Crítica al uso.
Dada la naturaleza de esta novela poco se puede decir de ella sin hablar de su autor, ya que en muchos aspectos es una novelización de su vida, y de la generación a la que perteneció tanto cronológica como estéticamente. Bolaño nació en Chile en 1953 y allí pasó su infancia, hasta que con trece años su familia emigró a México, donde pasó su adolescencia y primera juventud. Después empezaría a llevar un vida viajera y terminó residiendo en Cataluña la mayor parte del tiempo a partir de finales de los setenta. En algunos aspectos, por lo menos para mí, representa una síntesis curiosa: un sudamericano terminado de hornear en la América del Norte y que termina viviendo en España, donde alcanza por fin el reconocimiento literario antes de morir a los cincuenta años de edad. Como curiosidad uno de sus trabajos de subsistencia, que también aparece en esta novela, fue como encargado de un camping, y si habéis visto la película Soldados de Salamina cuando Ariadna Gil va a buscar al viejo soldado republicano al camping en el que éste veranea, habla con un encargado que es precisamente Roberto Bolaño.
Esta novela ganó el premio Anagrama y el Rómulo Gallegos en 1999, y si Bolaño no hubiese tenido la mala idea de morirse y hubiese continuado con el ritmo de producción que llevaba no sería de extrañar que ahora, buscando los sesenta años, no fuese ya uno de los nobelizables.
La novela se estructura en dos partes, o tres si lo queremos ver así. De sus seiscientas páginas, la primera ocupa unas 150, Mexicanos perdidos en México, una especie de diario o narración íntima de un adolescente, García Madero, que acaba de empezar en la universidad y frecuenta ciertos ambientes de la capital mexicana a mediados de los años setenta, donde entra en contacto con un grupo de poetas jóvenes que han fundado un movimiento llamado real visceralismo, trasunto del infrarrealismo al que pertenecieron Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro, en la novela Arturo Belano y Ulises Lima respectivamente. Los visceralistas son jóvenes y se mueven en un círculo bohemio en el que se encuentran desde personajes del lumpen hasta cierta pequeña sociedad burguesa con intereses artísticos, y como buenos poetas jóvenes quieren revolucionar el arte y la sociedad, hasta el punto de que llegar a fantasear con secuestar a Octavio Paz como medida para llamar la atención, a la vez que investigan las vanguardias mexicanas del real visceralismo original, con lo que se encuentran con la figura un tanto misteriosa de Cesárea Tinajero, que desapareció hacía cincuenta años después de dejar publicado un único poema. La narración del jovencísimo poeta García Madero nos cuenta el ambiente de la época y los inevitables líos, amitades y enemistades entre los distintos poetas, y ya aparecen los personajes de Arturo Belano y Ulises Lima, pero como entidades accesorias, dos poetas cuyas opiniones son las más radicales y que viven a salto de mata o con trapicheos varios, muchos ilegales. Esta primera parte termina el 31 de diciembre de 1975, en la que se une la huida de García Madero con su amante perseguida por el chulo de ésta y la expedición de Ulises Lima y Arturo Belano, que quieren encontrar el rastro de Cesárea Tinajero en la región de Sonora.
Para gente así se crearon a los antidisturbios.
La segunda parte, la más voluminosa del libro, es la que se llama precisamente Los detectives salvajes, y consiste en una serie de relatos con más de cincuenta narradores, que cuentan las aventuras, más bien desventuras, de algunos personajes que conocimos en la primera parte, y sobre todo de Arturo Belano y Ulises Lima durante dos décadas, desde mediados de los años setenta a mediados de los noventa. Ambos parecen no querer volver a México, y se diría que huyen de algo. Los personajes se van sucediendo y vemos simples retazos de sus vidas, un tanto caóticas, en las que viajan por distintos países y tienen múltiples encuentros con varias personas que les dejan más o menos huella. Belano (Bolaño) acabará reuniéndose con su madre en Barcelona y allá continuará su carrera literaria a la vez que se dedica a trabajar en lo que puede para salir adelante, mientras la vida de otros personajes sigue en México: algunos mueren, otros sientan cabeza y se aburguesan, y de otros, como en la vida real, se les pierde la pista y nunca más se vuelve a saber de ellos, e incluso los que fueron sus amigos íntimos dejan de tener noticia de sus antiguos compañeros. Dentro de esta parte central de la novela, mientras saltamos adelante y atrás en el tiempo, la narración más importante es la entrevista que durante toda una noche mantienen Belano y Lima con un escribiente, que no escritor, que fue amigo de Cesárea Tinajero, de la que no volvió a saber nada desde que ella decidió abandonar la capital y la que se suponía una brillante carrera literaria por venir y volverse a su tierra en Sonora. Según sus propias palabras, que tanto intrigaban a ese hombre ya anciano, se iba a "buscar un trabajo y un sitio en el que vivir, ya que a eso se reduce todo". Esta entrevista, en la primera parte, es citada brevemente. Ese anciano posee, probablemente, la única copia que queda de una revista vanguardista en la que se publicó el único poema impreso de Cesárea Tinajero, cuya interpretación por parte de Bolaño y Lima es poco menos que... extraña.
