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29.11.09

Sobre la futilidad y absurdo de la existencia humana

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:22 AM enlaces a esta entrada

27.11.09

¿Bill Gates nos regala dinero?

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Escrito por SuperSantiEgo at 1:00 PM enlaces a esta entrada

26.11.09

De nuestra afamada serie: Depósitos bancarios con nombres chulos.

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:08 AM enlaces a esta entrada

24.11.09

Libro: El chirimbolo símbolo perdido, de Dan Brown

Pues sí, me la he leído. Los primeros capítulos en inglés cuando salió, decidí que obviamente no valía la pena el esfuerzo, y después apuré la copa hasta la hez con el traducto de aquella manera con la edición que ha realizado Planeta a matacaballo, y que así ha salido. Las prisas, ya sabemos, son para los ladrones y para los malos toreros. ¿Vosotros veis a los de Planeta vestidos de luces? Bueno, pues ya está todo dicho. Nos escontramos pues el paquete básico de un traducto hecho aprisa mal y corriendo y en el que nos hemos ahorrado los cuatro duros que cuesta pagar a un corrector competente: "años atrás", "honestamente te digo", e incluso el cada vez más popular "está en problemas", que hasta ahora sólo conocíamos por aquí de algunos doblajes infames de Star Trek. Pues nada, según esta doctrina dentro de poco también terminaremos dando por válido el traducto de "exhaust vent" como "ventilador exhausto" que aparecía en el doblaje español de Futurama, y todos tan contentos. Todas vuestras base son pertenecientes a nosotros ahora. Lo importante es que se entiende, qué más da. Esto es ello.

Vamo a vé: obviamente el libro no es recomendable. En todo caso, esperad a que Ron Howard perpetre la adaptación correspondiente, pues en Jólibud hay gente competente que luego arregla algunos de los desaguisados y huecos del tamaño de cráteres que tiene el argumento. Eso mismo, sin ir más lejos, ocurrió en la adaptación de El código da Vinci, que aparte de tener la virtud de hacerte perder muchas menos horas de tu vida que la novela además iba sobre seguro e intentó paliar en lo posible algunos de los elementos más sonrojantes del original literario del que partía y que había hecho partirse la caja a más de uno. Otra cosa, en mi caso, es el interés puramente patológico por semejantes productos. No por patología mía, que quizá también, sino como objeto de estudio de la patología literaria, comprobar de primera mano cómo nos vamos irremediablemente a la mierda, cuesta abajo y sin frenos. En resumidas cuentas, que si uno lee estas cosas con el ojo de un patólogo pueden ser en cierto modo tan fascinantes en el sentido científico del término como las células cancerosas o el bacilo de Koch, con lo que tendríamos que empezar a considerar la idea de crear una nueva rama en la crítica literaria que podríamos llamar crítica forense. Tampoco hay que olvidar que a este tipo de libros se le suele calificar en inglés como "page turner", o sea un libro que no se puede dejar de leer, que literalmente te engancha y te obliga a seguir con él. Como la heroína, sin ir más lejos.

En primer lugar, recordemos que el protagonista principal es el Robert Langdon, estrella principal tanto de Ángeles y demonios como de El código da Vinci, a quien a partir de ahora nos imaginaremos indefectiblemente como a Forrest Gump con el pelo sucio y que da asco porque no se lo ha lavado en un mes, por mucho que el autor nos diga que se parece un poco a Harrison Ford (más quisiera). El tipo en cuestión es un profesor de Harvard que, si me lo preguntáis, no tengo nada claro a qué se dedica, porque su campo de especialidad viene a ser tan difuso como la chorrada de la ciencia noética con la que en este libro se martillea nuestra poco respetada inteligencia. Mi conclusión es que Brown quería construir una especie de Umberto Eco patrio, algo así como un semiólogo mezclado con Indiana Jones, pero entre que debe desconocer el concepto mismo y que para más no da lo mejor que supo componer fue a este señor, que viene a ser un poco como Jessica Fletcher: a donde ella iba, había un asesinato, y donde este señor se planta de repente se desvela una conspiración milenaria que va a cambiar para siempre cómo el ser humano se ve a sí mismo. Paparruchas.
Tampoco debemos olvidar lo que se dice tanto de éste como de otros escritores de semejante talante, y es que escriben siempre el mismo libro. Esto se aplica también a algunos grandes autores, pero no nos engañemos: una cosa es que se traten los mismo grandes temas y que los dilemas a los que se enfrentan los personajes sean los mismos porque son los grandes interrogantes y debilidades del espíritu humano, y otra es, literal y literariamente hablando, escribir el mismo, lo que se dice el mismito libro. Hay por eso consenso en que El dragón rojo y El silencio de los corderos es básicamente la misma novela con exactamente la misma estructura donde pasa lo mismo punto por punto, y os puedo asegurar de primera mano que si os leéis El día del Chacal y a continuación El cuarto protocolo, escritas con trece años de diferencia, parecen una el calco de la otra, hasta el punto de que si el autor hubiese sido otro sin duda Frederick Forsyth lo habría podido demandar con total seguridad de demostrar que era un plagio. Pero igualitas, ¿eh?

Pues bien: El último símbolo es exacta a El código da Vinci. Todo es igual: un misterio mu gordo, y unos personajes planos y desabridos que van descubriendo entre muchos "¡ooooh!" y "aaaaah" los crípticos mensajes del pasado ayudados por unos personajes que casualmente pasaban por allí o que han esperado toda su vida a ser últiles en el momento preciso. La estructura es la misma, el aburrimiento es el mismo, y la cara que se le pone a uno al estar leyendo algo lamentable es la misma.

