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31.7.10

Argumentum ad Godwinum

Ya había pensado alguna vez en ello, pero como Geógrafo Subjetivo lo saca a colación, haré mi pequeño aporte desde aquí.

La Ley de Godwin en realidad tiene dos partes. Una, que no niego que sea divertida o correcta, y un corolario con el que estoy completamente en desacuerdo. La Ley de Godwin establece, y esto es un hecho que sí podríamos decir experimental y rigurosamente científico, que en cualquier discusión, a medida que se calientan los ánimos, la probabilidad de que alguien haga una comparación con Hitler o suelte un argumentum ad Hitlerum tiende a 1. Naturalmente, no tengo nada que objetar. Es una verdad como la copa de un piano.

La segunda parte, que se ha hecho muy popular y es una animalada, es que cualquier persona automáticamente, al hacer cualquier referencia a Hitler o los nazis, pierde la discusión. Creo que incluso Schopenhauer, que escribió una pequeña obra maestra llamada
La dialéctica erística, donde exponía todas las formas en las que razonar inapropiadamente, nunca habría podido imaginar un pensamiento tan basto. De hecho, la Ley de Godwin bien expresada no dice eso ni mucho menos. Basta con leer cuál es su alcance y formulación correcta.

Así pues lo que está mal es esa popularización y utilizar esa Ley de Godwin como un órdago absurdo. Nadie pierde por semejante tontería, ni por hacer una comparación exagerada o sin venir a cuento. Además, tendríamos que establecer lo mismo para Stalin, Franco, Ceuacescu, Mao, Fidel Castro, y a saber cuántos más.

No sólo eso, sino que así formulada la Ley de Godwin sería un argumento erístico, insidioso, y no habría más que ir poniendo celadas argumentativas al contrincante para que cayese en uno de esos argumentos o comparaciones, y así nosotros, como si de un jugador de Magic se tratase, sacar nuestra carta ultrapoderosa y borrarlo del mapa, jaque mate al hacerle meter la bola negra. Tan absurdo es pensar que un argumento ad Hitlerum es el arma definitiva como que la Ley de Godwin así aplicada es exactamente lo mismo. Así pues el abuso de la Ley de Godwin es por tanto un "argumentum ad Godwinum", y no hace perder la discusión a nadie, sino que en todo caso, como en toda discusión, hace perder tu credibilidad y resta puntos.

Por cierto que Eduardo Robledo ha propuesto la Ley de Machado aplicado al caso español: "En una discusión entre españoles en Internet, sea cual sea el tema tratado, tarde o temprano aparecerá el problema de las dos Españas".


-SuperSantiEgo

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12.7.10

Libro: El Castillo, de Franz Kafka

Probablemente no sea el mejor libro para leer en un hospital, pero si toca, toca. Leílo, como todo Kafka, ya hace bastantes años, y como tantas personas, todavía no me he repuesto del todo. Con razón dicen que los dos escritores que más estragos han hecho en la literatura son Faulkner y Kafka, y que sus alargadas sombras se extienden sobre toda la literatura desde que fueron publicados. Lo de estragos se refiere a que, además de la lógica influencia en otros autores, estos dos autores han ejercido una especial atracción y necesidad de emulación que raya en el guanabismo más desesperado, comparado sólo con el que algunos otros autores sienten por don Marcelo, Proust para los que lo tratan con menos familiaridad.

Como todas las obras de Kafka, por lo menos las más largas, sólo puede catalogarse como "tremenda comedura de tarro", "menuda rallada" o más seriamente "novela produndamente simbólica, alegórica e introspectiva". Aunque otras personas sienten debilidad por El Proceso o América, yo la siento por El Castillo, vaya usted a saber por qué. También habría que aclarar que, aunque ya se está imponiendo por puro guanabismo lingüístico, los títulos en español no tienen innecesarias mayúsculas en todas las palabras, así que lo normal sería El castillo. Sin embargo el alemán capitaliza todos los sustantivos, manía que también tenía el inglés hasta hace un par de siglos. Aun así, y tal como se suele explicar en las traducciones de esta obra, se conserva la mayúscula no sólo en el título, sino además en todos los demás casos, y tanto es así que K., el pobre desgraciado protagonista de la novela, siempre está intentando relacionarse con ese Castillo ominoso, distante y omnipresente que adquiere un aura transcendente y casi divina que bien se merece una mayúscula. Digámoslo claramente: el Castillo de esta novela mete miedo, y si no miedo te deja mucho mal cuerpo y muy pocas ganas de hacer eso mismo que el protagonista está empeñado: llegar a él.

