otros materiales de los Mitos de Chtulhu, que por si algún despistado todavía no lo sabe es el corpus literario creado por Lovecraft y algunos de sus seguidores, primero en vida de él y después de su muerte. Es por lo tanto una antología, donde, más o menos, El Necronomicón sale o se deja ver un poco en los relatos. En algunos se deja ver tan poco que casi se podría decir que como mucho se asoma.


Como toda antología, tiene un antólogo, un señor que se dedica a reunir el material y, en ocasiones, hace un prólogo o algo parecido. Probablemente recordaréis esa faceta de Asimov, que mandaba a algún machaca a reunir cuentos de los que se acordaba, o le daban una lista de relatos, él hacía algún comentario ingenioso sobre cada uno de ellos totalmente desprovisto de spoilers (el Buen Doctor era un caballero), y arreando.
Sin más complicaciones y sin necesidad de hacer el tonto.

Bueno, pues aquí tenemos a un listillo que se dedica a joder la antología y, de paso, lucir palmito. El señor responde al nombre de Robert M. Price, que me sonaba menos que el de Chindasvisto hasta que una oportuna visita a San Google me aclaró quién era el payo. Si queréis buscadlo vosotros mismos, pero para que os hagáis una idea es crítico bíblico, ex sacerdote y actualmente ateo cristiano, lo que demuestra que en este mundo tiene que haber de todo. Que en su página personal sobre sus labores académicas incluya la siguiente imagen tampoco me ayuda a que me caiga bien.
Probablemente algunos me habréis oído decir una de mis frases preferidas, la de "El posmodernismo todo lo que toca lo convierte en mierda", así que imaginaos lo que es leer el ensayo introductorio con el señor citando a Derrida e intentado demostrar que Lovecraft mola porque es muy profundo en términos deconstruccionistas, y de paso citando a Roland Barthes y su "El autor no existe", un crítico cuyos libros deberían llevar el símbolo de riesgo biológico bien claro en la portada. Claro, listo, el autor no existe y por eso nos cuelan el nombre de Lovecraft en la portada, aunque suyas sólo son unas pocas páginas, y por eso Lovecraft ha conseguido que su apellido se convierta en un adjetivo con significado claro en buena parte de las lenguas (lovecraftiano), algo que muy pocos, como Kafka, han conseguido. A lo de "El autor no existe" la única respuesta digna es "El autor no existe, la cuchara no existe, madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle".

El resto de los relatos no se puede decir que causen pavor, pero el prólogo sí, os lo garantizo. Luego empiezan los relatos, cada uno con una glosa perfectamente prescindible del antólogo. La verdad es que el primero,
El pergamino terrible, es muy malo, no sé cómo se les ocurrió la peregrina idea de incluirlo porque es un fanfiction malo de pan pedir, pero luego la cosa mejora, hay un relato de Silverberg y otro de Frederick Pohl, y para mi gusto el mejor es El muro de Settler, que está bastante bien conseguido.

Y así llegamos a la página 177 de las 437 que tiene el libro. Lo que viene después es malo de narices. Vamos a ver, si es que hasta lo pone en el prólogo y es de sobras conocido para el que conozca la obra de Lovecraft: El Necronomicón, por definición, no puede existir. Es uno de los McGuffin fundamentales de la obra de Lovecraft, y cuando sus apóstoles o besaculos le insistían para que lo escribiese de verdad me imagino al pobre Howie poniendo los ojos en blanco antes de explicarles que entonces se rompería todo el encanto, que ya sabemos todos desde el principio que el huevo está vacío y aquí sí que no se engaña a nadie, que la gracia está en poner pequeños pasajes y saber luego lo que pasa a los que lo leen de verdad, y que en todo caso se podría hacer, según el mismo Lovecraft, una versión expurgada, pero de las partes más anodinas y sin peligro, y que entonces no tendría gracia. Por eso, porque Lovecraft era un tipo listo, nunca escribió El Necronomicón.