En cuanto a escritor, lo que se dice escritor, Dan Brown tiene de escritor lo que Manuel Fraga de bailarina exótica. Aún más: el caballero en cuestión es el equivalente a lo que aquí llamaríamos un licenciado en filología inglesa, pero no olvidemos que en los Estados Unidos esa licenciatura, sobre todo si no la has conseguido en una universidad prestigiosa, es la más maría de todas, y en muchos casos viene a ser un batiburrillo de créditos de culturilla general para cubrir expediente y conseguir con el mínimo esfuerzo un título, de ahí que en algunas novelas, comics o películas haya cierto cachondeo con los que han hecho un "English degree". Pues parece que el señor Brown aprendió en esa carrera fundamentalmente a "cómo escribir mal correctamente", porque ni hecho a posta, vamos. Yo os aseguro que es que lo intento y no me sale. Los personajes son los típicos de toda mala literatura: puras máquinas de reaccionar de la manera más extraña posible a los sucesos mágicos y extraordinarios que les van ocurriendo bajo la batuta del narrador incosciente (sí, he dicho inconsciente y no omnisciente, porque si pensase un momento lo que está diciendo y las cosas que hace que ocurran, no lo haría, además de otra particularidad de este tipo de narrador que luego comentaré con más detalle). Para dar supuesta profundidad a estos personajes acartonados se recurre a una técnica tan mala como eficaz ante el lector poco exigente: estos personajes tienen alguna tara, algún problema secreto, alguna fobia o un trauma que se supone los hace interesantes y les da una apariencia de tener vida interior y no ser más que unos muñecos que se mueven sin voluntad de un lado a otro de la novela como si fueran muñecos por la pantalla de un videojuego. En esto también es especialista Stephen King, y si no recordad un momento no cuántos, sino cuántos no, personajes suyos tienen pasado de abusos familiares, sufren o han visto sufrir alguna lenta enfermedad terminal, tienen retraso mental y otras circunstancias exageradas. Y que conste que aun así en cuanto a construcción de personajes King le da a Brown sopas con onda.

Robert Langdon sufre de acrofobia y de claustrofobia. ¿Y a mí que coño me importa?

Pasemos ya a analizar el argumento y cómo éste se desarrolla, se desenvuelve o sencillamente se desparrama, que tampoco sería mal símil. Así pues imaginémonos que está Tom Hanks tranquilamente en su casa con el pelo bien churretoso, o bien que es el mismo Michael Landon el que le da vida a ese personaje, que la verdad le pegaría bastante bien.
"Sois unos cabrones. Es que me encasilláis"

Entonces, piticlín-piticlín, suena el teléfono y Robert Langdon recibe la llamada del machaca de un amigo suyo, Peter Solomon, conocido masón y filántropo millonario (nunca sabemos por qué es rico ni a qué se dedica realmente, porque eso son minucias: el tío está podrido de pasta y punto), que le pide que líe el petate y que vaya derechito a Washington para dar una conferencia en el Capitolio. Langdon coge un par de calzoncillos limpios y se va al aeropuerto a tomar un vuelo privado que ha puesto a su disposición su acaudalado amigo, que además siempre lo ha favorecido en su carrera. Mientras, el narrador inconsciente nos informa de que Peter tiene una hermana, Katherine, bastante más joven que ella para luego poder poner a una tía buena en la adaptación cinematográfica que le dé la réplica a Tom Hanks, que se dedica a la ciencia noética en el Instituto Smithsonian, novedad en la forma de traductar porque se deja Smithsonian Institute o es el Instituto Smithsoniano como se le ha llamado siempre, no un mezcladijo. En la Wikipedia, haciendo un alarde de coherencia, el artículo se llama Instituto Smithsoniano y dentro del artículo se refieren a él como Instituto Smithsonian.

La ciencia noética, clave en toda la novela, es una parida que ofende la inteligencia incluso del más cazurro, y pretende hacer pasar por creíble que es una ciencia al límite que está demostrando fehacientemente y sin duda alguna (sobre esto se nos insiste mucho, pero sin dar ninguna otra prueba, con la palabra del narrador inconsciente nos debe valer) que la mente tiene poder sobre la materia y que si transmitimos amor a un vaso de agua dentro de un frigorífico los cristales de hielo son muy requetebonitos y si transmitimos malas vibraciones los cristales son feos y poco armónicos. Más o menos un razonamiento a la altura de Juan Manuel de Prada. Vamos, chorradas flower power y this is the age of Aquarius. Luego ya más avanzada la novela se nos informa del experimento de pesar a una persona en una báscula de precisión en el momento en el que va a morir, y cómo efectivamente el cadáver pierde peso al salir de él el alma inmortal. Que sean 21 gramos o no ya no se especifica.

