Tim Burton: critiquemos a la burguesía pero adoptemos sus vicios
Tim Burton, ¿por qué eres tan burgués? Te lo digo desde mi más puro corazón Bauhaus.
En primer lugar, declaremos nuestra admiración por el personaje. Todo
aquél que sobrevive se merece el máximo respeto y admiración. Cuando
hay tablas se nota. Shyamalan nos engañó también, y llegó un momento que
lo terminamos calando, pero tú has remontado siempre y has conseguido
renacer para colárnosla una vez más. Ole, Tim Burton.
Decir que Tim Burton se ha vendido a Disney es lo mismo que decir que Botín se ha vendido a la banca. Burton siempre ha sido Disney. Dialécticamente, pero Disney. Con la diferencia de que Disney tiene la decencia de hacer películas para niños, para descerebrados conscientes de que están siendo descerebrados por las películas de Disney y para compradores compulsivos de muñequitos y parafernalia varia de mochilas, llaveros y demás productos de primera necesidad con la efigie de Donad, Pluto y el mardito roedó más famoso del planeta. Es decir: supuestas historias profundas y transcendentales sólo porque hablan de la muerte y de cosas oscuras y macabras, como si no pudiese ser uno un fatuo, un pretencioso y un hueco hablando de la muerte, cuando lo que nos importa en el fondo es vender camisetas, chirimbolitos varios y, de paso, ser una de las fuentes de inspiración para algunos de los movimientos populares más importantes, estimulantes y admirables de nuestro tiempo, como son los góticos y los emo. ¿No habéis visto a una niña gótica por el metro con su mochilita en forma de ataúd con su Jack? (Ya, ya sé que Pesadilla antes de Navidad no es de Tim Burton, pero todo el mundo lo cree y muchos creen que es “lo mejor que ha hecho Burton”, cuando precisamente no la hizo él.) Pues eso: si eso no es kurtura, ya me diréis. Tim Burton ha conseguido su mejor obra de arte no con sus películas, sino con su carrera: hacer obras completamente manieristas para un público entregado a cada uno de sus tics y a la vez pasar como auteur ante todo el mundo. Como decía Truman Capote, mejor que ser rico es ser amigo de los ricos. Mejor que ser algo es parecerlo. Y para eso se necesita un kung-fu muy poderoso.
Decir que Tim Burton se ha vendido a Disney es lo mismo que decir que Botín se ha vendido a la banca. Burton siempre ha sido Disney. Dialécticamente, pero Disney. Con la diferencia de que Disney tiene la decencia de hacer películas para niños, para descerebrados conscientes de que están siendo descerebrados por las películas de Disney y para compradores compulsivos de muñequitos y parafernalia varia de mochilas, llaveros y demás productos de primera necesidad con la efigie de Donad, Pluto y el mardito roedó más famoso del planeta. Es decir: supuestas historias profundas y transcendentales sólo porque hablan de la muerte y de cosas oscuras y macabras, como si no pudiese ser uno un fatuo, un pretencioso y un hueco hablando de la muerte, cuando lo que nos importa en el fondo es vender camisetas, chirimbolitos varios y, de paso, ser una de las fuentes de inspiración para algunos de los movimientos populares más importantes, estimulantes y admirables de nuestro tiempo, como son los góticos y los emo. ¿No habéis visto a una niña gótica por el metro con su mochilita en forma de ataúd con su Jack? (Ya, ya sé que Pesadilla antes de Navidad no es de Tim Burton, pero todo el mundo lo cree y muchos creen que es “lo mejor que ha hecho Burton”, cuando precisamente no la hizo él.) Pues eso: si eso no es kurtura, ya me diréis. Tim Burton ha conseguido su mejor obra de arte no con sus películas, sino con su carrera: hacer obras completamente manieristas para un público entregado a cada uno de sus tics y a la vez pasar como auteur ante todo el mundo. Como decía Truman Capote, mejor que ser rico es ser amigo de los ricos. Mejor que ser algo es parecerlo. Y para eso se necesita un kung-fu muy poderoso.
