Libro: Luc Folliet. Nauru. La isla devastada.
Como buenos etnocentristas que somos, solemos creer que todo lo nuestro es lo mejor. Incluidos nuestros malos y nuestras maldades. Pero tampoco es cierto. Además, tampoco hemos inventado nada: los genocidios y las burradas que ponen los pelos de punta son tan antiguas como el mundo. Hay una muestra de arte sumerio en la que vemos, como si de un cómic se tratara, cómo el ejército vencedor desnuda y veja a los vencidos, para luego pasarles por encima con los carros de guerra y terminar festejando su victoria con un banquete. Gengis Khan, proporcionalmente, hizo una escabechina en Asia que deja cualquier genocidio moderno en muy mal lugar, y eso sin contar que él solito, según parece, debe ser el antepasado de una proporción nada desdeñable de la población de ese continente. Ese adorable pueblo además convirtió la peste bubónica en arma de guerra y sólo en la destrucción de Bagdag, en 1258, se cargaron entre 100.000 y 1 millón de personas. El mismo Gengis, cuando le tocaban las narices, no se cortaba un pelo a la hora de enviar una represalia. Puede que el episodio haya sido exagerado, pero se dio orden no sólo de matar a toda la población, aproximadamente cuatro millones de personas, sino que incluso se especificó que debían morir incluso los perros y los gatos y se desvió un río para hacer desaparecer del mapa la ciudad natal del Sha.Nuestros admirados romanos, poniendo excusas mucho peores que las armas de destrucción masiva y por pura envidia y cuota de mercado borraron de la historia a los cartagineses en una acción parecida a lo que habría supuesto que en los años setenta los EEUU, al ver el milagro económico japonés y que empezaban a competir duramente con ellos, les hubiesen ido hasta allí para bombardearles toda su industria y de paso lanzarles un par de bombas nucleares más y que así no levantasen cabeza. Básicamente eso es lo que ocurrió, pero en no pocos libros de historia encontraréis casi excusas del tipo "el odio de los romanos hacia los cartagineses era profundo". Ya, no te digo que no, pero tampoco es para ponerse así y hay que tener muy mala follá.
Aquí una pequeña lista de atrocidades que demuestran que en el s XX y después el ser humano no ha hecho sino aplicar los modernos conceptos de racionalización del trabajo y producción en masa a lo que ya se le daba de miedo: matarnos los unos a los otros a base de bien, con el desparpajo, alegría y dedicación plena que toda vocación habitualmente conlleva.
En este puto mundo, además, como no tengas amigos o no tengas nada que ofrecer a cambio, nadie va a mover un dedo por ti. Como tengas el color de piel inadecuado o hables algo raro, pobre de ti como te interpongas en medio de la gente que no debas, porque no le va a importar a casi nadie. De hecho sobran ejemplos. Los tasmanos, en su momento quizá el pueblo menos avanzado de la tierra, poco tuvieron que hacer contra los ingleses, mientras que los maoríes, más numerosos y avanzados, les plantaron cara y por eso siguen existiendo, aunque antes en la Guerra de los Mosquetes se dedicaron a darse candela entre ellos a base de bien y casi ahorran ese trabajo a los blancos.
Podríamos hablar también de los simpáticos habitantes de algunas islas, que decir que las han pasado canutas es decir poco. A los buenos habitantes de Diego García, isla que tiene la mala suerte de estar en medio de todas partes y ser por lo tanto un punto estatégico privilegiado, le deportaron a toda la población y santas pascuas. ¿A quién le importan dos mil tipos de etnia desconocida y olvidados de todos? Bueno, puedes protestar y que te den la razón, pero también se te puede quedar la cara de tonto cuando veas que los que ahora tienen tu islita se encogen de hombros y siguen a lo suyo sin hacer caso de nadie. Claro que hay que reconocer que los nativos tampoco es que estuvieran muy finos, todo hay que decirlo.