También se nos presenta por supuesto al malo, pero no un malo cualquiera. En una novela de este calado el malo debe estar a la altura, por eso no es un malo. Es El Malo. Malo... pero malo-malo. Malo con convicción, sin tapujos de ningún tipo, malo por el mero gusto de ser malo y con plena dedicación a la maldad. Maaaaaaalo. Sabemos que es malo por varias razones, a saber: es calvo, es un mazas tatuado desde las uñas de los pies a la coronilla y además no para de tener pensamientos malvados que con generosidad el narrador inconsciente comparte con nosotros a la más mínima ocasión, del tipo "¡Jua! ¡Jua! ¡Qué malo soy!", "¡Yo os sumiré a todos en la oscuridad!" A ver: estas cosas molan cuando el que dice eso se llama Victor von Muerte y lo grita enfundado en una armadura en medio de una tormenta eléctrica sobre un castillo medieval de Latveria. Las burradas o se hacen bien o no se hacen. Por eso igual que el malo albino de El código da Vinci no se lo creía nadie, a éste menos. Por si fuera poco el tipo también se ha puesto nombre de supervillano: Mal'akh. ¿Por qué no? Puestos a decir tonterías... Lo que desde luego nos tiene que quedar claro es que el tipo además de malo es muy listo y muy sibilino, y que en poco tiempo ha ido escalando en la masonería como infiltrado hasta alcanzar el puesto más alto, el 33, y codearse así con los más importantes masones del mundo, como Peter Solomon, que en esa fatídica noche en la que transcurre la novela se verá obligado a confesarle todos los secretos de la masonería y alcanzar un conocimiento antiguo y secreto que lo convertirá en el ser más poderoso de la faz de la Tierra.

Tenemos que aclarar en este momento que la novela, de unas 500 páginas, tiene la friolera de más de 130 capítulos. Nuevamente, nos podemos preguntar qué aprendió este señor que llegó a ser incluso profesor de inglés, ya que no entiende el concepto mismo de la palabra capítulo. Porque hay algunos que son un párrafo y nada más. Sencillamente nos lleva sin parar de un grupo de personajes a otro con el truqui conocido de que alguien descubre algo o ve algo que nosotros no, y nos deja con la incógnita hasta que vuelve con esos mismos personajes... y descubrimos que no es más que la enésima chorrada. Así una vez tras otra, qué cansino, hasta que ese recurso más viejo que la escritura cuneiforme se convierte en algo repetitivo y sin maldita la gracia. No sólo eso, sino que incluso a veces dentro de esos pseudominicapítulos cambia de lugar de acción y de personajes, así que ni siquiera en eso es consistente a la hora de escribir. Eso sí: cada vez que uno termina uno de esos capítulos con su correspondiente "continuará..." puede uno añadir de su propia cosecha un sonoro "chan-chan-chááán..." que no desentonaría ni lo más mínimo. Sobre los microcapítulos ha nacido también toda una nueva teoría sobre lo que debe ser la "literatura molongui moderna": no seré yo el que niegue que a veces los academicismos y los elitismos no se merezcan una buena patada en la boca, pero desde luego los que pretenden dar esas posturas por acabadas no hacen sino proponer un nuevo academicismo basado en la más absoluta certeza de que el lector medio es, por decirlo de una manera suave, poco menos que un retrasado mental. Los que defienden este tipo de "literatura chopped", todo bien picadito para que no se note que no están dando despedicios de Dior sabe qué partes de quién sabe que animal y a saber con qué se mantienen pegados, arguyen que actualmente esa entelequia, el lector medio, acostumbrado a los videojuegos y a los flashes informativos de internet y la televisión, no tiene apenas capacidad de concentración, se aburre rápidamente y hay que darle las cosas en pequeñas dosis, pobrecicos míos. No sólo es de un paternalismo y de un buenrollismo bastante patético, sino que esperemos que el lector medio no tenga que ver mucho con el trabajador medio, porque como en lols trabajos más habituales, que ya sabemos todos lo divertidísimos que son a veces, a los pocos minutos lo dejemos diciendo "Jo, es que me aburrooo...", pues apañados vamos.

Bueno, pues ya tenemos presentados a los personajes principales: el saco de hostias Langdon que allá a donde va se monta una buena, la pseudocientífica Katherine y el forradísimo masón su hermano que además ha inspirado varios de sus trabajos partiendo de la premisa de que "la sabiduría de los antiguos era mucho más poderosa que la nuestra y nuestra moderna ciencia no está sino redescubriendo lo que ellos ya sabían". Y se queda tan tranquilo después de decir esto, el Dan Brown. Lo malo no es que el argumento sea fantasioso, ni que la gente tenga poderes mentales ni nada de eso. Si se sabe llevar bien las historias de gente que vuela, tiene poderes mentales y de extraterrestres que vienen a comernos pueden estar muy bien. Lo que joroba es que te lo intente colar con un aura de "esto en el fondo es verdad", "todo está basado en cosas reales", y hasta nos provea de direcciones de Internet para consultar, cuando en realidad lo que está presentando es un tecnothriller soso que ni es chicha ni limoná y tan malo en todas sus facetas que, repito, quieres hacerlo así de mal conscientemente y es que no te sale. Es la diferencia entre ser un mago o un mentalista como Anthony Blake, que expresamente crean un espectáculo, y los farsantes que insinúan o afirman que tienen poderes de verdad y que además de ser unos mentirosos son aburridos.