Como en casi toda la obra de Kafka, la idea original no puede ser más extraña o peregrina: de repente llega un señor agrimensor a un pueblo. Al poco de llegar se da cuenta de que los patrones que supuestamente lo han contratado, los señores del Castillo, o no saben nada de él o como mucho lo mantienen en el pueblo dependiente del Castillo, pero sin darle trabajo y sin reconocer que realmente lo han llamado para algo. De ahí, obviamente, deriva el adjetivo kafkiano, que ha conocido acomodo en casi todas las lenguas de cultura. Es el famoso: "¿Pero esto de qué va? ¿Se están cachondeando de mí? ¿Esto es una cámara oculta o qué?" Sin embarg todos en ese pueblo, se supone que de Austria, parecen aceptar esa situación como lo más normal, tratan a los funcionarios del Castillo poco menos que como a semidioses y no les parece nada extraño el calvario administrativo por el que pasa el pobre K., que como pulpo en un garaje intenta una vez tras otra que al menos le digan si está allí para algo o qué pinta en ese lugar.

La interpretación, como en todas las obras mayores de Kafka, es un parque de atracciones para los que gustan de las discusiones bizantinas en lo literario. Obviamente el Castillo es algo muy raro, distante, poco menos que una entidad que transciende lo humano y toma una dimensión casi sobrenatural. ¿Es Dios, a quien el mismo K. llama a un teléfono que suena sin descanso, y que si alguien descuelga al otro lado la voz de nadie se oye? ¿Es el Estado y la completa alienación que el individuo siente al saberse no más que un pequeño engranaje de una maquinaria histórica que existió antes que él y que seguirá existiendo mucho después de que no exista, sin importarle lo que sea de él? Probablemente.

Lo más extraordinario de esta novela, por lo menos para mí, es que el protagonista ni siquiera se plantea ni por un instante lo que sería la conclusión más lógica: decir "Ahí os quedáis, panda de chiflados", y volverse por el mismo camino por el que llegó. Pues no: no sólo no se lo plantea, sino que de la forma en la que transcurre todo en ese universo kafkiano, enfermizo y enrarecido sería ilógico que se lo plantease. Allí está, y obececadamente piensa quedarse sean cuales sean las consecuencias.

La narración es densa, en muchas ocasiones absurda por las situaciones y por la naturalidad con la que los lugareños del pueblo aceptan la situación, a la vez que miran a K. como a un excéntrico que no es capaz de entender lo que para ellos es lo más natural: la relación con el Castillo. K. encontrará pareja en una de las posaderas que suelen ser los pasajeros romances de algunos empleados del Castillo, y durante toda la novela no dejará de intentar comprender por qué lo han llamado allí y si su presencia ha sido realmente requerida. Por cartas y otras anotaciones se sabe que el posible final de la novela para Kafka consistía en que K., ya en su lecho de muerte, recibía una notificación del Castillo en la que se le informada de que no se reconocía que hubiese sido llamado para nada, pero con efecto retroactivo se le concedía permiso para vivir y morir en el pueblo, y mantener algún tipo de actividad profesional con la que mantenerse. Si comparamos este final con el de América, en la que a cada persona se le asignaba un papel en el gigantesco escenario del mundo, podemos entender más o menos qué es lo que se le solía pasar por la mente a nuestro buen amigo Franz cuando se le ocurría ponerse a escribir.

Aquí tenemos un fragmento de la novela, en su versión original y traducido a varios idiomas:

Vielleicht hatte er diese Macht, aber sie hätte ihm nichts nützen
können; den Schlitten zurückzuholen bedeutete sich selbst zu vertreiben. So blieb er still als einziger, der den Platz behauptete, aber es war ein Sieg, der keine Freude machte. Abwechselnd sah er dem Herrn und dem Kutscher nach. Der Herr hatte schon die Tür erreicht, durch die K. zuerst den Hof betreten hatte, noch einmal blickte er zurück, K. glaubte ihn den Kopf schütteln zu sehen über soviel Hartnäckigkeit, dann wandte er sich mit einer entschlossenen, kurzen, endgültigen Bewegung um und betrat den Flur, in dem er gleich verschwand. Der Kutscher blieb länger auf dem Hof, er hatte viel Arbeit mit dem Schlitten, er mußte das schwere Stalltor aufmachen, durch Rückwärtsfahren den Schlitten an seinen Ort bringen, die Pferde ausspannen, zu ihrer Krippe führen, das alles machte er ernst, ganz in sich gekehrt, ohne jede Hoffnung auf eine baldige Fahrt; dieses schweigende Hantieren ohne jeden Seitenblick auf K. schien diesem ein viel härterer Vorwurf zu sein als das Verhalten des Herrn. Und als nun, nach Beendigung der Arbeit im Stall, der Kutscher quer über den Hof ging, in seinem langsamen, schaukelnden Gang, das große Tor zumachte, dann zurückkam, alles langsam und förmlich nur in Betrachtung seiner eigenen Spur im Schnee, dann sich im Stall einschloß und nun auch alles elektrische Licht verlöschte - wem hätte es leuchten sollen? - und nur noch oben der Spalt in der Holzgalerie hell blieb und den irrenden Blick ein wenig festhielt, da schien es K., als habe man nun alle Verbindung mit ihm abgebrochen und als sei er nun freilich freier als jemals und könne hier auf dem ihm sonst verbotenen Ort warten, solange er wolle, und habe sich diese Freiheit erkämpft, wie kaum ein anderer es könnte, und niemand dürfe ihn anrühren oder vertreiben, ja kaum ansprechen; aber - diese Überzeugung war zumindest ebenso stark - als gäbe es gleichzeitig nichts Sinnloseres, nichts Verzweifelteres als diese Freiheit, dieses Warten, diese Unverletzlichkeit.

Perhaps he had this power, but it would have availed him nothing. To call the sledge back would be to drive himself away. So he remained standing as one who held the field, but it was a victory which gave him no joy. Alternately he looked at the backs of the gentleman and the coachman. The gentleman had already reached the door through which K. had first come into the courtyard. Yet once more he looked back, K. fancied he saw him shaking his head over such obstinacy, then with a short, decisive, final movement he turned away and stepped into the hall, where he immediately vanished. The coachman remained for a while still in the courtyard, he had a great deal of work with the sledge, he had to open the heavy door of the shed, back the sledge into its place, unyoke the horses, lead them to their stalls. All this he did gravely, with concentration, evidently without any hope of starting soon again, and this silent absorption which did not spare a single side-glance for K. seemed to the latter a far heavier reproach than the behaviour of the gentleman. And when now, after finishing his work in the shed, the coachman went across the courtyard in his slow, rolling walk, closed the huge gate and then returned, all very slowly, while he literally looked at nothing but his own footprints in the snow and finally shut himself into the shed. And now as all the electric lights went out too - for whom should they remain on? - and only up above the slit in the wooden gallery still remained bright, holding one's wandering gaze for a little, it seemed to K. as if at last those people had broken off all relations with him, and as if now in reality he were freer than he had ever been, and at liberty to wait here in this place usually forbidden to him as long as he desired, and had won a freedom such as hardly anybody else had ever succeeded in winning, and as if nobody could dare to touch him or drive him away, or even speak to him. But - this conviction was at least equally strong - as if at the same time there was nothing more senseless, nothing more hopeless, than this freedom, this waiting, this inviolability.

Talvez ele dispusesse desse poder, mas não teria podido usá-lo, pois pegar de volta o trenó significava expulsar a si mesmo. Assim sendo permaneceu parado, como o único que dominava o lugar, mas não era uma vitória que causasse alegria. Ele acompanhava com o olhar ora o senhor, ora o cocheiro. O senhor já tinha alcançado a porta, através da qual K. havia entrado antes no pátio, e olhado uma vez para trás: K. acreditou vê-lo balançar a cabeça em relação a tanta relutância, depois voltou-se com um movimento decidido, breve e definitivo e penetrou no corredor no qual logo desapareceu. O cocheiro ficou mais tempo no pátio, tinha muito trabalho com o trenó, precisava abrir o pesado portão do estábulo, levar o trenó recuando até o seu lugar, desatrelar os cavalos, conduzi-los à manjedoura; fez tudo isso seriamente, voltado para si mesmo, já sem nenhuma esperança de uma viagem próxima; esse trabalho silencioso, sem qualquer olhar de soslaio a K., pareceu a este uma censura muito mais severa do que o comportamento do jovem senhor. Depois de terminar a tarefa do estábulo, o cocheiro atravessou o pátio, com o seu andar lento e balançado, fechou o grande portão e depois retornou, tudo devagar e literalmente contemplando suas próprias pegadas na neve; em seguida se fechou no estábulo e apagou todas as luzes — para quem elas deveriam ficar acesas?
Na parte de cima ficou iluminada apenas a fenda na galeria de madeira, capturando um pouco o olhar errante, uma vez que parecia a K. que agora todas as ligações com ele tivessem sido rompidas e estivesse sem dúvida mais livre que nunca e pudesse ali esperar no local antes proibido para ele quanto tempo quisesse e tivesse lutado por essa liberdade como quase nenhum outro e ninguém tivesse permissão para tocá-lo ou mandá-lo embora, nem mesmo interpelá-lo. No entanto essa convicção era no mínimo igualmente forte, como se, ao mesmo tempo, não existisse nada mais sem sentido, nada mais desesperado do que essa liberdade, essa espera, essa invulnerabilidade.