"Niño, no metas los dedos en el enchufe, que te da calambre y llorarás. Niño, no metas los dedos que te va a dar calambre. Entiendes lo que te digo y lo que te pasará si metes los dedos en el enchufe, ¿verdad?" "Sí, papá. ¡UAAAAAAHHH!" "Niño, ¿has metido los dedos en el enchufe?" "Sí, papá. Y me ha dado calambre." "¿Por qué has metido los dedos en el enchufe, si sabías lo que iba a pasar? "Nosssé."


Pues aquí lo mismo: igual que cuando papá sale de la habitación el niño mete los dedos en el enchufe a ver si es verdad que da calambre, es morirse Lovecraft y una panda de idiotas se pone a escribir versiones de
El Necronomicón. De paso, para disimular, dicen que son "apócrifas". ¿Pues si son apócrifas para qué las quiero? Si tuviesen gracia, aún, pero si me presentan una especie de remedo de estilo de Las mil y una noches con un árabe no se sabe si loco pero sí algo afásico contando chorradas de forma cansina, pues me dan los siete males. Si os lo dijo Lovecraf: ¿para qué hacerlo, si va a salir una tontería? ¿Qué necesidad hay de demostrar empíricamente lo que ya dijo el padre del invento? El huevo está vacío, todos lo sabemos y lo aceptamos, estamos conformes, así que no hay necesidad de romperlo para ver que dentro no hay nada. A vosotros sí que se os tenía que merendar Cthulhu, y yo le pago el vino y los postres.

Y así llegamos a la página 327, donde están las ¡cinco! únicas páginas que son de Lovecraft, supongo que para justificar poner su nombre en la portada. Después un breve ensayo de un supuesto discípulo de Abdul Alhazred, y el señor Robert M Price, mi nuevo héroe, se reserva nada menos que unas ochenta páginas para hacer lo que se supone que es una enorme gracieta o genialidad, que es escribir un ensayo soporífero con jerga posmoderna estructuralista como si El Necronomicón existiese de verdad, con bibliografía inventada a pie de página, referencias y todo lo demás. Vamos, algo que incluso cuando es en serio y sobre algo que te interesa suele ser un peñazo, pero en este caso sobre una soplapollez y sin ningún sentido. ¿Os acordáis del falso ensayo científico de Asimov sobre la tiomotilina resublimada, una substancia que no existe? Era corto, simpático y el jodío tenía gracia para escribir esas cosas, hay que reconocerlo. Bueno, pues esto es justo al revés. Eso no se lo traga ni Umberto Eco jarto de pastis.


Te odio, Robert M Price. Mucho. Te odio más. Así ardas en el infierno de los cristianos ateos.

Respecto a la traducción, muy normalita, y con un fallo garrafal que no entiendo. Vamos a ver: eón es una palabra de origen griego que no tiene ningún problema, y siempre se ha traducido así "strange aeons": extraños / desconocidos / ignotos eones. ¿A qué viene tracucirlo como "evo", empezando porque no es lo exactamente lo mismo? Dios es eterno, no tiene principio ni fin, mientras que las almas y los ángeles son eviternos, tienen principio pero no fin. De acuerdo que "evo" es "d
uración de tiempo sin término" y podría ser sinónimo de eón pero A) Siempre se ha traducido "aeon" por "eón", la tradición también cuenta, además de ser una buena traducción y B) No es de recibo estar leyendo a Lovecraft y que de vez en cuando te venga a la cabeza la imagen del actual presidente de Bolivia.

"Y tras evos desconocidos, incluso la muerte puede morir". No, por ahí no paso.

Así pues, si os prestan el libro ya sabéis que hay unos relatos bastante majos, que hay un capullo de por medio diciendo chorradas y que hay una parte que podría valer como una curiosidad a descargarse de Internet si uno es muy completista de los Mitos de Cthulhu, pero que para ocupar la mitad de un libro ni de coña.