Pues eso, llega Langdon a dar su conferencia en uno de los salones del Capitolio... y cuando entra... ¡no hay nadie y nadie lo está esperando! ¡Ta-chán! Y recibe una llamada del Malo, que en realidad es el que lo ha engañado para que vaya a Washington con algún siniestro propósito. Hay que ser malo, ¿eh? Sólo le faltó mandarle también un correo electrónico con este enlace. Bueno, al lío: el malo se ha colado por el detector de metales del Capitolio con un brazo en estribillo en el que lleva oculta la mano amputada de Peter Solomon, la deja allí en medio, llama a Langdon para advertirle que tiene en su poder a Peter Solomon y que tendrá que ayudarle si quiere volver a verlo vivo, y se escaquea con el ingeniosísimo sistema de cambiarse de gabardina. Es en esos momentos en los que uno espera que a lo largo del libro aparezca algo igual de emocionante y original como, no sé... unas paredes que se cierran y amenazan con aplastar al héroe, por ejemplo. Para ocultar sus tatuajes el señor utiliza cantidades industriales de maquillaje, y llegado el caso se pone también una peluca rubia de acabado natural, y por este detalle a poco estuve de imaginármelo el resto de la novela con la cara de Carrillo. Langdon se encuentra con el pastel, chapan el Capitolio e inmediatamente aparece por allí la CIA, en particular la directora de la CIA de la CIA, o sea los tíos más chungos de la CIA que incluso controlan a los de la CIA. Como éste es un personaje profundo e interesante, nos lo caracteriza como debe ser, con profundidad y buen saber literario: es una japonesa menuda nacida en un campo de concentración de nipoamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, como el actor que dio vida a Hikaru Sulu, habla con voz muy cascada porque sufrió un cáncer de garganta y aun así sigue fumando como un carretero. Un personaje con personalidad y con conflictos internos. Qué tía la de la CIA.

Langdon se ofrece para ayudar porque la mano amputada que señala al techo está cubierta de signos arcanos, y de paso da unas cuantas lecciones a uno de los investigadores que ejerce de papanatas que no sabe nada de nada y al que hay que explicarle incluso de dónde provienen los números arábigos. A partir de este momento aparecen dos personajes también fundamentales en la novela: la guía turística de Washington y la publicidad de teléfonos móviles, ya que Brown se apunta a la moda y los personajes se tiran todo el rato consultando teléfonos móviles de última generación para ver vídeos, consultar Internet, y no se echan un comecocos de milagro. También hay referencias a Tweeter, a la Wikipedia y a las marcas de los teléfonos, que me imagino que estarán más que contentas de aparecer en primerísimo plano en la adaptación cinematográfica, previo paso por caja. Es ésta un moda reciente, la de dar un pátina de jikismo para contentar a cierto público potencial amigo de chiquinofes y cacharrería varia que se supone que va a aplaudir con las orejas ante estos detalle, y la verdad es que es una ridiculez, como el momento en el que
Stieg Larsson se tira dos páginas para explicar las especificaciones técnicas de pantalla y procesador que escoge la protagonista porque se le ha roto el ordenador y tiene que comprar uno nuevo, cuando eso en un par de años se queda obsoleto, y quedará estúpido y arcaico leído dentro unos cinco, sin olvidar que no aporta nada y queda mucho mejor y más claro "Se le rompió el ordenador y fue a comprar otro, y ya de paso eligió uno que era mejor". Pues nada, aquí Brown también se empeña en decirnos de qué marca es el móvil de última generación de cada uno, y no nos dice que los calzoncillos de Langdon son de Calvin-Klein de puro milagro o porque no hubo pelas por medio.

Respecto a la guía turística de la ciudad, si alguna virtud tiene esta novela, allá en el fondo, es que quizá alude a una serie de momumentos y de circunstancias de su construcción que son de por sí bastante interesantes. También hay que aclarar que alude a ellas de manera realmente sonrojante y vergonzosa, y que es todo un crescendo hasta que culmina en un patrioterismo de "somos la nación elegida y el faro que ilumina el mundo" que hay que leerlo para darse cuenta de hasta qué punto se puede tener el rostro de cemento armado. Porque en parte, y por lo menos en origen, la ciudad de Washington es un gigantesco culto a la personalidad de Washington, de ahí que haya continuas referencias al fresco La Apoteosis de Washington, donde podemos ver a la alegoría de los EEUU, Columbia, que lleva el primer escudo del Capitán América, o a la estatua en la que aparece ese buen señor en la misma pose que suponemos tenía nada menos que el Zeus de Olimpia:
La verdad es que Dan Brown podría haber tomado esto con una cierta ironía o incluso sano cachondeo, pero no. Y aunque hay que reconocer que esta ciudad es un prodigio arquitectónico y como tal os la encontraréis en los libros de historia del arte, pues básicamente consistió en hacer una ciudad de la nada metiendo pelas a barrer y con los avances técnicos de la época, otros elementos como la citada alegoría no dejan de ser de un infantilismo que mete miedo. Como el resto de la novela y sus interpretaciones alegóricas y mesiánicas, por cierto. Sobre eso volveremos luego. También, supongo, Brown debe ir a comisión de todos los libros que podemos ver en Amazon como Guías de El Símbolo Perdido, y si no debería. Lo mío pa mí.

Pues bueno: Langdon empieza a ganarse las lentejas, descifra un complicadísimo enigma al darse cuenta de que IIIX no es un número romano válido, así que... ¡tiene que leerlo al revés! ¡Qué listo eres, Robert, ¿en qué tómbola dices que te tocó el doctorado?! Al final concluye que debe haber una pista nada menos que en un sótano asqueroso bajo el Capitolio que no se explica uno por qué debe haber semejante sitio mal iluminado y lleno de mierda en lugar tal, a no ser para que la escena resulte más tétrica e interesante, y donde entre sustos y saltos de miedo originados por la luz de la linternas que los hace ver cosas raras, encuentran un antiguo cuarto másonico con la calavera, la sal y el azufre, una guadaña y cosillas así, además de una pirámide truncada de unos treinta centímetros de alto que a partir de entonces cargará estoicamente Langdon en su bolsa y que hace a uno imaginarse que el tipo debe estar bastante cachas, porque una pirámide maciza de piedra de ese tamaño debe pesar sus buenos kilitos.