La obra de Tim Burton, como la de toda persona que alcanza la
perfección en su arte, debe ser admirada. No tanto por sus valores
cinematográficos, sino por haber alcanzado la perfección en la picaresca
de dárnosla con queso una vez tras otra y haber convencido a todo el
mundo de que es un genio, en este caso repitiendo una y otra vez los mismos
elementos en sus películas. En cierto modo Burton ha llegado al arte
tautológico: la gente quiere ver “una película de Tim Burton”, da igual
cómo sea ni lo que haya dentro. Y como por definición una película
dirigida por Tim Burton es “una película de Tim Burton”, pues ya da lo
mismo. Ya no vendemos un producto, sino los valores emocionales
asociados a una marca, de modo que si sacásemos alpargatas de esparto de
marca Nike a cincuenta euros seguro que las venderíamos. Es algo
fascinante, como lo de Apple: seguro que hay gente que se ha comprado un
iPad sin saber para qué lo quiere o para admirarlo dentro de su caja, y
si mañana Steve Jobs saca los iCereales los macheads no desayunarán
otra cosa. Algo así como cuando Pérez-Reverte, bien conocedor de sus
lectores, dijo que si encuadernaran la guía de teléfonos con su nombre
en la portada, que se vendería. ¿Para qué complacer al público, cuando
puedes amaestrarlo y condicionarlo para que te complazca a ti mientras
te dedicas a complacerte a ti mismo? Qué sabrán ellos lo que quieren,
aparte de lo que quieras tú. Steve Jobs, Pérez-Reverte y Tim Burton no
están encerrados con nosotros, sino que nosotros estamos encerrados con
ellos. Ya sé que es una putada, pero cuanto antes lo admitamos más
tranquilos viviremos. El kung-fu es muy poderoso en ellos.
El caso de esta Alicia es por eso todo un canto al cine moderno.
Primero, que no falte, niña en estado de merecer, aunque por aquello de
las costumbres victorianas vamos a ver más bien pocos de su no muy
serrano cuerpo, que la pobre está un poco chuchurría, aunque muy
guapilla, eso sí. Belleza tísica, la llamaban en el siglo del
romanticismo. Tampoco lo de pasar niño a joven adulto es nada nuevo: Hook
se basaba en una premisa no muy distinta, y muy recientemente los Grimm
Fairy Tales sacaron una colección en la que la hija adolescente de
Alicia va a un País de las Maravillas donde hay más peligro que en
Goldman Sachs un viernes a última hora.
![]() |
| Alicia nos presenta a su conejo. |
Sobre las libertades respecto a la obra de Carroll, poco importan. Más se tomaba con Sleepy Hollow, y así salió aquello como salió, y al final de El planeta de los simios
firmada por él muchos salieron del cine pensando que habían visto una
copia mutilada a la que debían faltarle minutos del final. Baste con
decir que lo fundamental es que el personaje del Sombrerero Loco según
Carroll está loco… pues por eso, porque está loco, o lo que puede ser
locura en ese mundo desquiciado, mientras que en la película de Burton
está loco… porque sufre de estrés postraumático. El Sombrerero Loco no
está loco, sino traumatizado y un tanto deprimido porque ha visto “el horrrrooooorrr”
del campo de batalla y la sinrazón humana. El maestro de la fantasía y
de la imaginación intenta introducir orden y racionalidad en un mundo
que en origen es completamente onírico, caótico y arbitrario, y donde no
lucha ni remotamente el bien y el mal, sino que por definición
precisamente nada tiene sentido.
No sé: es como intentar buscar signficado o lógica al mundo donde viven
Bugs Bunny y el Pato Lucas. Sobre la interpretación de Depp, una vez
asumido que lo de su personaje seguro que se pasa con una buena terapia
conductual o prozac, pues no tiene uno más que deconstruir un poco lo de
que es el “autor fetiche” de Burton. Vamos, que lo deja hacer lo que le
da la gana, más o menos el papel de pirado que de suyo le sale natural
cuando lo dejan, que consiste en abrir los ojos como el muñeco diabólico
y sonreír como el cantante del Trololó (si os fijáis, el parecido es inquietante).
Si te llamas Will Ferrel, Jim Carrey, Bill Murray o Adam Sandler y
pones caras y muecas en honradas comedias, la gente te odia y dice que
eres un pesao sin gracia, pero si haces lo mismo en películas de auteur eres la leche. La percepción y el estatus lo es todo. Eso sin olvidar que con el maquillaje y eso te termines pareciendo a Madonna.
En fin, qué burgués es todo.
Por supuesto es no ya recomendable, sino completamente
imprescindible, verla en 3D, y precisamente porque no ha sido filmada
originalmente de ese modo y ha sido “hinchada” produciendo unos efectos
aberrantes y poco saludables para la vista. Eso es lo que queremos y eso
es lo que nos dan. Y pagamos más por ello. Porque nosotros lo valemos.
Ole, ole y ole. Porque el 3D es innovador. En 1952 nos tiraban pelotas
de ping-pong a la cara, y cincuenta años después podemos gozar de la
experiencia sublime de que Johnny Depp nos arroje telas al naso y
sobre todo de que Brendan Fraser nos escupa a la cara. Dentro de poco
nos harán en la cara eso mismo que estáis ahora pensando y seguro que
diremos que llueve. Todo está en la mente, así que es cuestión de
mentalizarse.
Y es por todas esas razones por las que la película me ha parecido muy buena.
Etiquetas: Películas




























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