Para terminar, y para conjurar el que todo lo que toca la infección posmoderna todo lo convierte en mierda, comentaré brevemente los que, a mi modo de ver, constituyen los mejores puntos de la obra de Lovecraft:


Lo primero no está dentro de la obra de Lovecraft sino de forma implícita. Aunque él ya jugaba a ser no más que un simple intérprete de unos textos y conocimientos prácticamente olvidados, entre sus seguidores, y sobre todo su público, hay una especie de consenso de integrar al propio Lovecraft y a su obra en los mismos Mitos de Cthulhu, lo que me parece que no sólo es un espléndido homenaje, sino una forma de dar una completa coherencia a su obra. Me explico: en muchas ocasiones el ente de ficción, cuando ha alcanzado la fama, queda excluido del marco de refencia donde se mueve, de modo que las películas de James Bond se desarrollan, por así decirlo, en un mundo exactamente igual al nuestro (bueno, con más tías buenas por metro cuadrado), pero en el que no existen las novelas ni películas de James Bond, y por eso cuando dice lo de "Mi nombre es Bond... James Bond", la gente no se parte de risa a su alrededor. Del mismo modo en el Universo Marvel no existen lógicamente los comics de superhéroes (bueno, sí existen, pero nos entendemos), y así en general. Sin embargo en la interpretación de los Mitos de Cthulhu cualquier autor, por el hecho de citar los Mitos y El Necronomicón, no se excluye ni él mismo ni a su obra de los Mitos, sino que puede citar a los autores anteriores como referencias perfectamente válidas, y puede pasar a formar parte él mismo como referencia de esos mitos. Los Mitos no son menos ciertos porque haya ficción sobre ellos, ya que la ficción es en cierto modo una forma de documentarlos y de transmitirlos. ¿Qué va a haber sobre esos seres sino mitos y leyendas? En cierto modo esto también transmite una inseguridad muy interesante: el saber que los Mitos son ficción no inmuniza contra ellos, que sean un mundo imaginario no nos protege ya que en varios relatos el hecho de saberse los protagonistas lectores externos no los libra de verse atrapados. Esto se refleja muy bien en En la boca del miedo, película con sana mala uva lovecraftiana y de final totalmente delirante e incomprensible en el buen sentido, como debe ser. También vi una película de ambiente lovecraftiano en el que unos niños eran marcados de pequeños, y luego de mayores iban siendo reclamados por criaturas asquerosas del otro lado del espejo, pero ahora no me acuerdo del título.



Hay una novela gráfica que, me parece, es en cierto modo la culminación de todo esto, y que por lo menos para mí podría considerarse canónica. En principio iba a ser el guión de una película, pero como no pudo ser se convirtió en novela gráfica. Consistía poco más que en la biografía de Lovecraft, pero dando por hecho que no sólo él tenía, heredada de su padre, una auténtica copia de
El Necronomicón, sino que toda su obra era una forma de dar a conocer solapadamente al mundo el peligro que le acechaba, y en cierto modo detenerlo, ya que mientras la gente siguiese leyendo su obra y recitando los conjuros que había en sus relatos, los Primigenios seguirían manteniéndose a raya. Supongo que es aventurado pensar esto, pero creo que a Lovecraft le habría encantado no sólo ver su obra integrada de forma autoreferencial en sus propios Mitos, sino además esta reinterpretación en particular de él como verdadero conocedor de primera mano de esos escritos. Por lo que sabemos y por sus cartas, estos juegos y referencias entre sus relatos y los de sus seguidores le encantaban.

El segundo punto a resaltar de la obra de Lovecraft, y que me parece tan importante que no entiendo cómo algunos no lo han terminado de pillar, es que todo pivota, gira y se desarrolla a través de una completa negatividad, tanto conceptual como literaria. Lo importante no es lo que se dice, sino lo que no se dice, o lo que es más grave: lo que no se puede decir aunque se quiera, lo que no hay forma humana de decir ni de expresar. De ahí que el concepto "lovecraftiano", por lo menos yo así lo entiendo, es un intento del lenguaje de suplir esa falla, ya que Lovecraft nos habla de algo que es "unspeakable", aquello que no se puede decir, indecible y por lo tanto inaudito, aquello que es inenarrable.
Lo lovecraftiano no es el horror, es lo que está después, no es el grito ante el horror sino quedarse sin voz ante algo que está más allá del horror, y como no podemos ni nombrarlo nos tenemos que inventar una palabra para superar ese límite, y lo llamamos "lovecraftiano". No hay mejor legado o posteridad que el diccionario, hacerse uno con el mismo lenguaje. El horror lovecraftiano es aquello que está más allá de la razón, de la geometría razonable de nuestros sentidos, un abismo tan oscuro y profundo que daña la mente sólo al intentar comprenderlo, algo tan denso que atrapa todo pensamiento y voluntad. El Necronomicón no destruye el espíritu del que lo lee por contener narraciones de torturas abominables o descripciones de seres maléficos, que también, sino fundamentalmente porque es un libro que habla de cosas que la mente humana no puede asimilar ni comprender, una sabiduría impía no por sus contenidos, sino por su estructura que afecta a la percepción, y por lo tanto al propio ser de aquél que accede a ella, que no es que se vuelva loco en un sentido estricto de la palabra, sino que se ve afectado por la naturaleza esencialmente aberrante y multidimensional del Universo, ya que lo básico de nuestra existencia y su percepción, el espacio y el tiempo, no son más que eso, ilusiones en las que fundamentamos eso que llamamos cordura. Los que se adentran en los Mitos de Cthulhu no pierden la razón ni se vuelven locos, pero como no tenemos palabras para expresar lo que realmente les ha sucedido es así como los catalogamos.

