Libro:La montaña mágica, de Thomas Mann.
Lo bueno de no estar obligado a hacer críticas académicas es que uno se lo pasa muy bien pensándolas. Quizá no tengan mucho valor crítico, pero desde luego pueden incitar a cierta creatividad para el que se cree que escribe y esas cosas. Yo resumiría la novela en sí misma y respecto a las vicisitudes de su protagonista con un "Jo, no pensaba que iba para tanto". Hans Castorp se va a un sanatorio de visita tres semanas y se tira siete largos años, y Thomas Mann decide escribir un relato o novela corta y se encuentra con que escribe una novela de mil páginas, considerada como "obra monumental" y una de las cumbres de la novelística alemana. En mi particular denominación de estas obras, titanovela. "Igual me he pasao", pensó el tito Tomás cuando vio cómo se acumulaban las páginas. Traquilo, señor Mann, nosotros se lo agradecemos. Permitidme que, al contrario de como suelo hacer, haga primero la crítica de esta obra según el espíritu de nuestro tiempo, la Teoría de la Molonidad:
Me abuuuuuuuuuurro. Aquí no pasa nada. Se tiran todo el tiempo en una montaña pero nadie hace nada. Bueno, algunos se mueren pero no los mata nadie. Se tiran todo el rato hablando y el narrador especulando sobre lo que sienten o piensan los personajes, pero nada más. Al final hay un duelo, pero es una mierda, y cuando justo al final hay una escena de guerra... ¡se acaba!
Si lo que te gusta es leer novelas de Warhammer 40K, ésta probablemente no sea tu lectura recomendada. Básicamente no pasa nada en mil páginas. O si: la gente llega y se va, se conocen, hablan, recuerdan cosas, viven, dejan pasar la vida... Parece mentira, pero a estas alturas habrá que empezar a defender que estas cosas también son perfectamente válidas. También hay que tener en cuenta que Mann intenta retratar y fijar de forma novelada el mismo sentimiento subjetivo del tiempo, de ahí el carácter temporal no lineal de la novela. La narración es lineal menos unas pocas excepciones, pero lo que no es lineal es el ritmo interno, que se va acelerando. El primer día de estancia en el sanatorio de Hans Castorp se dilata, parece eterno, pues todavía lleva internamente el "tiempo de la llanura", opuesto al tiempo y a la percepción del tiempo que se tiene en el sanatorio, y a medida que se adapta al tiempo de la montaña, al tiempo encantado y mágico de su residencia, la cronología deja de tener sentido y se acelera, de modo que los últimos años pasan a ser un monótono día detrás de otro sin apenas variaciones, y en el que se cuentan sólo las anécdotas más interesantes.
El personaje principal es un joven de buena familia que acaba de terminar sus estudios de ingeniería naval, y que antes de incorporarse a su primer puesto de trabajo va a visitar a su primo, enfermo de tuberculosis, en Davos, Suiza, y pasar así con él unas tres semanas en régimen de visita. Sin embargo en una revisión rutinaria se le detecta un posible foco de infección, y decide quedarse una temporada más, que se convierte en siete años. Se dice, con razón, que esta novela es un Bildunsroman invertido. Si en ese género el joven se construía a través del viaje y los distintos encuentros con personas, aquí el joven se queda quieto en el mismo sitio, y a pesar de sus encuentros y diálogos con distintos personajes parece que sigue en su estado voluble e indeterminado en el que empieza. Hans Castorp es en cierto modo un cobarde existencial, que va buscando excusas para no reintegrarse en el mundo adulto y quiere seguir indefinidamente en un ambiente calmado y sin riesgos, en una enfermedad que le permita no tener responsabilidades ni obligaciones. Salvando las distancias, es una especie de nini del pasado: ni sigue estudiando, ni trabaja, ni hace nada de provecho más que pasear, leer y charlar con sus amigos. En el mundo moderno Hans Castorp se dedicaría a tocarse las narices, a chatear todo el día con su cacharritos y otras actividades edificantes.