Quizá tuviese ese poder, pero no le habría servido de nada; hacer regresar al trineo habría significado tener que alejarse. Así que permaneció en silencio, siendo el único que mantenía su puesto, pero era una victoria que no proporcionaba ninguna alegría. Miró alternativamente al trineo y al señor. Este último ya había alcanzado la puerta por la que K había entrado al patio, una vez más miró hacia atrás, K creyó ver cómo sacudía la cabeza sobre tanta obstinación, luego se volvió con un movimiento corto y decidido y entró al pasillo en el que desapareció. El cochero permaneció más tiempo en el patio, tenía mucho trabajo con el trineo, tenía que abrir la gran puerta del establo, retroceder y colocar el trineo en su lugar, desenganchar los caballos, llevarlos a la cuadra, todo lo hacía con gran seriedad, sumido en sus pensamientos, ya sin ninguna esperanza de realizar un viaje; ese continuo trabajo en silencio, sin ninguna mirada de soslayo a K, le pareció a éste un reproche más duro que el comportamiento del señor. Y cuando una vez terminada la labor, el cochero, con su paso lento y oscilante, atravesó el patio, cerró la puerta y regresó al establo, todo pausadamente, siguiendo literalmente su propio rastro en la nieve, encerrándose en el establo, y cuando entonces se apagó la luz —¿a quién tendría que haber iluminado?—, y arriba, en la galería de madera, aún se veía claridad a través de la ranura, atrayendo su mirada errática, a K le pareció como si hubiesen roto todos los vínculos con él y como si fuese más libre que nadie y pudiera esperar en ese lugar prohibido todo lo que quisiera, como si se hubiese ganado en duro combate, como ningún otro, esa libertad, y como si nadie pudiera tocarle o expulsarle, ni siquiera hablarle, pero —este convencimiento era como mínimo igual de fuerte— como si, al mismo tiempo, no hubiese nada más absurdo, más desesperado que esa libertad, esa espera, esa invulnerabilidad.

La verdad sea dicha, Kafka es uno de los casos de "droga dura" literaria. Es como el cabrales: no está hecho para todos los paladares ni le tiene que gustar a todo el mundo. Pensar lo contrario es tontería. Pero al que le gusta, cómo lo disfruta. El mismo Kafka, además de gran admiración, ha levantado no pocas antipatías incluso entre otros escritores. Es, desde luego, una singularidad literaria que se ha de tomar como tal, y que no es modelo ni referencia para nadie que quiera ser escritor, pues tanto las circunstancias en las que escribió su obra como las circunstancias en las que esa obra alcanzó el reconocimiento estando él ya muerto, son irrepetibles. Hay que reconocer que muchas veces la narración parece descuidada, sobre todo en las obras mayores que dejó todas en realidad inacabadas por su incapacidad para considerarlas terminadas, que no terminan o terminan de aquella manera y que parece que "faltan cosas", pero tampoco se le puede negar que consiguió hacer lo que muchos escritores no se atreven: hacer y escribir lo que le dio la real gana. Lo que escribe son ralladas o comeduras de tarro, pero son las suyas, y si tenía que escribir de un tipo que amanecía convertido en cucaracha lo hacía y listo. No olvidemos tampoco que Kafka murió siendo un completo desconocido, víctima de la tuberculosis como tantos europeos de la época y después de una vida gris y anodina. El Kafka posterior es el mito literario creado por la crítica y por los lectores, y como tal una ficción más en la que uno puede participar si quiere y en los términos que quiera.