Por un lado, Lovecraft puede ser interpetado, si se me permite, como una versión un tanto libre de la primera filosofía de Wittgenstein, que nos decía que de aquello de lo que no se puede hablar, mejor es estar callado, aunque terminó reconociendo que, lo quiera o no, el ser humano es en buena medida darle a la húmeda, así que de todos modos, tenga sentido o no o sea el lenguaje una escalera o una barra de bomberos que luego hay que retirar, es inevitable intentarlo; y Lovecraft, aunque habla de lo que es indecible, inenarrable, no puede evitar seguir dando vueltas alrededor de ese incognoscible que nos atrae, pero que si nos acercamos demasiado nos atrapa y devora, tanto en su esencia íntima expresada en el párrafo anterior como en la otra interpretación que podría relacionar el famoso terror cósmico ateo con el existencialismo más negativo: el ser consciente de la soledad del ser humano en un Universo en el que le ha tocado vivir, de casualidad, en una época de relativa calma, que su gloria es efímera ya que de un modo u otro "ellos volverán", que no hay protección posible ni transcendencia personal o colectiva, e igual que el viajero del tiempo de H G Wells contempló el final del mundo donde nada ni nadie se lamentaba porque el ser humano hubiese dejado de existir sin dejar huella ni ningún recuerdo perdurable, saber que todo, de un modo u otro y por muchos miles de años que se sigan leyendo las obra de Lovecraft para mantenerlos al otro lado de la puerta, el tiempo juega a favor de aquéllos que saben que terminarán por volver, que pueden esperar incontables eones si hace falta a que ante ellos claudique la muerte, y que al final todo, no importa qué, habrá sido para todos nosotros en vano.

-SuperSantiEgo

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14.12.10

Libro: Conan, de Robert E. Howard

Para relajar después del tocho chino que me tragué y sabiendo las duras pruebas literarias que dentro de poco tendré que enfrentar por decisión propia, pues decidí relajarme un poco releyendo a uno de los reyes del pulpo. Así que me leí los dos primeros, según la antigua colección de Martínez Roca, la de los lomos amarillos para entendernos, y que seguro que muchos recordaréis, y que vienen a ser Conan y Conan el Cimmerio.
Conan preocupado por el futuro del euro.

Bueno, pues muy bien. Vamos a ver, que Howard nunca pretendió hacer otra cosa que escribir relatos de un tipo que iba por el mundo dando mandobles y matando a todo lo que se ponía por delante. Hay que partir de ahí. Literariamente, parece que ni lo intenta, y en eso se aleja de algunos coetáneos suyos como Lovecraft y Ashton Smith, y sobre todo el primero intentaba darle un acabado y pulido lo más resultón. Como dice L Sprage de Camp en el prólogo: "Cuando están bien escritos, estos relatos proporcionan la diversión más pura que puede ofrecer una novela de cualquier género. Están concebidos fundamentalmente para divertir, no para educar, elevar el espíritu ni convertir a nadie a ninguna fe o ideología." Howard en su estilo es como el mismo Conan con su hacha y el resto de sus personajes: expeditivo y sin miramientos. Va a lo que va. De todos modos llega un momento en que se hace un poco cargante: se puede aceptar el consabido "se le heló la sangre en las venas" una vez por relato, pero varias veces en el mismo... Otrosí causa cierta sorpresa que un personaje, que ve a otro a la distancia, se dé cuenta de su hedor, menuda pituitaria, o que Conan reducido a galeote en una sentina infecta y con una dieta poco menos que de subsistencia, en quince días se haya puesto más fuerte y aumentado su musculatura. Ya, es de ser pejiguero, pero no soy culpable de saber que una persona obligada a un sobreesfuerzo físico y con una ingesta deficiente de proteínas lo que hace es consumir sus propios músculos hasta quedar hecho una piltrafa.