Naturalmente en tantísimas páginas hay sitio para muchísimos personajes. Femenino, sólo tiene uno importante, Clavdia, una rusa liberada por mor de la enfermedad, ya que su precario estado de salud le permite llevar una vida intinerante de balneario en balneario, lejos de su patria y de su marido. Es reflejado como un personaje bastante frívolo, y cuando narra su paso por España hace notar que sus habitantes le pareció que eran medio negros, lo que inmediatamente me hizo pensar en la escena entre Christopher Walken y Dennis Hopper. Y, bueno, señora, ya sabe lo que dicen de los negros... ¡ejem! En su caso, la enfermedad la libera, del mismo modo que la afección, más imaginada que otra cosa, de Hans, lo libera a él de dedicarse realmente a vivir, centrándose en exclusiva en estar enfermo, con cierto parecido al protagonista de Trainspotting: ser heroinómano te quita de todos los problemas menos uno, conseguir heroína, y para Hans ser un enfermo crónico lo libera de la vida, del paso del tiempo y de sus obligaciones de buen burgués, como ser un miembro productivo de la sociedad y tomar decisiones: sólo tiene que preocuparse de que lo cuiden, de tomarse la temperatura varias veces al día, de reposar y de dejar pasar el tiempo en pos de una curación que en el fondo no se desea pues acabaría con esa muelle vida contemplativa y completamente decadente. Él y otros personajes, como todos hemos vivido en mayor o menor medida al haber estado enfermos, se pliegan a cierto comportamiento infantil y se dejan llevar ante la figura autoritaria de los médicos, que ejercen ante ellos como adultos que cuidan de personas que no pueden decidir por sí mismas, siempre con la sospecha por parte del lector de que además de ser un verdadero sanatorio es un sacacuartos y una bonita jaula de oro en la que la alta sociedad se deja un muy buen dinero en una actividad a medio camino entre los hábitos higiénicos y el ocio, parecido a lo que ahora vivimos con los spas, curas de reposo y talasoterapias varias: la preocupación excesiva por la salud, o el hacerse el delicado, es una constante en ciertos estratos sociales, y queda incluso de buen tono. Mann tampoco tiene tiempo para ello, pero todos recordamos que en otras obras de la época la tuberculosis no era tan clemente con el que no tenía dinero para poder dedicarse a guardar reposo y comer buenos alimentos. Otros personajes sin embargo no están nada de acuerdo con su enfermedad. Uno de ellos es Joachim, el primo de Hans que ha visto así interrumpida una prometedora carrera militar, y que se marchará a continuarla a pesar de que quizá no se encuentre completamente repuesto, de modo que su arrojo le terminará costando la vida. Tampoco la acepta bien uno de los personajes tardíos de la novela, el holandés Mynheer Peeperkorn, amante de Clavdia, cuyo vitalismo no puede soportar su enfermedad y la inminente decrepitud provocada por el paso del tiempo.
Dos de los personajes más importantes de la novela son Settembrini y Naphta (este nombre en algunos países americanos deben considerarlo bastante chocante), un italiano masón, librepensador y partidario de la globalización como se entendía en aquel tiempo, y un suizo, judío de origen pero converso al jesuitismo, que simboliza el pensamiento caduco, reaccionario, intransigente y totalitario, como un presagio del nazismo en alza, ya que la novela se terminó en 1924. Por si fuera poco, Settembrini y Naphta son compañeros de piso, como Epi y Blas. Sobre ellos recaen los diálogos más filosóficos de la novela, mientras intentan seducir el pensamiento de Hans como si fueran Erasmo y Lutero, y Hans por momentos parece que está del bando del último que le ha calentado la oreja. El enfrentamiento final entre estos dos enemigos íntimos es un vaticinio de lo que conducirá a la Primera Guerra Mundial, mientras que la fecha de publicación de la novela parece indicar que el mismo Mann, como algunos de los escritores de su época, se temían que el mundo se enzarzase de nuevo en una guerra de grandes proporciones. Por su parte, Mann no era ni mucho menos un antisemita, evoluciónó a posturas claramente democráticas, su esposa era de ascendencia judía y en esta novela se trata con ironía cómo un personaje germanófilo suscrito a revistas de supremacía aria va buscando un balneario donde no se permita el paso a los judíos. La novela fue criticada, por ésta y otra razones, por los nazis.
La novela tiene otros puntos interesantes, además de los literarios. La medicina de la época (1907-1914 aproximadamente), es reconocible como moderna, aunque obviamente a nosotros nos pueda parecer algo bárbara, hay referencias a nuevos avances, a teorías modernas sobre la microbiología y la patología, y curiosamente el médico que es partidario del psicoanálisis también es el que se encarga de montar una sesión de espiritismo. También aparecerán inventos nuevos y maravillosos, como el fonógrafo. Y un detalle que a día de hoy nos puede parecer poco menos que chocante: un balneario especializado en la cura de tuberculosos y otras enfermedades del pulmón, y ahí todo el mundo fumando como carreteros. Vamos, ni una sola indicación a que sea malo, a que no se deba hacer en un hospital, ni nada parecido, desde los enfermos a los médicos dale que te pego e incluso recomendándose marcas.