Esta segunda parte, en algún momento, puede hacerse un poco prolija, pero cumple su objetivo. Bolaño no no está contando una historia propiamente dicha, sino un conjunto de historias en las que el hilo conductor son esos dos fugitivos que huyen de no se sabe qué. Puede recordar, hasta cierto punto, a Manhattan Transfer o La colmena: no nos cuenta una historia, sino una maraña de historias con personajes y situaciones que tienen cierto punto en común, o que comparten algunos personajes. El tiempo pasa y envejecen, Belano se asienta y tiene graves problemas de salud, empieza a concorer cierto éxito en España al ver sus novelas publicadas e incluso se va de corresponsal a África. En ese momento no se priva de soltar cierta mala leche literaria, y se despacha a gusto con algunas de las figuras contemporáneas de la literatura española de esa década donde empezó a tener cierto reconocimiento, e incluso narra un duelo a espada con un crítico en una playa. Igual que la suplantanción Belano-Bolaño es descaradamente poco sutil, aquí os dejo estos dos ejemplos abusando un poco del derecho de cita. Como podéis comprobar, no disimula lo más mínimo. Para que os hagáis una idea, el siguiente que habla a estos dos es Michi Panero..
"Marco Antonio Palacios, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. He aquí algo sobre el honor de los poetas. Yo tenía diecisiete años y unos deseos irrefrenables de ser escritor. Me preparé. Pero no me quedé quieto mientras me preparaba, pues comprendí que si así lo hacía no triunfaría jamás. Disciplina y un cierto encanto dúctil, ésas son las claves para llegar a donde uno se proponga. Disciplina: escribir cada mañana no menos de seis horas. Escribir cada mañana y corregir por las tardes y leer como un poseso por las noches. Encanto, o encanto dúctil: visitar a los escritores en sus residencias o abordarlos en las presentaciones de libros y decirles a cada uno justo aquello que quiere oír. Aquello que quiere oír desesperadamente. Y tener paciencia, pues no siempre funciona. Hay cabrones que te dan una palmadita en la espalda y luego si te he visto no me acuerdo. Hay cabrones duros y crueles y mezquinos. Pero no todos son así. Es necesario tener paciencia y buscar. Los mejores son los homosexuales, pero, ojo, es necesario saber en qué momento detenerse, es necesario saber con precisión qué es lo que uno quiere, de lo contrario puedes acabar enculado de balde por cualquier viejo maricón de izquierda. Con las mujeres ocurre tres cuartas partes de lo mismo: las escritoras españolas que pueden echarte un cable suelen ser mayores y feas y el sacrificio a veces no vale la pena. Los mejores son los heterosexuales ya entrados en la cincuentena o en el umbral de la ancianidad. En cualquier caso: es ineludible acercarse a ellos. Es ineludible cultivar un huerto a la sombra de sus rencores y resentimientos. Por supuesto, hay que empollar sus obras completas. Hay que citarlos dos o tres veces en cada conversación. ¡Hay que citarlos sin descanso! Un consejo: no criticar nunca a los amigos del maestro. Los amigos del maestro son sagrados y una observación a destiempo puede torcer el rumbo del destino. Un consejo: es preceptivo abominar y despacharse a gusto contra los novelistas extranjeros, sobre todo si son norteamericanos, franceses o ingleses. Los escritores españoles odian a sus contemporáneos de otras lenguas y publicar una reseña negativa de uno de ellos será siempre bien recibida. Y callar y estar al acecho. Y delimitar las áreas de trabajo. Por la mañana escribir, por la tarde corregir, por las noches leer y en las horas muertas ejercer la diplomacia, el disimulo, el encanto dúctil. A los diecisiete años quería ser escritor. A los veinte publiqué mi primer libro. Ahora tengo veinticuatro y en ocasiones, cuando miro hacia atrás, algo semejante al vértigo se instala en mi cerebro. He recorrido un largo camino, he publicado cuatro libros y vivo holgadamente de la literatura (aunque si he de ser sincero, nunca necesité mucho para vivir, sólo una mesa, un ordenador y libros). Tengo una colaboración semanal