Sobre los argumentos, tampoco nos encontraremos con ninguna sorpresa: básicamente Conan va de aventuras por la Era Hibórea luchando, bebiendo y jincando con cuanta fembra placentera se le ponga por delante, que en aquella época las mujeres no se cortaban al encontrar tan vigoroso machote. También llega un momento en el que uno dice: jo, mira que son cortos estos libros y lo de la estatua/momia/ídolo que vuelve a la vida se repite como el ajo, del mismo modo que sabemos que todo acompañante o medio amigo de Conan tiene menos futuro que el de la camisola roja en un episodio de Star Trek, porque palman del tirón.

Sobre las posibles lecturas ideológicas de Conan, me parece que sería buscar donde no hay. Todo tiene su mensaje, desde luego, pero hasta cierto punto el universo de Howard es a ese respecto más simple que el asa de un cubo: igual que en la naturaleza no hay posibilidad para la discusión moral, Conan vive en un mundo, la Edad Hibórea, regida por la ley del más fuerte, donde sobrevive el más cachas, y tanto él como muchos de sus habitantes parecen haber aceptado eso tanto para lo bueno como para lo malo. Te mato, pues mejor para mí; me matas, pues qué se le va a hacer. De todos modos Conan mantiene, dentro de lo que cabe, un cierto código del honor: no se aprovecha de los que son notoriamente más débiles que él, no fuerza a ninguna mujer y... poco más. Conceptos como la palabra dada, los pactos y otras debilidades propias de los pueblos civilizados no entran del todo dentro de su mentalidad de bárbaro, y aunque con el tiempo llegue a conocer esas civilizaciones y sus costumbres nunca dejará de ser en el fondo un bárbaro de las estepas sin más lealtades que la simpatía personal. En cierto modo Howard presenta una versión perversa del mundo rousseniano, pero en vez del buen salvaje tenemos al buen bárbaro, un estado prístino del ser humano en el que no imperan la paz y los buenos afectos, sino la lucha de todos contra todos y la pura voluntad de poder de imponerse a los demás por la violencia, la vida luchando contra ella misma en una orgía de muerte y destrucción en la que pueblos más jóvenes y vigorosos eliminan los vestigios de civilizaciones pasadas para luego ser a su vez borradas cuando entren en decadencia. Es curioso observar también la idea que tiene Howard de la evolución, ignoro si por no entender sus rudimentos o simplemente porque él quería expresarlo así literariamente: hay razas que, pasado su momento de gloria, involucionan a estados casi simiescos, mientras que algunas tribus lejanas y apenas reconocibles como humanas se supone que con el tiempo llegarán a ser humanas. La Era Hibórea es, por así decirlo, la famosa Edad de Oro, pero una versión violenta y heroica, en la que el más humilde de entre los hombres sería mejor y más fuerte y noble que el mejor de nuestra época, tal como el mismo Howard expresó en su ciclo de la memoria racial, en la que hombres del presente tenían visiones de esos lejanos antepasados rubios, de elevada estatura y con cuerpos fibrosos capaces de enfrentarse sin temor a cualquier raza inferior o monstruo que sobrevivió a una edad ya olvidada.

El pequeño Conan a punto de saber que en la Era Hibórea no hay leyes contra el trabajo infantil.