Y es que además en estos momentos es cuando el narrador toma verdadero protagonismo y comprendemos que Brown es un verdadero genio, un monstruo de la literatura y que ha roto barreras inventando un nuevo concepto literario hasta ahora desconocido: el narrador inconsciente. Porque Langdon, cuando la japonesa pitufa le insiste que por qué a él precisamente lo ha llamado el Malo, y por qué a él le ha pedido su ayuda, el analista de símbolos no sabe lo que responder y no entiende por qué, hasta que nos lo revela el narrador inconsciente, que hasta ese momento TAMPOCO SABÍA que cuando el Malo se hizo pasar por el asistente de Peter Solomon le dijo que debía llevarle un paquetito lacrado que le había confiado hace años. En ese momento Langdon es cuando se acuerda de ese pequeño e infinitesimal detalle sin importancia, y es por eso que ahora, y no antes, el narrador inconsciente puede comunicárnoslo a nosotros. Que Brown sea un genio que rompe moldes literarios o un marrullero que no tiene ni puta idea de escribir y que recurre a los trucos más sucios y viejos del oficio es algo que ya dejo a vuestro criterio. Y no sólo eso, sino que por medio de ese detalle tan sutil el buen lector comprende, de forma implícita, que el pobre de Robert Langdon sufre los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer, lo que lo dota de una nueva profundidad y relevancia.

Una vez con la pirámide en su poder aparece por allí otro masón que ha ganado muchos puntos de experiencia jugando a Masones y Mazmorras, Bellamy, hostia a casi todo el mundo y se lleva a Robert antes de que la japonesa con malas pulgas obligue a Langdon a entregarle el misterioso paquetito lacrado. Pues eso, corren un poco por ahí, se escapan, y la tía de la CIA se enfada y manda a los típicos tipos de fuerzas especiales tras ellos, con minuciosas explicaciones vistas y leídas mil veces de cómo funcionan los cacharros de visión nocturna y similares. Seguro que en la peli queda una escena de lo más vistosa.

Sobre las investigaciones de los símbolos, cómo los descifran y lo demás, que se supone que es lo mejor de la novela, sólo tengo que decir una cosa: mierda del culo. Vamos, que es lo mismo que en la anterior novela y ya entonces era malo. Todo cogido por los pelos y de vergüenza ajena, pero oye, al que le guste que con su pan se lo coma. A partir de este momento
también se une a la fiesta Katherine, la hermana del secuestrado, a la que hemos visto antes en su relación con su hermano y como directora del centro de investigación de toda la cancamusa de la ciencia noética. Resulta que el malo, después de dejar a Langdon con un palmo de narices, y haciéndose pasar por el psiquiatra de Peter, consigue meterse en el Instituto Smithsoniano y mientras espera a su víctima mata a la ayudante de Katherine de una de las formas más ad hoc que he visto en mi vida, pues esta ayudante, muy amable ella, le hace de guía en una vuelta por las maravillas del museo, en especial el enorme tanque de alcohol que contiene un ejemplar de calamar gigante que, no se sabe por qué extraño viaje de peyote del que hizo la instalación eléctrica, si se quiere ver iluminado, tiene uno que subirse hasta arriba con una escalera, abrir la tapa de metacrilato, que debe pesar un huevo y la yema del otro, inclinarse hacia dentro, meter la mano en el líquido y darle a un interruptor. Y eso la pobre muchacha tiene que hacerlo con un psicópata al lado que seguro que en ese momento debe estar pensando: "Jo, tío: si te lo ponen tan fácil no hace gracia". No tengo que explicaros lo que pasa a continuación, ¿no? Si os soy sincero llego a ser yo el que luego tiene que investigar el caso y determinar si se debe pagar o no el seguro de vida de la chica, y me niego a que se haga porque eso no es un asesinato sino un suicidio en toda regla. Pues bien: después de hacer otra rayita en su libreta de maldades del día el Malo se dedica a sabotear las instalaciones de la ciencia noética, pues piensa que la humanidad no está preparada para saber hacer bonitos cristales de hielo con el poder de las buenas intenciones, y que si en dos recipientes de plástico con guiso de lentejas dentro en uno escribes la palabra "amor" y en otra "odio", el segundo se echa a perder antes en el frigorífico. Katherine llega, él la persigue así a lo Daredevil en una oscuridad impenetrable que se supone que rodea el laboratorio, menuda tontería, y la pobre muchacha escapa por los pelos para recibir la llamada que la hará reunirse con Langdon y con Bellamy en el Capitolio. Por el camino ve cómo se produce una explosión en el laboratorio que manda a tomar por saco todos sus años de profundas investigaciones sobre la cancamusa noética.

A partir de aquí la gymkana sigue su curso de forma monótona y cansina mientras descubren chorradas ocultas en la pirámide masónica y en el vértice de oro que contenía el paquetito que años antes le había confiado Peter Solomon a Robert Langdon; es decir: el famoso chirimbolo perdido. En su periplo la pareja se encuentra con un demiurgo protector en la catedral de Washington, una figura también novedosa dentro de este tipo de historias: un viejo sacerdote, también masón, que los guiará por el camino recto, y que tiene la particularidad... de ser ciego. Que profundo y simbólico, Mari Pili. Me he sentido tentado de editar la página de la Wikipedia sobre el autor y añadir en influencias a Paulo Coelho. A todo esto, Bellamy, que ha sido detenido por la CIA, descubre que esta organización sabe muy bien por qué quiere detener al malo, y la japonesa le enseña un misterioso vídeo que pone los pelos como escarpias... pero que nosotros como lectores todavía no sabemos de qué coño va, ni falta que nos hace porque estamos a merced del narrador inconsciente.

