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30.6.10

Libro: Luc Folliet. Nauru. La isla devastada.

Como buenos etnocentristas que somos, solemos creer que todo lo nuestro es lo mejor. Incluidos nuestros malos y nuestras maldades. Pero tampoco es cierto. Además, tampoco hemos inventado nada: los genocidios y las burradas que ponen los pelos de punta son tan antiguas como el mundo. Hay una muestra de arte sumerio en la que vemos, como si de un cómic se tratara, cómo el ejército vencedor desnuda y veja a los vencidos, para luego pasarles por encima con los carros de guerra y terminar festejando su victoria con un banquete. Gengis Khan, proporcionalmente, hizo una escabechina en Asia que deja cualquier genocidio moderno en muy mal lugar, y eso sin contar que él solito, según parece, debe ser el antepasado de una proporción nada desdeñable de la población de ese continente. Ese adorable pueblo además convirtió la peste bubónica en arma de guerra y sólo en la destrucción de Bagdag, en 1258, se cargaron entre 100.000 y 1 millón de personas. El mismo Gengis, cuando le tocaban las narices, no se cortaba un pelo a la hora de enviar una represalia. Puede que el episodio haya sido exagerado, pero se dio orden no sólo de matar a toda la población, aproximadamente cuatro millones de personas, sino que incluso se especificó que debían morir incluso los perros y los gatos y se desvió un río para hacer desaparecer del mapa la ciudad natal del Sha.

Nuestros admirados romanos, poniendo excusas mucho peores que las armas de destrucción masiva y por pura envidia y cuota de mercado borraron de la historia a los cartagineses en una acción parecida a lo que habría supuesto que en los años setenta los EEUU, al ver el milagro económico japonés y que empezaban a competir duramente con ellos, les hubiesen ido hasta allí para bombardearles toda su industria y de paso lanzarles un par de bombas nucleares más y que así no levantasen cabeza. Básicamente eso es lo que ocurrió, pero en no pocos libros de historia encontraréis casi excusas del tipo "el odio de los romanos hacia los cartagineses era profundo". Ya, no te digo que no, pero tampoco es para ponerse así y hay que tener muy mala follá.

Aquí una pequeña lista de atrocidades que demuestran que en el s XX y después el ser humano no ha hecho sino aplicar los modernos conceptos de racionalización del trabajo y producción en masa a lo que ya se le daba de miedo: matarnos los unos a los otros a base de bien, con el desparpajo, alegría y dedicación plena que toda vocación habitualmente conlleva.

En este puto mundo, además, como no tengas amigos o no tengas nada que ofrecer a cambio, nadie va a mover un dedo por ti. Como tengas el color de piel inadecuado o hables algo raro, pobre de ti como te interpongas en medio de la gente que no debas, porque no le va a importar a casi nadie. De hecho sobran ejemplos. Los tasmanos, en su momento quizá el pueblo menos avanzado de la tierra, poco tuvieron que hacer contra los ingleses, mientras que los maoríes, más numerosos y avanzados, les plantaron cara y por eso siguen existiendo, aunque antes en la Guerra de los Mosquetes se dedicaron a darse candela entre ellos a base de bien y casi ahorran ese trabajo a los blancos.

Podríamos hablar también de los simpáticos habitantes de algunas islas, que decir que las han pasado canutas es decir poco. A los buenos habitantes de Diego García, isla que tiene la mala suerte de estar en medio de todas partes y ser por lo tanto un punto estatégico privilegiado, le deportaron a toda la población y santas pascuas. ¿A quién le importan dos mil tipos de etnia desconocida y olvidados de todos? Bueno, puedes protestar y que te den la razón, pero también se te puede quedar la cara de tonto cuando veas que los que ahora tienen tu islita se encogen de hombros y siguen a lo suyo sin hacer caso de nadie. Claro que hay que reconocer que los nativos tampoco es que estuvieran muy finos, todo hay que decirlo.