De estos dos libritos destacaría el que quizá es el mejor relato, La reina de la costa negra, donde además de saber que lógicamente las capitanas piratas andan mundo adelante prácticamente como Crom las trajo al mundo, tenemos este interesante diálogo:

"-¿Cómo son los dioses de tu pueblo? Nunca te he oído hablar de ellos.
-El dios principal es Crom, que vive en una gran montaña. Pero de nada vale invocarlo. Le importa muy poco si los hombres viven o mueren. ¡Es mejor callar que reclamar su atención, ya que suele enviar desdichas y no fortuna! Es implacable y sin compasión, pero infunde poder para luchar y matar en el momento de nacer. ¿Qué más puede pedir un ser humano?
-¿Y cómo es vuestro mundo, más allá del río de la muerte? -insistió ella.
-En el culto de mis gentes no hay esperanza aquí ni en el más allá -respondió Conan-. En este mundo los hombres luchan y sufren en vano, y sólo encuentran placer en el torbellino enloquecedor de la batalla; una vez muertos, sus almas entran en un reino gris, lleno de nubes y azotado por vientos helados, donde vagan tristes y melancólicas durante toda la eternidad.
Belit se estremeció y dijo:
-Por mala que sea la vida, es mejor que semejante destino. ¿Tú qué crees, Conan?
El cimmerio se encogió de hombros una vez más y dijo:
-He conocido muchos dioses. Quien niegue su existencia está tan ciego como el que confía en ellos con una fe desmesurada. Yo no busco nada después de la muerte. Puede que exista la oscuridad de la que hablan los escépticos nemedios, o el reino helado y nebuloso de Crom, o las llanuras nevadas o los grandes salones de piedra del Valhalla de los habitantes de Nordheim. No lo sé, ni me importa. Que me dejen vivir intensamente mientras viva; quiero saborear el rico jugo de la carne roja y sentir el sabor ácido del vino en mi paladar, gozar del cálido abrazo de una mujer y de la jubilosa locura de la batalla cuando llamean las azules hojas de acero; eso me basta para ser feliz. Que los maestros, los sacerdotes y los filósofos reflexionen acerca de la realidad y la ilusión. Yo sólo sé esto: que si la vida es ilusión, yo no soy más que eso, una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por contento."


Conan, de un plumazo, ha dado con la clave del idealismo, y en dos patadas ha creado un sistema vitalista y existencialista de corte positivo. Y esto nos hace recordar por supuesto
esto otro, la famosa oración a Crom por parte del Chuache en el mejor papel de su carrera, con ese maravilloso acento bárbaro que le salía tan natural porque era así como hablaba entonces.

Digamos que todo esto lo refleja muy bien: Howard propone un mundo bruto, pero bruto como él solo, donde la vida es un continuo deporte de alto riesgo. Bruto, sí, pero sincero. Tampoco hay que darle demasiadas vueltas ni buscas extraños mensajes donde no los hay, aparte de esa visión un tanto violenta y radicalmente nihilista de la vida. Naturalmente, también es una propuesta completamente tramposa que apela al egoísmo y narcisismo del lector: dado que estas obras, e incluso todo el género, no son en el fondo sino típicas fantasías de poder adolescente, es fácil identificarse con el héroe dotado por el autor de todas las cualidades y valores, como el mismo Conan dice que hace Crom con los humanos, mientras que el resto de los personajes, poco más o menos, vienen a ser comparsas, muñecos a los que matar y
que están poco más que de relleno. Si Conan tiene la profundidad psicológica de un fraggel, el resto de personajes ya os lo podéis imaginar. Vale que, como nos dice Sprage de Camp no sea sino pura literatura escapista, pero toda obra literaria se basa en una serie de ideas y valores, estén explícitos o no, y aunque no sea la intención del autor en principio, siempre comunica y presenta de algún modo su visión del mundo, del ser humano y de algunas ideas. De todos modos, si alguna carga reaccionaria tiene el personaje y su mundo, es tan simplona y elemental que hay que ser muy cenutrio para no verla.

Sobre el legado de Howard, creo que le ocurre justo al contrario de lo que a su maestro y amigo Lovecraft: lo que aportaron los epígonos y seguidores de Lovecraft no es gran cosa, mientras que los que reinterpretaron la obra de Howard, en especial Conan, le dieron una dimensión realzada. Al cambiar de medio, de la literatura al cómic y el cine, el personaje y sus aventuras adquieren una fuerza que apenas si se ve en el original. De hecho, al leer estos relatos no nos queda otro remedio que apoyarnos en la imaginería que desde principios de los setenta creó para el personaje Marvel, como Barry Windsor smith y sobre todo John Buscema. Howard apenas si se molesta en explicarnos cómo son esas ciudades y templos de ensueño, porque sencillamente apenas si describe con cuatro pinceladas.