Mann es considerado en buena medida como un punto de unión entre la narración literaria del s XIX y del XX. Se le debe considerar un escritor plenamente contemporáneo, pero sin abandonar del todo algunos hábitos narrativos del XIX, más presentes en sus primeras obras. Una de las cosas que más me llamó la atención ahora que la he releído, es que el narrador, aunque omnisciente, no es un narrador puramente demiúrgico e impersonal, sino que se implica, hace digresiones, excursos, opina y en ocasiones juzga a los protagonistas, aunque proclame que en ningún momento lo va a hacer. Es un juego que ya indica que la literatura en el s XX empieza a reconocerse a sí misma como un metalenguaje, un puro artificio que no hay que ocultar ni negar, sino celebrar como lo que es.
Esto explica, a mi juicio, el final de la novela. ¿Cómo dar final a una novela de esta naturaleza? Pues en cierto modo el narrador toma cartas en el asunto, igual que las circunstancias históricas deciden acabar con las condiciones de vida que hacían posible esa burbuja apartada del tiempo normal. Estalla la Primera Guerra Mundial, una conmoción de tal calibre que Hans Castorp tiene que reaccionar y tomar la decisión de hacer algo, y que no es otra cosa que cumplir el destino de su primo, convertirse en soldado e ir a una guerra que sacude a la indolente Europa en su sueño adocenado, de modo que finiquita ese mundo decimonónico en que el continente parecía haberse aposentado igual que los protagonistas de la novela. El narrador, Mann, nos describe en las últimas páginas a Castorp en el frente, evocando las canciones que escuchaba en el fonógrafo, y se despide de su protagonista deseándole buena suerte, pero desentendiéndose de su destino, sobre el que no quiere seguir indagando, y manifestando quizá, como Pirandello y Unamuno, el carácter de máscara, de constructo literario, de los personajes. Mutatis mutandis, algo parecido al final de La chaqueta metálica, con los soldados saliendo fuera de plano, y cuya suerte no conoceremos una vez cerrada la pequeña ventana a un mundo imaginario que nos han abierto los autores.
Como pura especulación literaria, podríamos también relacionar, aunque sea por oposición, esta novela y su ambientación con su contemporáneo e igualmente escritor en lengua alemana Franz Kafka. Desde luego ni por asomo la novela tiene nada de kafkiano, ya que no hay influencia alguna, pero Hans se encuentra en cierto modo inmerso en unas circunstancias en las que se deja llevar, en una atmósfera paradójicamente enfermiza, ya que se supone que conduce a la salud. No es, desde luego, una simple víctima de unas circunstancias que no puede controlar, como los héroes kafkianos, y cuando se da la irrupción del mundo real en ese mundo apartado y con sus propias leyes, la racionalidad se impone aunque sea por medio de una guerra. Supongo, por suponer, que en un final kafkiano de esta novela el personaje se quedaría indefinidamente en el sanatorio, envejeciendo lentamente, pero con el ánimo decidido todos los días de comunicar la dirección al día siguiente que se va a ir, o que incluso llegara a decirlo todos los días pero luego por una u otra razón terminase quedándose. Pero bueno, sólo es una fantasía literaria.
Si queréis saber datos más sobre esta obra, en la Wiki el artículo es bastante bueno.
-SuperSantiEgo
Etiquetas: Crtiquilla literaria



























6 Comentarios:
Es una gran novela. Al principio me costó cogerle el ritmo (¿de verdad no va a pasar nada? :D) pero cuando ya llevaba un buen cacho estuve totalmente inmerso en ella, en esa extraña corriente de "tiempo lento".
Buena reseña!
Cosa rara en los libros que se reseñan por acá, éste sí lo he leído...
Pues a mí lo que me encantó de la novela es, precisamente, que se tira como 300 páginas para contar el primer día.
.
Ahora mismo, eso sólo sabe hacerlo bien Javier Marías (que puede pasarse 300 páginas con dos horas)
Es curioso. Me he leido toda la obra de T. Mann y me encantan las novelas de 40k, asi como el sushi y las salchichas "chisparritas".
Mmm, me parece que soy:
el Kwastz Haderach!
No, Pablo. Tú es que eres rrrraro, rrrraro, rrrraro. Pero de cojones.
Lo mejor que he leido sin ninguna duda, será que me gustan las historias de gente corriente a los que les pasan cosas corrientes que acaban por hacerse extermadamente atractivas, será por eso que la otra gran novela que me atrajo fue Lord Jim, y en menor medida la Cartuja de Parma. Pero sin duda la mejor de todas la Montaña Mágica, espero leermela en varias etapas de mi vida para acabar de meterme en su tiempo narrativo.
"donde esta su primo, señor"...
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