Durante este tiempo se nos irá informando también del origen secreto del malo, y por qué quiere lo que quiere y tiene tanta manía a Peter Solomon. Pues resulta que Peter tenía un hijo, Zachary, un bala perdida que recibió parte de su herencia a los dieciocho años después de que su padre lo animase a sentar cabeza, meterse en los negocios familiares que nunca se sabe cuáles son y además hacerse un masoncete de provecho como fueron sus antepasados antes que él. Zachary, con muy buen criterio, trinca la pasta y se dedica a vivir la vida loca, entregándose a la depravación y el vicio hasta que termina con sus huesos en el lugar preferido del piloto de Aterriza como puedas: una cárcel turca, a donde va su padre a sacarlo ya que es un poderoso y adinerado personaje público, y no hay nada que no pueda hacer un buen untamiento en la mano del alcaide que está dispuesto a hacer la vista gorda si ve engrosar su cuenta corriente. Sin embargo Peter Solomon decide escarmentar a su hijo y dejarlo unos días más allí dentro para que aprenda lo graves que pueden ser las consecuencias de nuestras acciones, y esta conversación la oye un misterioso personaje, compañero de celda de Zachary, al que éste le ha contado lo cabrón y rico que es su padre, además de él mismo, y todo el rollito de los masones. El siniestro personaje mata a palos a Zachary, después de conseguir los números de cuenta con los que acceder a su fortuna (sí, claro, como si fuera tan fácil), y llega a un acuerdo con el alcaide para repartirse el dinero si lo deja salir, con lo que llega uno a la conclusión de que el alcaide se merece lo que le pasa luego, que lo mata el siniestro, por pura falta de ambición: coño, apaléalo tú igualmente a él hasta que te lo cuente a ti y luego cárgatelo, y ya tienes vía libre, que es que hay que explicaroslo todo, hasta cómo ser malos. Naturalmente, al saber de la noticia de la muerte de su hijo y cómo pudo haberla evitado, Peter Solomon queda profundamente apesadumbrado.

La figura siniestra adopta entonces el nombre artístico de Andros, y con el dinero conseguido honradamente con el sudor de su frente, que apalear cansa mucho, se dedica a darse la vida padre en las islas griegas, a jincar con todo lo que se le ponga a tiro y a hincharse a esteroides para ponerse cachas. Pero lo que le ha contado Zachary sobre el poder oculto de los masones le tiene sorbido el seso, no deja de darle vueltas y además siente un profundo desprecio hacia Peter Solomon por haber abandonado a su propio hijo en semejante infierno, una cárcel turca, así que llegamos a la conclusión que el tal Andros odia profundamente a Peter Solomon ya que lo considera un monstruo por haber abandonado a su hijo con él mismo... que es el que se encargó de matarlo de forma horrible después de torturarlo hasta la muerte para darle acceso a su riqueza. Va a ser que no lo pillo, o que la forma de construir personajes con motivaciones creíbles de Dan Brown es demasiado compleja para mí. Bueno, de todos modos retengamos este detalle porque luego será importante. Pues resulta que Andros, al que los esteroides ya deben estar afectándole al cerebro, no se le ocurre otra cosa que utilizar los conocimientos que ha obtenido de la mansión familiar de los Solomon y de sus costumbres para presentarse allí un día por las buenas, encapuchado y exigiendo que se le revelen los importantes secretos de la masonería. A todo esto que lo oye la casi octogenaria madre de Peter y Katherine, que como en una película de John Ford aparece con la escopeta del abuelo y le suelta un arcabuzazo al felón, que se retira herido soltando tiros y mata por casualidad a la señora, que muere en brazos de su hija mientras Peter sigue al malvado herido y consigue dispararle... al borde de un risco, por el que cae a un río helado que se lleva el cuerpo aparentemente sin vida. En ese momento pasé el originalómetro al libro y marcó 0.00000^0, y yo me tomé la temperatura y marqué 0 K. Todos lo dan por muerto pero... ¡quiá que no!, el Malo sobrevive y si ya antes estaba mal de la olla a partir de ahí parece que se desayuna todas las mañanas esnifando colas industriales, se recupera, sigue poniéndose cachas y lee todo cuanto libro se encuentra de Íker Jiménez y Javier Sierra sobre mitología cuántica y misticismo de la tectónica de placas, con las consecuencias que cabría de esperar: se cree que es la encarnación del Gato Félix, crea el plan maloso malosísimo más maloso de todos los tiempos y decide conseguir la antigua sabiduría de los masones que pueden hacer que un hombre se convierta en un verdadero dios o en su caso en un demonio, así que el hijoputa conocido anteriormente como Andros adopta el nombre de
Mal'akh, además de tatuarse desde los dedos de los pies hasta la coronilla y así conseguir una pinta con la que poder darle un susto al miedo, y de paso se extirpa los testículos para mantenerse puro y que nada lo distraiga en su misión. Malo será un rato, pero a gilipollas no lo supera nadie.

