Películas portadoras de valores eternos: El Rey León
Imperdonable que no la haya visto hasta ahora, pero bueno, qué se le va a hacer. Hay tantas obras maestras, y tan poco tiempo…
En primer lugar hay que aclarar una cosa: Disney es Disney, y como
tal fenómeno transciende en mucho un análisis simplón de sus obras, ya
que tiene una serie de particularidades y de elementos propios que hacen
merecedores a sus productos de un análisis en términos particulares.
Disney es una dimensión propia, e intentar moverse por ella con las
coordenadas habituales no puede sino despistarnos.
La película empieza directamente en quinta marcha, sin cortase un
pelo, con una canción que es un canto a la armonía de las distintas
especies en un “ciclo sin fin” que es la vida. Pero ojo: la vida no es
una democracia, sino una monarquía en la que reina el mayor de los
depredadores. Eso: el león, el animal más fuerte. Que todos sabemos que
es mentira y muy sabiamente Stewart Granger en Las minas del rey Salomón
dice que en la sabana el que corta el bacalao es el elefante y yo vi en
un documental del National Geographic que los elefantes seguían su
camino y los leones se quitaban de en medio por lo que les pudiera
pasar, pero aquí estamos hablando de Disney, que como ya he dicho hay
que echarle de comer aparte.

“Decidme, amigos: desde aquí arriba, de
los animales de la fauna terrestre, marítima y aérea que tú conozcas
podríais decirme por favor a qué animal de las anteriormente mecionadas
faunas me asemejo en semejante postura.” “¡Pues a un león, burro! ¿No ves que eres un león?”
Pues bien: como casi toda monarquía, es hereditaria, y la película
arranca cuando los súbditos del Rey León, Mufasa, acuden a rendir
pleitesía y arrodillarse ante la institución monárquica renovada en la
figura de Simba, el hijo legítimo del rey, que vemos que tiene una
relación monógama con una de las muchas leonas de la manada. La escena
es emotiva, profética, mesiánica, pero alcanza el más alto grado de
flipadez cuando un babuino (a partir de ahora “el mono”), nada menos
que… ¡unge al cachorro! ¡Lo unge! Supongo que en su estreno en cines los
que acudieron a verla y eran suscriptores del ABC en ese momento tuvieron una polución involuntaria.
Simba es un leoncete de lo más salao, y anda por el reino aprendiendo
sabiduría de su padre, que tanto en la versión original como en el
doblaje hecho en España tiene la voz de Darth Vader, Constantino Romero
para entendernos, lo que implica, en cierto modo, que el pobre Simba va a
tener que cumplir el monomito campbeliano le guste o no, porque es que
el pobre lo lleva en los genes. La sabiduría que le infunde su padre es
ni más ni menos que la lucha por la vida y la armonía entre los animales
que comen pasto y los animales que se comen a otros animales, como
ellos. La filosofía es por tanto el darwinismo… social. Es decir: todos
estamos en el “ciclo de la vida” y contribuimos a él, pero como diría
Orwell unos más que otros. Unos están para cazar, y otros para ser
cazados. Caza cruenta, por cierto, que nunca veremos realizada; como
mucho veremos a un león ofreciendo a las hienas un trozo de cebra como
recién salido de la carnicería.
También conoceremos al otro personaje importante de la trama, el tío
cetrino de Simba, segundón en la línea al trono y que responde al nombre
de Scar, pues la verdadera cicatriz es la de su alma al haberse visto
preterido en sus ansias de poder. Colegimos también que está así de
macilento porque, al ser el único macho de la manada además del monógamo
rey, suya es la misión de cubrir al resto de hembras, y por tanto los
demás cachorros que hay por ahí son sus hijos, por lo que Simba en un
futuro se casará y tendrá una relación monógama con Nala, su prima. Vaya
mierda ser el león rey, que es el que menos moja.
Cansado de esta situación, Scar conspira en la sombra con unas
hienas, que viven en una especie de Mordor lleno de esqueletos de
elefantes, se supone que en un constante estado de intoxicación química
producido por los vapores de cráteres humeantes, que a saber lo que sale
de ahí. La dialéctica entre el reino de los leones, racional y
luminoso, y el mundo hediondo y oscuro del matriarcado lumpemproletario
de las hienas es más que claro. Scar se alía con sus enemigos en un
pacto contra natura que culmina con un desfile evocador de los de la
conmemoración de la Revolución de Octubre en la Plaza Roja, teñida toda
la pantalla de tonos carmesíes mientras el león desde arriba contempla
las hienas desfilar al paso de la oca bajo una media luna creciente.
Scar es un nazi comunista de confesión islámica.
La revolución, simbólicamente, se produce por medio de la
soliviantación de las masas. Scar consigue que su sobrino vaya a ser
arrollado por una marea de hervíboros, víctimas naturales de los leones.
Masas ignorantes de que, en realidad, no son sino peones de las mismas
fuerzas represoras que los mantienen sojuzgados. ¿Y qué animales
protagonizan la estampida? Los ñus.