Más grave es lo de la famosa isla Bikini, empleada para lo que todo sabemos en la era dorada de las pruebas nucleares, y época también en la que ambos bloques, cada uno a su manera, experimentó los efectos de la radiación sobre el ser humano con "gaseosa humana", y eso que ya se sospechaban muchos de los efectos como mínimo. Te petan tu isla, y hala, a esperar a ver para dónde va la nube. Hace poco los que siguen vivos y sus descendientes han preguntado si podrían volver a vivir allí, y la respuesta más o menos fue: "Hombre, vosotros mismos. Como por poder, casi se podría, pero yo que vosotros no comería nada que creciese allí en un siglo como poco". Los seres humanos somos así: hasta que no metemos el dedo en el enchufe no hay manera. Hasta que no nos acojonamos por los efectos no se dejaron de hacer explosiones atmosféricas, y en una explosión en altura, que ya hace falta ser animal, los boy scouts de medio mundo vieron cómo sus brújulas daban un respingo y algunos campistas gozaron de la visión de cielos naranjas durante varias noches. La mayor prueba nuclear de la historia, la Bomba del Zar, "sólo" tenía 60 megatones, y eso porque los ingenieros soviéticos aseguraron que aunque se podía llegar a 100, pero que ellos no se hacían responsables de lo que pudiera pasar con semejante pepino. Los usacos, por su parte, llegaron a plantearse muy en serio detonar una bomba en la luna con motivos propagandistas. Eran tiempos interesantes.
Otra cosa, ya algo más moderna, y que también se nos ha dado de miedo, es el moderno etnocidio. Que es como el genocidio, pero un poco light. No te cargas a la gente, pero haces todo lo posible para aculturizarla a las bravas con medidas humanitarias como declarar incapacitados a los padres indígenas y meter a los niños en orfanatos, prohibir los matrimonios dentro de la misma etnia para forzar el mestizaje, y perseguir el uso de los idiomas tribales. Y todo eso bien entrado el siglo XX.
Y estaréis pensado: jo, ¿algunas de esas cosas les pasaron a los naruanos? Pues eso es lo más gracioso y lo más grave: que no, así que olvidaos de todo lo que os he contado hasta ahora. En realidad sí tienen un pasado colonial, pero no particularmente dramático. Empezaron siendo una factoría alemana de copra, y después la isla pasó a manos británicas y australianas, que ya empezaron a explotar la verdadera riqueza de la isla: los fosfatos que provenían del guano que durante miles de años se ha ido acumulando en su superficie. Porque Nauru es una isla cuya única riqueza es ésa, el guano, de modo que si le dices a uno de sus habitantes "Tu isla no es más que una gran mierda seca" él no podrá más que darte la razón.
El episodio más traumático que vivieron los habitantes de la isla fue la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, en la que fueron deportados a otra isla donde permanecieron confinados hasta que terminó el conflicto y comenzó un largo período de más de veinte años en el que pidieron su emancipación para constituirse en estado independiente, liderado el proceso por una figura local educada en Australia que ejerció el papel de Gandhi local. Los australianos llegaron incluso a proponerles un intercambio de cromos y cederles una de sus islas, de mucha mayor superficie pero sin ninguna riqueza, y los naruanos respondieron que lo del timo de la estampita está muy visto. Por fin, en 1968, consiguieron la independencia, y se constituyeron en la república más pequeña del mundo. Hasta entonces, todo hay que decirlo, los beneficios de la venta del fosfato habían seguido el típico esquema colonial: todo para nosotros y para los nativos las migajas, hasta el punto que tuvo que haber compensaciones retroactivas. Llegada la década de los 70, los naruanos pudieron decir por fin: "Toda la mierda seca para nosotros". Pero había un "pero", que les dejaron muy clarito los ingenieros que se encargaban de la extracción. Y es que en un sitio tan pequeño no era demasiado difícil calcular cuánto se iba a tardar en agotar las reservas de fosfato. Veinte años aproximadamente. Luego, eso ya no sería rentable, así que había que ser previsores.