Aun así, y considerando que el personaje en principio ya está libre de derechos y cualquiera podría escribir algo sobre él como se podría hacer con los tres mosqueteros de Dumas, es poco probable que nadie se escape del esquema "Conan mata a monstruos y a todo el que se le pone por delante". No creo que nadie se ponga a escribir una enrevesada novela sobre las intrigas en los palacios de Aquilonia, en los que un ya maduro rey Conan medita por sus pasillos sobre la futilidad de las acciones humanas y de la soledad del ser humano, y comprueba que ante la falsedad y la traición no hay hacha que valga. Probablemente los primeros en crucificar al autor de semejante osadía serían los fanboys de turno guardianes de la ortodoxia.



-SuperSantiEgo

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12.12.10

Monopoemas, unidades poéticas monosemánticas o poética cuántica discreta

Ah, la poesía. ¿Cómo no amarla? Vivo poyeya.

La poesía no tiene buen predicamento, corren malos tiempos para la lírica y poeta rima con profeta y proxeneta. ¿Por qué? Porque la poesía no se adapta a los nuevos tiempos. Debe haber, también, una nueva forma de poesía. Todo va a cambiar.


Desde este blog, observatorio de nuevas tendencias culturales, proponemos la asunción de dejar de echarle vino al porrón y ponernos a construir una nueva poesía acorde con los disonantes tiempos que vivimos: el monopoema compuesto por una unidad poética monosemántica, o dicho en palabras más accesibles y menos técnicas, la poética cuántica discreta. Reducir la poemática a sus
quanta, a su unidad mínima de significación aprehensible como hecho elemental y atómico.

Vivimos en un tiempo en el que básicamente no se sabe leer poesía. El lector medio intenta leer a Neruda como si fuera una novela de Ken Follet y pasa lo que pasa. El monopoema puede ayudar a capturar ese espíritu poético perdido, ya que en esa unidad semántica única se concentra todo el sentido de esa unidad, depositaria de generaciones de expresiones y experiencia. Al aprehender el espíritu lector ese sentido en ausencia de cualquier otro, el sentido se manifiesta en toda su intensidad por medio de la introyección que realiza el propio lector, que, por decirlo en términos stanislavskianos, aporta sus propias vivencias y emociones a la compresión del
quantum poético que el poeta le ofrece.

Pongamos un ejemplo sencillo:


SOLEDAD

Como se ve es un monopoema equilibrado, denso y con mucha fuerza a la vez, pero sin abandonarse a la sensiblería y con un cierto grado de deliberada ligereza. Se lee de un simple vistazo, y sus consecutivas lecturas ofrecen una rima interna muy conseguida que provoca la introspección del lector, que aporta y evoca el sentimiento de soledad de forma mucho más intensa y eficiente que otros trabajos mucho más sencillos como
La balada de la cárcel de Riding. Claro, con tantas palabras y versos, cualquiera. Lo realmente meritorio es depurar el sentimiento hasta dejarlo en su unidad mínima de significación, libre de todo ropaje accesorio que distraiga del tema prinicipal. El quantum poético, la unidad discreta y mínima de significación, es mucho más intensa desde todos lo puntos de vista imaginables.

Por supuesto, esto no es una habilidad que se pueda adquirir de un día para otro, ni siquiera habiendo sido practicante de formas arcaicas de poesía. La investigación de cada monopoema, poema discreto o cuántico, conlleva un duro esfuerzo y sufrimiento hasta conseguir el resultado adecuado. Probablemente mucho advenedizo quiera presentarse como un monopoeta prolífico y producir varios en un día, pero precisamente para eso está la crítica, para discernir entre lo que no es sino puro exhibicionismo y artificio, y una obra realmente coherente, definitiva y perdurable en el tiempo y en el corazón de las futuras generaciones.


-SuperSantiEgo

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