Más grave es lo de la famosa isla Bikini, empleada para lo que todo sabemos en la era dorada de las pruebas nucleares, y época también en la que ambos bloques, cada uno a su manera, experimentó los efectos de la radiación sobre el ser humano con "gaseosa humana", y eso que ya se sospechaban muchos de los efectos como mínimo. Te petan tu isla, y hala, a esperar a ver para dónde va la nube. Hace poco los que siguen vivos y sus descendientes han preguntado si podrían volver a vivir allí, y la respuesta más o menos fue: "Hombre, vosotros mismos. Como por poder, casi se podría, pero yo que vosotros no comería nada que creciese allí en un siglo como poco". Los seres humanos somos así: hasta que no metemos el dedo en el enchufe no hay manera. Hasta que no nos acojonamos por los efectos no se dejaron de hacer explosiones atmosféricas, y en una explosión en altura, que ya hace falta ser animal, los boy scouts de medio mundo vieron cómo sus brújulas daban un respingo y algunos campistas gozaron de la visión de cielos naranjas durante varias noches. La mayor prueba nuclear de la historia, la Bomba del Zar, "sólo" tenía 60 megatones, y eso porque los ingenieros soviéticos aseguraron que aunque se podía llegar a 100, pero que ellos no se hacían responsables de lo que pudiera pasar con semejante pepino. Los usacos, por su parte, llegaron a plantearse muy en serio detonar una bomba en la luna con motivos propagandistas. Eran tiempos interesantes.

Otra cosa, ya algo más moderna, y que también se nos ha dado de miedo, es el moderno etnocidio. Que es como el genocidio, pero un poco light. No te cargas a la gente, pero haces todo lo posible para aculturizarla a las bravas con medidas humanitarias como declarar incapacitados a los padres indígenas y meter a los niños en orfanatos, prohibir los matrimonios dentro de la misma etnia para forzar el mestizaje, y perseguir el uso de los idiomas tribales. Y todo eso bien entrado el siglo XX.

Y estaréis pensado: jo, ¿algunas de esas cosas les pasaron a los naruanos? Pues eso es lo más gracioso y lo más grave: que no, así que olvidaos de todo lo que os he contado hasta ahora. En realidad sí tienen un pasado colonial, pero no particularmente dramático. Empezaron siendo una factoría
alemana de copra, y después la isla pasó a manos británicas y australianas, que ya empezaron a explotar la verdadera riqueza de la isla: los fosfatos que provenían del guano que durante miles de años se ha ido acumulando en su superficie. Porque Nauru es una isla cuya única riqueza es ésa, el guano, de modo que si le dices a uno de sus habitantes "Tu isla no es más que una gran mierda seca" él no podrá más que darte la razón.

El episodio más traumático que vivieron los habitantes de la isla fue la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, en la que fueron deportados a otra isla donde permanecieron confinados hasta que terminó el conflicto y comenzó un largo período de más de veinte años en el que pidieron su emancipación para constituirse en estado independiente, liderado el proceso por una figura local educada en Australia que ejerció el papel de Gandhi local. Los australianos llegaron incluso a proponerles un intercambio de cromos y cederles una de sus islas, de mucha mayor superficie pero sin ninguna riqueza, y los naruanos respondieron que lo del timo de la estampita está muy visto. Por fin, en 1968, consiguieron la independencia, y se constituyeron en la república más pequeña del mundo. Hasta entonces, todo hay que decirlo, los beneficios de la venta del fosfato habían seguido el típico esquema colonial: todo para nosotros y para los nativos las migajas, hasta el punto que tuvo que haber compensaciones retroactivas. Llegada la década de los 70, los naruanos pudieron decir por fin: "Toda la mierda seca para nosotros". Pero había un "pero", que les dejaron muy clarito los ingenieros que se encargaban de la extracción. Y es que en un sitio tan pequeño no era demasiado difícil calcular cuánto se iba a tardar en agotar las reservas de fosfato. Veinte años aproximadamente. Luego, eso ya no sería rentable, así que había que ser previsores.