¿Qué hicieron los naruanos en esos veinte años? Ahora es cuando vamos al libro y al "gancho" de la portada: "Cómo la civilización capitalista ha destrozado, en los últimos treinta años, el país más rico de la Tierra". Llegué a pensar si no sería un añadido de la edición española, pero no, ya está en la francesa. Y la verdad es que debe ser un gancho para atraer a los aficionados a la literatura antiglobi, porque el libro no trata de eso ni de lejos. Es sencillamente un ameno y algo irónico ensayo periodístico bastante bien escrito que narra cómo un pueblo, en poco menos de una generación, dilapidó alegremente todos sus recursos y riqueza. Y sin excusas que valga, porque estaban más que advertidos.La verdad es que esto no tiene nada que ver con el capitalismo. Como mucho, que los fosfatos se vendían a buen precio a Nueva Zelanda y Australia, pero después los beneficios de su venta se repartían entre los aproximadamente cuatro mil habitantes, que se convirtieron durante esas dos décadas en los habitantes con una renta per capita que en ocasiones superaba a la de los países exportadores de petróleo. Fueron, sin duda, los ciudadanos más ricos del mundo, verdaderos rentistas que, y esto es muy importante, no le pegaron un palo al agua mientras trabajadores especializados e ingenieros occidentales trabajaban en minas donde los que manejaban las máquinas era habitantes de otras islas o los omnipresentes chinos. Ellos, a vivir. Pero a vivir a lo grande. Si querían estudiar, los mandaban a Australia, y si tenían alguna enfermedad que no pudiese ser tratada en el hospital local, los enviaban en avión a los mejores hospitales australianos, donde pasaban la convalecencia a todo lujo. El resto de las ocupaciones de los isleños consistía en compar a tocateja todo tipo de bienes suntuarios y alimentos del exterior, de modo que buena parte de su tiempo lo empleaban en dar vueltas sin sentido con sus grandes todoterrenos por la única carretera que circunvala la isla, poniéndose cerdos de comer y viendo una cinta de vídeo tras otra. La obesidad mórbida se convirtió en una plaga, y la diabetes, a la que ya están predispuestos genéticamente las poblaciones de esa parte del mundo, se convirtió en una de las principales causas de muerte.
Ganaron dinero a espuertas. Y había que invertirlo, claro. Y lo hicieron, pero muy mal. Pésimamente, a decir verdad. Naturalmente, los ayudaron todos los asesores que contrataron, y ahí sí que se puede decir que los engañaron bastante, pero era notorio para cualquiera que los políticos de la isla eran más que corruptos y que no hacían más que llenarse los bolsillos, rotando diversas personalidades públicas de modo que hubiese trinque más o menos para todos. Compras absurdas y sin proyección a las que luego no se les daba continuidad, e incluso la financiación de un musical carísimo en Londres, que fue un completo fracaso, además de mantener unas líneas aéreas infraaprovechadas por las que se perdía el dinero de una manera escandalosa, pero que seguían en activo en aras de un "prestigio" que nadie fuera de la isla se creía. Como se suele decir, el dinero desapareció sin saber muy bien dónde. Y a principios de los 90, como se había vaticinado... dejó de entrar en la isla, y las grandes máquinas excavadoras dejaron de funcionar, quedaron abandonadas y se oxidaron.
¿Y ahora qué? Pues ahora, como se suele decir, a comerse los mocos. En primer lugar, la práctica totalidad de la población tenía una cualificación profesional para hacer lo más basico aproximadamente de cero, e incluso gran parte de su folclore y tradiciones se había perdido por la más pura vagancia y desidia. La aculturación, en una sola generación, fue completa e irreversible. Básicamente toda la población de la isla sufrió el síndrome del ganador de la lotería: sin saber muy bien cómo, te has fundido la pasta en no se sabe muy bien qué y estás peor incluso de como empezaste. El síndrome del nuevo rico, que también lo llaman: te pones a gastar sin pensar en nada más, aparecen buitres a tu alrededor que no eres lo bastante listo para darte cuenta de que van a lo que van, y pasado un tiempo estás con una mano delante y otra detrás.