Aquí tenemos unas declaraciones quizá no muy afortunadas de Eduardo Mendoza sobre nuestro checoslovaco judío que escribía en alemán:

Tampoco me escandalizan demasiado, aunque no las comparto. A veces los escritores presentan algunas extrañas filias o fobias sobre otros autores o sobre sus obras que son difíciles de comprender. En no pocas ocasiones se obcecan en explicar lo que es "la literatura" o "la novela", con resultados como poco un tanto extraños, o con ciertas salidas de tono. Sobre todo cuando ya tienen unos añitos, que la edad para esas cosas es muy mala. No es por enmendarle la plana a don Eduardo, pero si Kafka empieza La metamorfosis explicando en el primer párrafo que el protagonista se despierta convertido en cucaracha es porque no tiene la más mínima intención de que ésa sea la sorpresa final de la historia, y sobre todo porque tampoco tiene la más mínima intención de explicar por qué se ha producido semejante fenómeno.

Por último os dejo un pequeño corte de Las aventuras del joven Indiana Jones. En uno de los capítulos Indiana experimenta en sus propias carnes lo que es una situación kafkiana, y en una interminable búsqueda por Praga, en la que llega a conocer al mismo Kafka, sufre una pesadilla administrativa muy parecida a que experimentan Astérix y Obélix en Las doce pruebas de Astérix. Porque las situaciones kafkianas, por qué no, también se pueden tomar con sentido del humor.


-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:09 AM 5 estupefactos enlaces a esta entrada

8.7.10

La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros

Hasta hoy mismo España era una nación cuya más alta gesta histórica era meterle una docena de goles a una selección que era poco más que un grupo de amigos, número éste además muy adecuado porque así es como se suelen vender los huevos, y desde entonces tal proeza ha quedado como un hito de hacer las cosas "por mis santos cojones" y en lucha agónica contra la adversidad. Como lo de Covadonga, pero en moderno. Tanto es así que hace pocos años una conocida marca de cervezas recuperó al portero de la selección maltesa en un anuncio que deja la palabra "sedición" muy corta.



La Batalla de Clavijo, Roncesvalles, el Nobel de Ramón y Cajal... todo chorradas. Hasta cierto punto es lógico que nos aferremos a las victorias deportivas, por magras que éstas sean, ya que en las militares lo único de substancia que hemos hecho es devolver a casa a unos pocos marroquíes por habernos ocupado un islote que nadie quiere, y para más inri incluso se hizo bajo la excusa de que no iban documentados. Respecto a las aventurillas internacionales, pues como casi todos los demás para hacer bulto y poco más, eso cuando no convertimos al ejército en los anuncios de la tele en una especie de ONG que casualmente va uniformada y con armas. No es de extrañar que la gente prefiera los desvaríos historicistas de Alatriste para alimentar sus fantasías bélicas, cuando unos señores con bigote, cara de pocos amigos y aliento de gazpacho iban por el mundo adelante haciendo de las suyas.

De todos modos, aunque uno quiera irse de hipercrítico con algunas de estas manifestaciones deportivas y culturales, no deben ser éstas en sí mismas las que deben ser objeto de crítica, sino que muchas veces son las reacciones desmesuradas las que causan más vergüenza ajena. Ya sean estas patrioteras o malinchistas, que de todo hay. La verdad es que yo soy futbolero más bien lo justo, y nunca me ha quitado el sueño que gane o pierda tal equipo, ni me identifico con los éxitos de los deportistas españoles más que lo justo. Quizá sea cosa de familia: mis padres los dos son muy patriotas en el sentido clásico, y siempre les ha sido indiferente que España pase de cuartos de final o no, así que quizá me lo pegaron. No sé.


En primer lugar, si me dan a elegir entre el patrioterismo y el malinchismo, casi que me quedo con el primero por lo que tiene de sentimiento primario, infantil y un tanto naif: gente que se pinta la cara y que siente una euforia desmedida porque una persona que casualmente ha nacido en la misma demarcación política arbitraria que uno ha conseguido un éxito deportivo. Además, tampoco es algo nuevo, y ya los deportes y el prestigio que conllevaban las victorias en las olimpiadas son más que conocidos. Por eso tampoco es tan escandaloso que se llegue a especular con que incluso ganar la copa del mundo podría tener efectos beneficiosos en la economía. Nada nuevo bajo el sol. Eso sin contar con el efecto de euforia y confianza, que otra cosa es lo que puede durar. No me extrañaría que incluso aumentase momentáneamente la natalidad.