con un periódico de derechas de Madrid. Ahora pontifico y suelto tacos y le enmiendo la plana (pero sin pasarme) a algunos políticos. Los jóvenes que quieren hacer una carrera como escritor ven en mí un ejemplo a seguir. Algunos dicen que soy la versión mejorada de Aurelio Baca. No lo sé. (A los dos nos duele España, aunque creo que por el momento a él le duele más que a mí.) Puede que lo digan sinceramente, pero puede que lo digan para que me confíe y afloje. Si es por esto último no les voy a dar el gusto: sigo trabajando con el mismo tesón que antes, sigo produciendo, sigo cuidando con mimo mis amistades. Aún no he cumplido los treinta y el futuro se abre como una rosa, una rosa perfecta, perfumada, única. Lo que empieza como comedia acaba como marcha triunfal, ¿no?
Hernando García León, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Todo empezó, como todo lo grande, con un sueño. Hace un tiempo, menos de un año, me di un garbeo por uno de los cafés de mayor raigambre literaria y conversé con diversos autores de nuestra España doliente. Entre el guirigay de costumbre todos aquellos con quienes dialogué afirmaron (y aquí la unanimidad no es sospechosa) que mi último libro era, si no uno de los más vendidos, sí uno de los más leídos. Puede ser, de mercadeos yo no me ocupo. Tras la cortina de elogios, sin embargo, entrevi una sombra. Mis pares me elogiaban, los más jóvenes veían en mí -y se ufanaban de ello- a un maestro, pero tras la cortina de halagos yo presentí la respiración, la inminencia de algo desconocido. ¿Qué era aquello? Lo ignoraba. Un mes después, hallándome en una de las salas de embarque del aeropuerto, dispuesto a ausentarme por unos días de nuestra España maldiciente, se me acercaron tres jóvenes, espigados y cerúleos, y me dijeron en buen romance que mi último libro les había cambiado la vida. Curioso, aunque ciertamente no eran, ni mucho menos, los primeros en interpelarme de esta guisa. Proseguí mi viaje. Hice una escala en Roma. En el duty free shop se me quedó mirando fijamente un hombre de aspecto interesante. Era un austríaco en viaje de negocios (no le pregunté a qué se dedicaba), de nombre Hermann Künst, y que seducido por mi anterior libro, que había leído en español pues que yo sepa aún no se ha traducido al alemán, deseaba conseguir de mí un autógrafo. Sus alabanzas me dejaron anonadado. Al llegar a Nepal, en el hotel, un muchacho de no más de quince años me preguntó si yo era Hernando García León. Le dije que sí y ya me disponía a darle una propina cuando el mozalbete se declaró ferviente admirador de mi obra y poco después, casi sin darme cuenta, me vi estampando mi firma sobre un ajado ejemplar de Entre toros y ángeles, para ser más concretos en la octava edición española, con fecha de 1986. Lamentablemente en aquel momento ocurrió un percance que no viene a cuento relatar aquí que me privó de interrogar a aquel joven lector por las visicitudes o vericuetos que habían hecho llegar mi libro hasta sus manos. Esa noche soñé con San Juan Bautista. El descabezado se me acercaba a la cama del hotel y me decía: ve a Nepal, Hernando, y se abrirán para ti las páginas de un libro magnífico. Pero si estoy en Nepal, le contestaba con la media lengua de los durmientes. Pero el Bautista repetía: ve a Nepal, Hernando, etcétera, etcétera, como si se tratara de mi agente literaria. A la mañana siguiente olvidé el sueño. Durante una excursión por las montañas de Katmandú me encontré de sopetón con un grupo de turistas de nuestra España azorada. Fui reconocido (yo estaba solo, de más está precisarlo, meditando tras una roca) y sometido a la usual sesión de preguntas y respuestas, cual si estuviéramos en un programa televisivo. La sed de conocimientos de mis compatriotas era grande, compulsiva, inagotable. Firmé dos ejemplares. De vuelta al hotel, aquella noche volví a soñar con San Juan Bautista, mas con la variante, prestigiosa variante, de que esta vez venía acompañado de una sombra, un ser embozado que permanecía a una cierta distancia mientras el descabezado hablaba. Su alocución, en esencia, venía a