¿Qué hicieron los naruanos en esos veinte años? Ahora es cuando vamos al libro y al "gancho" de la portada: "Cómo la civilización capitalista ha destrozado, en los últimos treinta años, el país más rico de la Tierra". Llegué a pensar si no sería un añadido de la edición española, pero no, ya está en la francesa. Y la verdad es que debe ser un gancho para atraer a los aficionados a la literatura antiglobi, porque el libro no trata de eso ni de lejos. Es sencillamente un ameno y algo irónico ensayo periodístico bastante bien escrito que narra cómo un pueblo, en poco menos de una generación, dilapidó alegremente todos sus recursos y riqueza. Y sin excusas que valga, porque estaban más que advertidos.

La verdad es que esto no tiene nada que ver con el capitalismo. Como mucho, que los fosfatos se vendían a buen precio a Nueva Zelanda y Australia, pero después los beneficios de su venta se repartían entre los aproximadamente cuatro mil habitantes, que se convirtieron durante esas dos décadas en los habitantes con una renta per capita que en ocasiones superaba a la de los países exportadores de petróleo. Fueron, sin duda, los ciudadanos más ricos del mundo, verdaderos rentistas que, y esto es muy importante, no le pegaron un palo al agua mientras trabajadores especializados e ingenieros occidentales trabajaban en minas donde los que manejaban las máquinas era habitantes de otras islas o los omnipresentes chinos. Ellos, a vivir. Pero a vivir a lo grande. Si querían estudiar, los mandaban a Australia, y si tenían alguna enfermedad que no pudiese ser tratada en el hospital local, los enviaban
en avión a los mejores hospitales australianos, donde pasaban la convalecencia a todo lujo. El resto de las ocupaciones de los isleños consistía en compar a tocateja todo tipo de bienes suntuarios y alimentos del exterior, de modo que buena parte de su tiempo lo empleaban en dar vueltas sin sentido con sus grandes todoterrenos por la única carretera que circunvala la isla, poniéndose cerdos de comer y viendo una cinta de vídeo tras otra. La obesidad mórbida se convirtió en una plaga, y la diabetes, a la que ya están predispuestos genéticamente las poblaciones de esa parte del mundo, se convirtió en una de las principales causas de muerte.

Ganaron dinero a espuertas. Y había que invertirlo, claro. Y lo hicieron, pero muy mal. Pésimamente, a decir verdad. Naturalmente, los ayudaron todos los asesores que contrataron, y ahí sí que se puede decir que los engañaron bastante, pero era notorio para cualquiera que los políticos de la isla eran más que corruptos y que no hacían más que llenarse los bolsillos, rotando diversas personalidades públicas de modo que hubiese trinque más o menos para todos. Compras absurdas y sin proyección a las que luego no se les daba continuidad, e incluso la financiación de un musical carísimo en Londres, que fue un completo fracaso, además de mantener unas líneas aéreas infraaprovechadas por las que se perdía el dinero de una manera escandalosa, pero que seguían en activo en aras de un "prestigio" que nadie fuera de la isla se creía. Como se suele decir, el dinero desapareció sin saber muy bien dónde. Y a principios de los 90, como se había vaticinado... dejó de entrar en la isla, y las grandes máquinas excavadoras dejaron de funcionar, quedaron abandonadas y se oxidaron.

¿Y ahora qué? Pues ahora, como se suele decir, a comerse los mocos. En primer lugar, la práctica totalidad de la población tenía una cualificación profesional para hacer lo más basico aproximadamente de cero, e incluso gran parte de su folclore y tradiciones se había perdido por la más pura vagancia y desidia. La aculturación, en una sola generación, fue completa e irreversible. Básicamente toda la población de la isla sufrió el síndrome del ganador de la lotería: sin saber muy bien cómo, te has fundido la pasta en no se sabe muy bien qué y estás peor incluso de como empezaste. El síndrome del nuevo rico, que también lo llaman: te pones a gastar sin pensar en nada más, aparecen buitres a tu alrededor que no eres lo bastante listo para darte cuenta de que van a lo que van, y pasado un tiempo estás con una mano delante y otra detrás.

