Me desplazo al zoo de Berlín para conocer en persona… eh… no sé cómo
decirlo. ¿Cómo se conoce a un chimpancé? ¿En simio? Pues me dirijo a
conocer en simio a Donato, el chimpancé que dicen que ha escrito con una
máquina de escribir la traducción al sánscrito de El código da Vinci. Me recibe en la jaula el propio Donato, un chimpancé macho de complexión recia, y su cuidador, Karl Scheleimacher.
-¿Cómo he de dirigirme a él? -Es lo primero que pregunto.
-En principio, de usted. Luego si ya le coge confianza, le dirá que
puede llamarle Donato. No se olvide de mirarlo a él y no a mí cuando
haga sus preguntas, que le sienta muy mal. Pero tampoco lo mire mucho
directamente a los ojos, porque creerá que lo está desafiando, o que le
quiere robar sus hembras.
-Dios me libre.
Me siento en una silla en medio de la jaula, y frente a mí se sienta
el señor Scheleimacher. Donato acomoda el culo desnudo en el suelo y me
mira con altivez. Su actitud no difiere demasiado de la de otros
escritores que conozco.
-Buenos días, señor Donato. Me alegra mucho que accediese a esta
entrevista para Banana Tribune. Déjeme felicitarlo por el éxito de su
traducción al sánscrito de El código da Vinci, y de su fama más que merecida.
El chimpancé se me quedó mirando, y el señor Scheleimacher no dijo ni pío.
-¿Es que no se lo va a traducir?
-No, si él lo entiende todo. Luego ya por los gestos que haga y los
gritos que pegue ya le comunico yo luego lo que le ha respondido. Venga,
pregúntele sin miedo.
-Ah, bueno. Dígame, señor Donato: usted procede de una larga estirpe de monos sabios…
Donato me interrumpío con una serie de gritos y miradas amenazadoras.
-Dice que mono sabio lo será su madre, que él es un simio inteligente.
-Ah, bueno. Pues eso, usted pertenece a una larga estirpe de simios
inteligentes, y proclama que es descendiente de Washoe, la primera
chimpancé que aprendió a comunicarse con los seres humanos a partir del
lenguaje de signos.
Donato hizo varios gestos y suspiró.
-Dice que su abuelita fue una gran simio y que la echa de menos. Les
gustaba contarse historias y hablar de sus tiempos en África.
Probablemente escriba una saga familiar sobre cómo su familia salió del
viejo continente y se labró un futuro entre los humanos.
-Ah, como Raíces.
Donato bufó con desprecio y volvió a gesticular.
-Dice que no le hable de los negros, que no los puede ni ver.
-Vaya, no sabía que era racista.
-Dice que no es que sea racista, a él todos los humanos les parecen
lo mismo. Aunque ahora que lo menciona a los capuchinos y a los
orangutanes no los tiene en ninguna estima. Son especies llenas de vagos
e incapaces de un verdadero pensamiento elevado y racional. Y cuando
murió Copito de Nieve se fumó un puro.
-Ah, ya. Lo que ya no está claro es que sea usted descendiente del simio que protagonizó aquel cuento de Kafka, Informe para la academia. Pedro el Rojo es un personaje de ficción.
Donato se pone en pie y muy serio se pone a gesticular largo rato.
-Dice que Pedro el Rojo es un personaje real borrado por la
conspiración humana para mantener a los simios fuera del poder. Pedro el
Rojo fue un verdadero revolucionario cuyas enseñanzas pasan de
generación en generación entre los chimpancés, que a su vez van
preparando el día de la liberación. Y dejémonos ya de tonterías: aquí
hemos venido a hablar de mi libro. Porque llevamos un rato hablando de
otras cosas que no interesan a nadie y todavía nadie ha dicho nada de mi
libro.
-O-tiá. Bueno, vayamos al grano. ¿Cómo se le ocurrió lo de ponerse e a
teclear en una máquina de escribir al azar y terminar escribiendo la
traducción al sánscrito de El código da Vinci?