ser la misma de la noche anterior. Me urgía a visitar el Nepal y me prometía las mieles de un libro magnífico, digno de la pluma más arriesgada. Estos sueños se repitieron, una noche sí y otra también, prácticamente durante toda mi estancia en Oriente. Regresé a Madrid y tras someterme de mala gana al imperativo de las entrevistas de rigor, me desplacé a Orejuela de Arganda, un pueblito o aldea de la sierra, con la robusta intención de acometer una labor de creación. Volví a soñar con San Juan Bautista. Macho, Hernando, esto es demasiado, me dije en medio del sueño y con un esfuerzo mental que sólo pueden permitirse quienes han ejercitado sus nervios en situaciones limítrofes, conseguí despertar de golpe. La habitación estaba sumida en el silencio feraz de la noche castellana. Abrí las ventanas y respiré el aire puro de la sierra. No eché en falta la época, ya lejana, en que fumaba dos paquetes diarios, aunque por una micro-fracción de segundo pensé que no hubiera estado mal fumarme un pitillo. Como hombre que no tiene tiempo que perder, dediqué mi insomnio a revisar papeles, concluir cartas, preparar borradores de artículos y conferencias, las servidumbres de un autor de éxito, algo que no comprenderán jamás los resentidos y envidiosos que no pasan nunca de los mil ejemplares. Después volví a la cama y como suele ocurrirme me dormí instantáneamente. De una negrura como pintada por Zurbarán resurgió San Juan Bautista y me miró a los ojos. Me hizo un gesto con la cabeza y después dijo: te dejo, Hernando, pero no te quedas solo. Contemplé el paisaje que poco a poco fue aclarándose, como si una brisa o un aliento angélico deshiciera las brumas y las negruras, aunque preservando, digamos, el luto propio de la mañana. Al fondo, a unos tres metros de mi cama, junto a un peñasco, aguardaba paciente la sombra enrebozada. ¿Quién eres?, dije. Mi voz me sonó temblorosa. Estoy a punto de echarme a llorar, pensé, sobrecogido, en medio del sueño y de aquella lóbrega mañana. Sin embargo, haciendo de tripas corazón, pude repetir la pregunta: ¿quién eres? Entonces la sombra tembló o con un movimiento preciso (y de todo el cuerpo) se sacudió el rocío del alba o simplemente mis ojos, descolocados, me hicieron percibir como temblor algo que no lo era, y tras el temblor comenzó a caminar en dirección a mi cama, sus pies que no parecían hollar el suelo, y sin embargo yo escuchaba el ruido de las piedras, el canto de las piedras gozosas al sentir la planta de sus pies en el lomo, crujido y tintineo al mismo tiempo, murmullo y rumor, como si las piedras fueran hierba de los campos y los pies aire o agua, y entonces me levanté, con ímprobos esfuerzos, de la cama, y apoyado sobre un codo le pregunté quién eres, qué quieres de mí, sombra, qué se esconde bajo ese rebozo, y la sombra siguió avanzando por el predio de piedras y guijarros cenicientos hasta llegar junto a mi cama, y entonces se detuvo y las piedras dejaron de cantar o arrullar o zurear, un silencio enorme se instaló en mi habitación y en el valle y en las faldas de las montañas, y yo cerré los ojos y me dije valor, Hernando, que en peores sueños te has visto, y los volví a abrir. Y entonces la sombra se quitó el rebozo o tal vez sólo fuera un capidengue y ante mí apareció la Virgen María y su luz no era cegadora, como dice mi amiga Patricia Fernández-García Errázuriz, que ha tenido varias experiencias de este tipo, sino una luz grata a la pupila, una luz acorde con la luz de la mañana. Y antes de quedarme mudo dije: ¿qué quieres, Señora, de este pobre servidor? Y ella dijo: Hernando, hijo mío, quiero que escribas un libro. El resto de nuestra conversación es algo que no puedo contar. Pero escribí. Me puse a la faena dispuesto a dejar la piel en el empeño y al cabo de tres meses tenía trescientas cincuenta cuartillas que puse en la mesa de mi editor. Su título: La nueva era y la escalera ibérica. Hoy, según me han dicho, se han vendido más de mil ejemplares. Por supuesto, no los he firmado todos pues no soy Supermán. Todo lo que empieza como comedia indefectiblemente acaba como misterio."