¿Qué es lo que hicieron los naruanos? Pues lo que muchos nuevos ricos para mantener su forma de vida: malvender lo poco que les quedaba, y endeudarse hasta las cejas en unos créditos de ésos que se firman con sangre a un tipo que desprende un extraño olor a azufre. Cuando las deudas apretaron, los dirigentes naruanos se entregaron a otra jugada también muy popular entre los nuevos ricos, cualquier cosa menos trabajar en serio: dedicarse a los negocios poco limpios. Nauru se convirtió así en paraíso fiscal denunciado en numerosas ocasiones, y se aprovechó de su condición de estado soberano para vender pasaportes a gente de ésa que prefiere que no la reconozcan en algunos aeropuertos. Otra jugada de los caciques locales fue vender apoyos a otras naciones a cambio de dinero y consultoría en crear nuevas industrias: secunda a Japón en sus pretensiones de volver a cazar ballenas, y se declaró aliada de Taiwan en la ONU, hasta que la República Popular les ofreció más dinero y se cambiaron de bando, para luego volver con Taiwan. También, es esta última década, se convirtieron a cambio de un buen dinero en campamento de refugiados afganos y ciudadanos de otras regiones que pretendían llegar a Australia, y que se pasaron varios años vegetando en esa isla de la que nunca habían oído hablar. El libro cuenta la historia de los dos últimos refugiados, de origen iraquí, que quedaban en la isla guardados por más de un centenar de funcionarios australianos: uno, al cambiar el gobierno australiano, consiguió alcanzar su objetivo, y el otro había desarrollado una depresión tan grande que acabó en un psiquiático.

En los últimos años parece que hay ciertos indicios de recuperación, aunque la chatarra de la antigua industria y otros derelictos son el paisaje dominante. La extracción secundaria del fosfato, ahora que vuelve a ser rentable por el aumento del precio de los fertilizantes, parece que vuelve a ser posible y trae nuevos ingresos, aunque nada comparado con lo vivido. Mientras, los habitantes sufren aislamiento al no llegar apenas aviones, casi no hay gasolina y no siempre tienen electricidad. El hospital se cae a pedazos, se han tenido que instaurar programas para reeducar a la población en las tareas domésticas más básicas y muchos no han visto más salida que convertirse en improvisados pescadores para poder poner algo en la mesa. Y todo eso en el plazo de una generación. Como muy bien dice el libro, los habitantes de cincuenta años, muchos de ellos con muy mala salud por su anterior estilo de vida y condenados lo más seguro a una muerte temprana, han vivido todo el proceso, desde la independencia a los tiempos de esplendor y luego la miseria.

Se les dijo, se les avisó, y dio exactamente lo mismo. Tampoco es un caso único: hace años me acuerdo de ver un reportaje de la polinesia francesa, donde algunas poblaciones son mantenidas artificialmente por la metrópoli, y el paisaje no era muy distinto: obesidad, no hacer absolutamente nada y maratonianas sesiones de vhs viendo películas de acción de origen filipino.

Aquí tenéis un vídeo de unos veinte minutos donde se ve un resumen de todo lo ocurrido en la isla.

El libro no se hace la pregunta clave, pero la haré yo. En una sociedad idílica con abundancia de energía, por ejemplo la energía de fusión, todas nuestras necesidades cubiertas, todo tipo de entretenimientos gratis y sin tener que trabajar, sino dedicarnos a lo que quisiéramos, ¿cuál sería el futuro de la humanidad?

¿Nos convertiríamos en una sociedad de exploradores, de científicos y artistas dedicados únicamente al bien común y al progreso y bienestar de nuestros semejantes?

¿O por el contrario nos dedicaríamos al más descarado dolce far niente y acabaríamos de esta otra manera, y como mucho algunas pocas excepciones?

De momento la experiencia antropológica que tenemos nos permite esperarnos lo peor. Si es que a veces parece que no hay por dónde cogernos.