¿Qué es lo que hicieron los naruanos? Pues lo que muchos nuevos ricos para mantener su forma de vida: malvender lo poco que les quedaba, y endeudarse hasta las cejas en unos créditos de ésos que se firman con sangre a un tipo que desprende un extraño olor a azufre. Cuando las deudas apretaron, los dirigentes naruanos se entregaron a otra jugada también muy popular entre los nuevos ricos, cualquier cosa menos trabajar en serio: dedicarse a los negocios poco limpios. Nauru se convirtió así en paraíso fiscal denunciado en numerosas ocasiones, y se aprovechó de su condición de estado soberano para vender pasaportes a gente de ésa que prefiere que no la reconozcan en algunos aeropuertos. Otra jugada de los caciques locales fue vender apoyos a otras naciones a cambio de dinero y consultoría en crear nuevas industrias: secunda a Japón en sus pretensiones de volver a cazar ballenas, y se declaró aliada de Taiwan en la ONU, hasta que la República Popular les ofreció más dinero y se cambiaron de bando, para luego volver con Taiwan. También, es esta última década, se convirtieron a cambio de un buen dinero en campamento de refugiados afganos y ciudadanos de otras regiones que pretendían llegar a Australia, y que se pasaron varios años vegetando en esa isla de la que nunca habían oído hablar. El libro cuenta la historia de los dos últimos refugiados, de origen iraquí, que quedaban en la isla guardados por más de un centenar de funcionarios australianos: uno, al cambiar el gobierno australiano, consiguió alcanzar su objetivo, y el otro había desarrollado una depresión tan grande que acabó en un psiquiático.
En los últimos años parece que hay ciertos indicios de recuperación, aunque la chatarra de la antigua industria y otros derelictos son el paisaje dominante. La extracción secundaria del fosfato, ahora que vuelve a ser rentable por el aumento del precio de los fertilizantes, parece que vuelve a ser posible y trae nuevos ingresos, aunque nada comparado con lo vivido. Mientras, los habitantes sufren aislamiento al no llegar apenas aviones, casi no hay gasolina y no siempre tienen electricidad. El hospital se cae a pedazos, se han tenido que instaurar programas para reeducar a la población en las tareas domésticas más básicas y muchos no han visto más salida que convertirse en improvisados pescadores para poder poner algo en la mesa. Y todo eso en el plazo de una generación. Como muy bien dice el libro, los habitantes de cincuenta años, muchos de ellos con muy mala salud por su anterior estilo de vida y condenados lo más seguro a una muerte temprana, han vivido todo el proceso, desde la independencia a los tiempos de esplendor y luego la miseria.
Se les dijo, se les avisó, y dio exactamente lo mismo. Tampoco es un caso único: hace años me acuerdo de ver un reportaje de la polinesia francesa, donde algunas poblaciones son mantenidas artificialmente por la metrópoli, y el paisaje no era muy distinto: obesidad, no hacer absolutamente nada y maratonianas sesiones de vhs viendo películas de acción de origen filipino.
Aquí tenéis un vídeo de unos veinte minutos donde se ve un resumen de todo lo ocurrido en la isla.
El libro no se hace la pregunta clave, pero la haré yo. En una sociedad idílica con abundancia de energía, por ejemplo la energía de fusión, todas nuestras necesidades cubiertas, todo tipo de entretenimientos gratis y sin tener que trabajar, sino dedicarnos a lo que quisiéramos, ¿cuál sería el futuro de la humanidad?
¿Nos convertiríamos en una sociedad de exploradores, de científicos y artistas dedicados únicamente al bien común y al progreso y bienestar de nuestros semejantes?

¿O por el contrario nos dedicaríamos al más descarado dolce far niente y acabaríamos de esta otra manera, y como mucho algunas pocas excepciones?
De momento la experiencia antropológica que tenemos nos permite esperarnos lo peor. Si es que a veces parece que no hay por dónde cogernos.-SupeSantiEgo
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