La cuestión es que al final la japonesa los caza a todos en la catedral del anciano ciego y los pone firmes, y les enseña el vídeo que supuestamente va a hacer que todos colaboren con ella porque es algo muy malo muy malo y muy peligroso. Básicamente, que el Malo en sus iniciaciones con los masones los ha filmado por medio de una microcámara que llevaba en la rata muerta que le hacía de peluquín para dar el pego. Así se ve que todos los grandes prohombres y primeras espadas de la política y de la judicatura de la más poderosa y libre nación de la Tierra es un grupo de pirados que hacen extraños rituales con una simbología muy chunga, y que el que lo vea llegará a la conclusión errada de que todos pertenecen a una conspiración que desea dominar el mundo. ¡Si ese vídeo se llegase a conocer las consecuencias serían catastróficas! ¡Las relaciones de poder que conforman el mundo tal como lo conocemos se tambalearían! ¡Hay que detenerlo a toda costa! Y entonces se pregunta uno: ¿cómo es que la CIA tiene ese vídeo? ¿A santo de qué? En ese momento estaba yo bostezando o rascándome el huevamen y no me di cuenta, o sin querer me salté el párrafo, pero sigo sin tener muy claro cómo ese vídeo, que debía estar a buen recaudo en el ordenador personal del Malo, llegó a parar a manos de la CIA. Será que utilizan también SITEL. Por cierto que también hay toda una subtrama, totalmente superflua, sobre hackeo vario, pero eso, ni viene a cuento ni aporta nada, excepto intentar darle a la obra un aspecto de rollito technothriller muy moderno y citar la existencia del Kryptos en Langley. Pero vamos, insufrible y prescindible, quitas esos capítulos y no os voy a decir que la novela mejoraría, pero al menos no sería tan larga.

Después de darles una buena reprimenda a los chicos la máster del universo de la CIA envía a Langdon y a Katherine a la casa del Malo, pues el Malo, aunque muy malo, a veces muy listo no parece el pobre, como ya se ha visto y como se comprobará luego, pero si tú eres más tonto que él aviados vamos. En particular después de secuestrar a Peter Solomon invitó a Katherine a su casa haciéndose pasar por el psiquiatra de su hermano y así ganarse su confianza. El tipo está forrado de pasta y en vez de crear un consultorio falso o alquilar una casa sólo para eso, la lleva a a su casa de verdad, donde tiene su sancta santorum donde practica sus ritos satánicos y se mira en bolas en un espejo, aunque no precisamente para mirarse las bolas porque ya no tiene. Antes, obviamente, han enviado a una guarda a que mire, pero llama y dice que no hay nadie, mientras que consiguen ponerse en contacto con el malo que dice que está en un coche, que lleva a Peter Solomon en el maletero y que lo matará si no le descifran el misterio de la pirámide. Entonces la japonesa con mala uva y voz de José Isbert, en un alarde de genialidad que haría empalidecer al mismo Rob!, envía a Katherine y a Robert Langdon a esa casa a ver si descubren algo, y aunque tiene a su servicio lo que sea para detener esa crisis, desde los Delta Force hasta el Nimitz si lo necesitase, los envía con UN ÚNICO AGENTE. Uno sólo, ¿para qué más? Creo que Dan Brown ni se molesta en ponerle nombre, al pobre, porque para lo que va a durar el angelico... Pues eso, lo que se espera uno: el malo aparece y
mata al PNJ porque, vaya por Dior, a nadie se le ha ocurrido que pudiera estar mintiendo en lo que iba conduciendo un coche, y hostia sin contemplaciones a los otros dos, y la verdad es que a mí no me dieron ninguna pena.

Langdon se despierta en un sarcófago hermético que está en el sótano de la casa, que por mucha gran mansión que sea no me creo yo que tenga exactamente la misma pinta que las salas de calderas por las que se mueve Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street, porque más o menos así es como las describe, que eso parecen las entrañas del Titanic y sólo faltan por medio tipos sudorosos cubiertos de polvo de carbón. Y claro, como Langdon es un personaje profundo y sufre de claustrofobia, le dan los siete males y por mucho que intente exprimirse el cerebro, no le da, no le da, no tiene ni pajolera de cómo hay que descifrar el último secreto de la pirámide masónica. El Malo, que no debe tener muy al día sus lecturas de literatura psicológica, decide reforzar la conducta deseada inundando el sarcófago mientras sigue pidiendo al pobre muchacho que espabile, que no tiene todo el día. Langdon, justo un momentito antes de ahogarse, ve cómo se le ilumina el cerebro y consigue desvelar la clave, pero como el Malo no se ha ganado ese título por nada deja que se ahogue y que le den por saco al puto simbolista de los cojones. Ya en posesión del conocimiento del lugar donde encontrará el gran secreto, saca de un cubículo a Peter Solomon en silla de ruedas, ataviado con unas prendas ceremoniales, y lo enfrenta con el dilema de que si no colabora con él, que dejará morir a su hermana, a la que le abre una vena y le pone una aguja para que se vaya desangrando lentamente como una clepsidra humana. Hombre, la verdad es que es retorcido, no digo que no.
El Malo se dirige entonces a la Casa del Templo, el gran santuario masónico de la ciudad, y allí quiere obligar a Peter a colaborar con él y que le comunique el verbum significantum que tatuarse en la fontanela, de modo que así se complete el arabesco místico que es su cuerpo, y al consumarse el sacrificio humano él pueda culminar su apoteosis personal y convertirse en un príncipe de las tinieblas. Mientras, la CIA llega a la casa del Malo (a buenas horas), se encuentra a la pobre Katherine medio desangrada y a Langdon... vivo. Pues sí, el tipo no murió, sino que estaba de parranda en pleno viaje astral en lo que en realidad constituye el no va más de los tanques de privación sensorial, incluido los famosos líquidos oxigenados que te permiten respirar, como en Abyss. Se supone que si te hacen la putada una y otra vez, y varias veces tienes experiencias traumáticas de ese tipo, es tal tu desorientación que terminas cantando la Traviata, y se supone que fue una de las formas en las que el Malo torturó a Solomon para que le comunicase sus secretos, y es por eso que el Malo sabía que Langdon tiene la cúspide de la pirámide, conocimiento que sólo estaba a disposición de ese señor, y dónde se guardaba la truncada pirámide de piedra. Que digo yo que si ya sabías dónde estaba, para qué coño haces que Langdon tenga que deducirlo a partir de los tatuajes hecho en la mano, ganas de perder el tiempo y dar vueltas a las cosas.