Aun así yo tampoco comparto las ideas de que debe haber nobles mentiras o narraciones necesarias que sean un bálsamo para el populacho. Básicamente porque creo que son bastante menos profundas e irracionales de lo que parecen: la gente no es tan tonta como aparenta por la tele. Por eso me resultan desagradables las actitudes malinchistas, sobre todo por lo que tienen de afectación intelectual. Casos hemos visto estos días, revestidos de moralismo barato. Que si los futbolistas cobran mucho. A buenas horas nos damos cuenta de que en este local se juega, y a qué se juega. Sí, cobran una barbaridad, pero no es ningún escándalo: es lo que está dispuesta la gente a pagar por ver a unos tipos dar patadas a un balón. Más raro me parece a mí que alguien pague lo que no está en los escritos por un vestido de alta costura, por unas zapatillas de deporte o por el puñetero reloj de
Perdidos, edición coleccionista. En cierto modo, como persona desalmada, lo que veo más positivo en este desplegarse de los rohirrim es el cabreo que causa en algunos. Sólo por eso ver y escuchar a los geeks maripilis lloriquear por el dinero que se gasta, o especular con lo que van a costar las primas a los vencedores, rezumando justa cólera desde su superioridad moral de lo que ellos creen que es maravilloso elitismo cientifoide, vale la pena. Todo lo que joda o ofenda a los mariliendres de cualquier pelaje tiene un lugar en mi corazoncito.

Otrosí, el plus de cabreo que ha creado en los nacionalistas, que a ver ahora con qué cara van a andar pidiendo sus correspondientes combinados regionales, cuando ya les han dicho más de una vez que es cosa de la FIFA y que lo de las selecciones de Gran Bretaña es una excepción. Porque ésa es otra: lo plantean como si no hubiese otro problema más grande que aquejase a sus respectivos lugares de origen. Pues después de esto... a ver con qué cara lo piden. Ya después del triunfo de la Copa de Europa, y después con lo de la selección de baloncesto en 2006 y 2008 alguno empezó a decir en plan chusco que si España ganaba el mundial que al día siguiente en PNV y ERC presentaban suspensión de pagos, y aunque se dijera en broma tampoco van demasiado desencaminados. Ayer en Barcelona se reunieron unas 50000 personas por lo del Estatut. Hoy, si gana la selección, ¿cuántas saldrán a la calle? Ay... qué poco tino al elegir el día. Lo más gracioso es que no me extrañaría que muchas personas asistiesen a ambos eventos. Al final lo que nos va es la marcha.


Desde un punto de vista puramente desapasionado, tampoco es para tanto ni hay que ser tan críticos con esto. Cosas más raras se ven: gente que paga dinero por ponerse la camiseta de un grupo de música y lucirla como una librea, murcianos que piden que haya en su ciudad un Starbucks "para que su ciudad sea importante", y demás fenómenos que con un manual básico de antropología en una mano y
La rama dorada en la otra no pueden a uno sino hacerlo encogerse de hombros y decirse que básicamente somos más o menos lo mismo desde que nos bajamos de la rama.

Por tanto, y volviendo al título, para algunos ésta es "La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". Cervantes creyó estar en ese momento al participar en la batalla de Lepanto, y desde su punto de vista personal y subjetivo nadie se lo puede negar. Soy partidario de que cada uno se drogue con lo que quiera, así que cada uno está también en su derecho de vivir en el País de las Maravillas, en los Mundos de Yupi o en el paraíso artificial de su invención, siempre que sus intereses no entren en conflicto con los de los demás ni su fantasía haga daño. Para cuatro días que estamos aquí, al menos pasar unos ratos agradables, y cada uno los busca dónde y como puede. El que quiera ser feliz pensando que hoy es la culminación de nuestra historia como nación no estará mucho más equivocado o alienado que los que los miran con condescendencia como si su mierda mental no oliese.


Algunos dicen que hay que ganar por todos los jugadores del pasado, que ésta es la culminación de todo su esfuerzo y no sé qué cosas más. Pues bueno, tampoco está mal. Yo sólo puedo decir: "Recordad a las Diecisiete Provincias que el Imperio ni olvida ni perdona". Rencoroso que soy. Los holandeses, por su parte, también han sacado a pasear los fantasmas de la España negra y la Guerra de los Ochenta Años. Tampoco me parece mal: es parte de su floclore.


-SuperSantiEgo

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