Si es que esta película tiene mil y una lecturas, a cada cual más
interesante. Es la marea democrática del software de código abierto la
que va a pasar por encima de los antiguos privilegios de una sociedad
anquilosada. Mufasa muere arrollado por esa marea siguiendo la
programación de sus genes egoístas que buscan perpetuarse en su
progenie, y un alterado Simba decide escapar creyéndose el responsable
de la tragedia, con lo que Scar consigue dar su ansiado golpe de estado y
convertirse en rey arropado por un ejército de hienas. Probablemente
hayáis oído por ahí que esto convierte a El Rey León en una versión de
Hamlet, pero ni caso, se parecen como un huevo a una castaña. Es tan
absurdo como intentar dignificar un vino de rioja diciendo que es un
burdeos.
Después de una travesía por el desierto, Simba llega la selva. En el
universo Disney olvidaos de todo lo que sepáis de geografía: la selva
se separa de la sabana por el desierto. Allí lo encuentran dos hipies o
perroflautas llamados Timón y Pumba, que lo rescatan y lo introducen en
un “modo de vida alternativo” en el que lo más importante es dedicarse a
la molicie y el dolce far niente. También le enseñan a comer bichos y
le transmiten la consigna hakuna matata, que ya habíamos oído de labios de un africano en Las aventuras de el Joven Indiana Jones. Vamos: pasa de todo colega, buen rollito. Que rule.
Acompañado por los dos perroflautas Simba se hace un león hecho y
derecho, mientras en casa el reino, roto el equilibrio de la naturaleza,
se descompone y la tierra queda baldía en ausencia de un rey legítimo.
Sí, algo parecido a lo que ocurre en Excalibur, que cuando el
rey enferma, su reino enferma con él, y cuando sana a su paso brotan las
flores. Su antigua amiga y futura esposa legítima con la que mantener
relaciones monógamas lo encuentra, y después de tener una revelación con
el mono de la primera escena, que ejerce de su Yoda particular, y de
hablar con Constantino Romero a través de los abismos de la Fuerza,
decide volver a casa y reclamar su heredad.
El final es el lógico: Simba hostia a su tío, los leones se rebelan
contra el régimen islamiconazicomunista de las hienas, que ha impedido
el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, y el mismo Scar
termina siendo devorado por sus aliadas, que suponemos que volverán a
Mordor a esnifar crack, speed y metaanfetamina. Reestablecido el orden
racional, divino y monárquico, y con él el de la Naturaleza misma, la
tierra vuelve a dar sus frutos, brilla el sol y Simba tiene a un
legítimo heredero con Nala, con la que mantiene relaciones estrictamente
monógamas, de modo que se completa el “ciclo de la vida” y el resto de
las hembras se dedican a los placeres de gomorra.
Bibliografía recomendada:
Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman, Armand Mattelart y Héctor Schmucler

Etiquetas: Películas



























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