Hay que joderse, pero tuvo que venir aquí un chileno mexicanizado para decirlo. La única salvación de España son estos países, pero somos tan bobos que si alguna vez somos capaces de reconocerlo seguro que ya será demasiado tarde.
Mención aparte se merece el uso del lenguaje. Bolaño conocía la variedad del español de su país de origen, la mexicana y la española. Además, el autor conoció a personas de todas partes, emigrantes como él, y se dejó empapar por las distintas variedades del español, así que españoles, argentinos, peruanos o mexicanos, cada uno habla con unos giros particulares, sin salirse demasiado de la norma culta pero sí cada uno con su ritmo y su personalidad. Éste sería un libro perfecto con el que golpear en la cabeza a tantos partidarios del bizarrismo lingüístico que justifican su ignorancia supina bajo la excusa de la "evolución". De todos modos detecté un "zaraza", que no es lo mismo que "sarasa" aunque con seseo suenen igual, y en el caso de algunos catalanes cuando hablan un par de veces me sonó un poco forzado el uso de "tío", aunque no me extrañaría que no hubiese sido accidental.
La tercera parte, o continuación de la segunda, Los desiertos de Sonora, sorprende por su brevedad, apenas cincuenta páginas en las que desde el 1 de enero de 1976 se retoma el periplo de estos personajes montados en un Ford Impala propiedad de alguien cuyo destino ya conocemos, mientras que de García Madero y su pareja no se vuelve a decir nada en las páginas que ya hemos leído, así que su destino final queda en la incógnita. Poetas buscando a una poeta legendaria de la que han dado una interpretación extraña de su único poema conocido. Aunque todo se soluciona de una manera trágica, se pregunta uno si ése es la verdadera causa de la huida de Belano y Lima. Mi interpretación personal es que a esos dos poetas jóvenes se les descubre el secreto que Cesárea ya encontró, y que lo descubren al hablar con ella, ya anciana, y que ha abandonado, que se sepa, todo quehacer literario. Madero lee los escritos de ella, pero nada sabemos de lo que contienen, aunque por un momento otro personaje que la conoció habla de una enigmática cifra que una vez dijo, 2666, el título de la novela póstuma de Bolaño donde se habla del escritor Archimboldi, también citado en esta novela. Quizá ambos en ese viaje para encontrar a su heroína descubrieron como ella que la vida consiste en eso, en buscar un lugar donde vivir y trabajar, y a eso es a lo que ambos dedicaron el resto de sus vidas, ni más ni menos. Es una interpretación personal que por lo menos casa con la propia experiencia vital de Bolaño, que en los últimos diez años de su vida vio cómo su salud se extinguía y empezó a temer que le quedaba poco tiempo, con lo que se afanó en dejar un legado literario lo mejor que supo y para dar unos posibles económicos a su familia, de la que apenas habla en este libro y de la que mantiene un púdico silencio, mientras que no escatima hablar de sí mismo, de sus sentimientos o de sus fracasos sexuales, si aceptamos que Belano es Bolaño por completo.
Y eso más o menos es Los detectives salvajes, o al menos así es como yo la he entendido.
Crítica según la Teoría de la Molonidad.
Esto es una mierda. No se entiende nada y hay demasiados personajes. El autor te empieza a contar historias pero no acaba ninguna, y muchas no se sabe a lo que vienen. Incluso hay un duelo a espada y no te dice quién gana, ni ni se matan. Menudo timo.
Bueno, supongo que esto es lo que hay. A la gente le siguen gustando los libros, o leer novelas, pero cada vez a menos personas les gusta la literatura.
-SuperSantiEgo