Donato mira a su cuidador y es él el que responde:
-Pues la verdad es que nos acogimos a un programa de prueba de lo de
ver qué escribiría un chimpancé pulsando letras al azar. La verdad es
que la mayor parte de sus congéneres las utilizaron para hacer encima
sus necesidades o tirárselas a otros a la cabeza, pero el señor Donato
rápidamente se vio atraído por ella y se dedicó en cuerpo y alma a
escribir, con verdadera devoción y disciplina. Primero salieron algunos
poemas de Shakespeare, para practicar, y luego extrañamente empezó a
escribir palabras que parecían al azar, hasta que uno de nuestros
colaboradores se dio cuenta de que no, era la transcripción al alfabeto
latino de la traducción al sánscrito de El código da Vinci. No vea qué sorpresa.
-Ya, me imagino. Pero según parece ya no escribe a máquina, ya que
pidió un ordenador. Dígame: ¿es usted más de Microsoft o prefiere el
software libre?
Donato se acarició golosamente la entrepierna con los ojos en blanco.
-Dice que no puede esperar a tener un iPad en las manos.
-Ya entiendo. Y dígame: ¿siempre ha querido ser escritor?
El simio se llevó las manos a los ojos como si viese a través de unos binoculares y gruñó.
-Dice que desde que vio a varios niños leyendo a Harry Potter, que supo lo que quería hacer en la vida.
-¿Es Harry Potter su libro preferido?
Donato bufó y realizó varios gestos inequívocamente obscenos.
-Dice que no sea estúpido, que es un chimpancé y que no sabe leer.
-Bueno, pero sabe escribir.
-Dice que qué tendrá que ver una cosa con la otra. Que hay escritores
humanos que parece que tampoco han leído un libro en su vida. Al menos
él lo reconoce. Pero le encantaría poder leer la biografía de Chita, la
compañera de Tarzán.
-Ahí me ha pillao. Y dígame, Donato: ¿por qué ese libro en particular? ¿Y por qué en sánscrito?
-Dice que era lo que veía más en las manos del público. Lo del
sánscrito, pues un capricho. Además, escribir ese libro en inglés lo
hace cualquiera. En sánscrito ya es otra cosa.
-Sin embargo hay algunos especialistas en sánscrito coinciden en que
la traducción no es exacta en algunos párrafos y que incluso hay algunas
vacilaciones en la gramática.
Donato se encabrona, se lanza contra las rejas y grita al público
mientras gesticula hacia su cuidador. Después se relaja un poco y vuelve
a sentarse en el suelo mientras me mira furibundo.
-Bueno, ha dicho algunas cosas difíciles de entender. Básicamente que
los críticos son una panda de amargados frustrados e hijos de puta que
no reconocerían el verdadero talento ni aunque les cayese encima por la
calle.
-Ya. Y dígame, señor Donato: ¿cree que la literatura escrita por simios tiene futuro?
Donato se ríe enseñando todos los dientes y habla un rato a su manera.
-Dice que los cuadros de algunos de sus congéneres, así como los
hechos por gatos o elefantes, se encuentran ya en pinacotecas y son
indistinguibles de los pintados por humanos, así que lo de los libros
sólo es cuestión de tiempo. Ya ha hablado con varios editores muy
interesados en su obra, y dice que él se conforma con plátanos y algún
gadget de última generación. El futuro de la literatura es de los simios
y tendrán que acostumbrase a él.
-Bueno, tampoco es mucho peor lo que nos esperaba de la otra manera.
Bueno, señor Scheleimacher, ha sido un placer charlar con usted y con el
señor Donato.
Estreché la mano del cuidador, y cuando fui a hacer lo propio con el
simio éste echó la mano para atrás y se la llevó a la cabeza mientras
hacía pedorretas con los gruesos labios y se partía de risa con su
ocurrencia. Oyendo todavía su risa me fijé que en una de las paredes de
la jaula estaba pegada una postal de la Estatua de la Libertad. La
última mirada que crucé con Donato no necesité que me la tradujese
nadie, porque decía claramente: “Os vais a cagar”.
Pensaba en esto intranquilo mientras esperaba en la parada de autobús
a que pasase el de las tres y cuarto Berlín-Jerez de la Frontera, que
me deja justo enfrente de casa, no como el Varsovia-Huelva, hasta que ya
luego a la altura de Burdeos me dije: “Bah, total peor que nosotros no
lo van a hacer”.
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