-SupeSantiEgo

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16.6.10

El Wendygate. Cómo liarla parda sin necesidad alguna

Primero y ante todo, reconozcámoslo humildemente: cada país tiene sus cruces, y con ellas tiene que cargar le guste o no. En España, desde que se liberalizó por completo la televisión, y con la llegada de las cadenas privadas, ocurrió lo que se temía: había que rellenar con lo que fuera y luchar por la audiencia y para ello había que recurrir a estrategias que en otros tiempos se consideraban inimaginables. De ahí nacieron los engendros o fenómenos televisivos, de donde proviene la primera acepción de la palaba friki, que sin embargo ha perdido fuerza respecto a otra acepción que es similar a la de fanboy.

Ejemplos de engendros televisivos españoles:



El Pozí, que como se podía uno imaginar ha acabado muy malamente.

Después, todo una troupe de personajillos con pretensiones musicales, entre los que destaca... pues esto:



Algunos llegan a ser bastante queridos, pero no precisamente por su talento, sino por la mezcla de admiración y pena que despiertan:



Y otros más que prefiero no mencionar, pero que forman un grupo de seres mendigando algo de atención por el medio que sea, muchas veces con pretensiones artísticas, y que entre otros nombres reciben el poco favorecedor de "caspa". Pues eso: en todos los sitios se cuecen habas y aquí tenemos platos para todos los gustos. Estos frikis rellenan tiempo y, sobre todo, hacen la función de personajes a los que es gratuito humillar, insultar y ridiculizar.

Pero... llegó la globalización, los internetes y el yutubo, y en vez de dedicarnos a comentar La guerra de las Galias de César los españoles con los guatemaltecos, los brasileños con los bengalíes, nos dedicamos a ver chorradas variadas, e igual que acudimos a bares y restaurantes a probar sabores y cocinas para nosotros exóticas, vamos a internet a ver la caspa de otros lugares en vez de conformarnos con la propia, y si no como siempre a reírnos de los japoneses, que hay que reconocer que hacen bueno aquello de La taberna del irlandés: "Lejos de mi intención comprender la mente de los orientales". Y en todos los países se cuecen habas, frijoles o porotos, así que nos encontramos con cosas como las siguientes:





Y la apoteosis absoluta de la sordidez llevabada a unos límites de incoherencia que se salen de toda escala conocida. Ver a Wendy Sulca en croma en medio de unos jasídicos bailando a saber por qué en medio de la calle es algo que llena de gozo el alma de cualquier sórdido de pro:



Bueno, incluso hay parodias tremendas, algo bueno tenía que salir de todo esto:





Y claro, empiezan los cachondeos y hay que rellenar horas, y cualquier cosa sirve, así que por efecto dominó tenemos a varios programas en España haciéndose eco de lo que ya había generado considerable cachondeo en Internet meses o incluso años antes.





Bueno, supongo que son los inconvenientes de esta forma de globalización. También tiene mucho de aprovechar el tirón y sacar todos los réditos posibles montando escándalo. Aquí pasa lo mismo. Eso sí: verlo como un asunto de rechazo cultural es absurdo. El Puma, Celia Cruz o Julio Jaramillo nunca han sido ridiculizados por ser de otro país, y tampoco creo que ningún español se sienta muy ofendido porque le recuerden que aquí ha tenido origen esta otra manifestación cultural:



¿Nos odiarán los argentinos por haberles exportado a Melody?


Por otra parte los programas que desde aquí hacen mofa, que no digo yo que no la hagan, podrían cuidar un poco el tono y no caer en el chiste fácil de tipo racial, empezando porque hay una buena comunidad de ecuatorianos y peruanos en España.

-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:09 AM 4 estupefactos enlaces a esta entrada

15.6.10

Kick Ass. Hostia del derecho, hostia del revés

Mark Millar es uno de mis psicópatas favoritos. Hala, ya lo he dicho. Anda que no está mal de la azotea el buen hombre. Hace falta estar muy pasado de vueltas, pero mucho, para ser el autor de Authority, poner a Supermán como heredero de Stalin, hacer ni se sabe cuántos comics para Avatar Press, poner a los supervillanos a dominarlo todo, y después sacarse un rato para hacer todavía más el animal con Kick Ass. Como ya la cosa está como está, ni se intenta adaptar el título, aunque es difícil, la verdad: obviamente es "patear culos", aunque igual que "kick your butt" tiene un significado más general del tipo "dar una tunda" o "calentarte las orejas", y a la vez decir que algo es "kick ass" es decir es que el la hoxtia, la caña, de modo que cuando el chico dice "I'm Kick Ass" hay un doble sentido. Tampoco pasa nada: mucha gente se ha comprado el dvd de Pitch Black y sigue sin saber qué significa eso.




La premisa del cómic se plantea claramente desde el principio a través de su protagonista, un anodino muchacho lector de comics: ¿por qué a nadie se le ha ocurrido hacer realmente el superhéroe? Sus amigos se lo dejan clarinete desde el primer momento: porque con casi total seguridad, acabarías muerto a la primera de cambio. La única razón por la que eso no ocurre es porque Millar tiene que hacer una miniserie de ocho episodios y no de uno, que si no eso es justo lo que habría ocurrido: igual que con Bruce Wayne en Año Uno, la primera excursión justiciera está a punto de ser la última.


"Es como si John Rambo conociese a Dakota Fanning".


¿Qué es Kick Ass? Pues un tebeyo la mar de divertido, muy cañero y sobre todo bestia, muy bestia. Totalmente recomendable. Además es un cómic relativamente "independiente", en el sentido de que aunque Marvel esté detrás más o menos, es algo así como "
vosotros mismos", una especie de Epic 2.0. Lo de relativamente independiente es porque un cómic guionizado por Millar y dibujado por Romita jr. tiene todos los boletos para vender sin problemas, es algo así como ser indie pero con todas las garantías. Pues mejor para ellos: los beneficios de merchandising y de la película todos para ellos.

Sobre la película, pues realmente divertida también, e igualmente un proyecto que costó llevar a buen puerto, pues el director recibió varias presiones para que los personajes fuesen algo mayores que en el cómic. De todos modos, aunque la adaptación es bastante fiel, no deja de traicionar al cómic en su misma esencia, aunque la verdad es que tampoco importa demasiado porque aporta otros valores ausentes en la obra de la que parte. Mientras que en el original no hay ni un sólo personaje que se salve, pero ni uno, e incluso los que parecen héroes no lo son al final, en la película, pese a todo, su comportamiento es heroico, y por supuesto la relación chica con gay en el cómic termina como es lógico. La película salva un poco a los personajes, les confiere una dimensión de grandeza que en el cómic no llegan ni a oler y sobre todo permite que de este modo el espectador se identifique o proyecte un poco sus fantasías en ellos. En cierto modo pasa algo parecido en
Watchmen: los cambios son sutiles, pero trastocan completamente el significado final.


Esta escena en particular es considerablemente burra.
La actriz hará de la niña vampiro en el remake de Let me in.



Lo mejor de la película, aparte de un ritmo endiablado y las escenas de acción, es que introduce un elemento paródico enorme y muy divertido. En el cómic los personajes dan más pena que otra cosa, pero es que en la película son tan gilipollas que te tienes que reír con ellos, e incluso el personaje de Red Mist está desarrollado con la aparición de McLovin, que borda su papel. También podemos reírnos con Nicholas Cage, que por fin se ha quitado la espinita de interpretar a un superhéroe, aunque tenga que ser un sosias de Batman, ya que a diferencia del cómic se fuerza un poco la similiritud con ese personaje, e incluso su hija tiene pintas de Robin. El otro personaje que adquiere una dimensión bastante bruta es el de Hit Girl, que no tiene una, ni dos, sino tres tanganas descomunales en las que podemos ver a una actriz de apenas once años, la edad de su personaje, repartiendo estopa de tal manera que habría hecho huir a Terminator; y además verla hacer picadillo a la gente como si fuera Elektra a ritmo de cancioncilla infantil y soltando frases como si del Castigador se tratase alcanza unas cotas de garrulismo pocas veces igualadas. Ha habido protestas por ello, no me extraña, y en muchos aspectos es cierto que la película tiene un tono tarantinesco, porque tanta violencia, y tan salvaje, termina siendo una parodia de sí misma.


Si cuando hay ganas de hacer las cosas bien, se nota.


-SuperSantiEgo

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