Y ahora cuidadito que viene lo mejor y tenemos que empezar a atar cabos. Se les ocurre mirar en la basura del Malo y... coño, descubren quién es en realidad porque Katherine al ver un conjunto de fotos donde se le ve a lo largo de varios años comprende quién es en realidad. A la vez, el Malo dentro del Templo juega su última carta ante Peter, y le muestra el archivo de vídeo que está a punto de subir a la red para crear el caos absoluto en la nación. ¡O sea que además usuario de P2P, degenerado! El archivo va subiendo lentamente por conexión inalámbrica, y mientras siguen hablando el hábil narrador cada pocos párrafos nos informa del porcentaje de archivo que se ha subido. Además, le revela el último misterio, porque cuando Peter lo maldice por ser el asesino de su hijo el otro le increpa que la culpa es suya, él fue el responsable por dejarlo allí tirado, y luego, desde las escaleras de arriba, vestido con sus ropas ceremoniales y mostrándole el puño cerrado le revela la gran verdad: "No, no es así. Yo... soy tu hijo". Eso, como el final de El Imperio Contraataca, pero al revés.

¡Y AHORA QUIETOS TÓS PARAOS!
¡QUE NO SE MUEVA NADIE!

(que se me ha caído una lentilla)

Vamos a ver si nos aclaramos, que en la nueva alta literatura experimental hay que ser un lector participativo para entender las sutilidades del narrador inconsciente. Endevé: antes el narrador, que por algo llamamos inconsciente, trata a Zachary Solomon y a su verdugo como dos personajes claramente separados, e incluso así es en los pensamientos del Malo, pues piensa en Zachary como su víctima a la que le robó el dinero. Pero noooo... Lo que pasa es que en ese momento el narrador todavía no era consciente de que en realidad lo que había ocurrido era que el mismo Zachary oyó la conversación de su padre con el alcaide, lo que obviamente lo dejó bastante chinado, y fue entonces él quien se ofreció a darle una buena suma al alcaide a cambio de su libertad, y para fingir su propia muerte y empezar su camino en la maldad eligió a un tipo con una constitución parecida a la suya que dejó irreconocible para que se hiciera pasar por su propio cadáver. Es decir: en todo momento Andros y Zachary eran la misma persona, pero el narrador, que por eso no es omnisciente sino inconsciente, todavía no lo sabía ya que el tipo todavía no lo había dicho. Claro, en realidad el tipo no es que conociese los secretos de la familia y cómo entrar fácilmente de hurtadillas en la casa por las conversaciones que había tenido con quien sería su víctima, sino que simplemente es que era él mismo, y por eso iba encapuchado cuando intentó asaltar su propia casa, aunque después con los esteroides y porque le cambió la voz al perder los huevecillos, ya no lo reconocieron. ¿Entendéis la genialidad y el buen saber hacer literario de Dan Brown? ¿Comprendéis ahora por qué se merece todos los millonazos que ha ganado? Sí: por cosas así, que lo dejan a uno realmente boquiabierto, ojiplático e incluso asmático con la respiración entrecortada. Os puedo asegurar que a mí me engañó completamente... ¡porque es un puto escritor de mierda que no sabe ni las más elementales normas de cómo escribir una novela decente de aventurillas, coño ya! Y es que el Malo no es que sea malo, sino que es esquizofrénico y tiene la personalidad disociada, pero sólo a ratos, cuando conviene.

Y al final... ¡era él! ¡Vete a tomar por culo, hombre ya!

Pero no creáis que esto es lo peor, no. Si cuando cree uno que no se puede llegar más bajo va el tío y se supera. No creáis que la cosa queda ahí, no. Langdon, Katherine y los chicos de la CIA corren raudos al Templo pero en realidad el Malo, Zachary, no quiere guiar a su padre por el Lado Oscuro para gobernar juntos la nación como padre e hijo, sino que busca algo más siniestro. No sólo ha torturado a su propio padre, le ha cortado la mano derecha, le revela que ha matado a su propia abuela (así es: el muchacho, no tiene abuela y pasa lo que pasa), y está dejando que su tía se desangre, sino que espera que después de obligarlo a que le diga ese verbum significantum con el que ya se ha tatuado la coronilla, quiere que sea él mismo, Peter, el que lo sacrifique en el altar, nada menos que con la daga que utilizó Abraham para el interrumpido sacrificio de Isaac, que por lo visto se ha conservado de ocultista en ocultista, y de ese modo, inmolado por la mano izquierda de su padre, consumar la apoteosis y alcanzar el estado demoníaco.

Vamos a ver, tonto a las tres: si es que no me extraña que todo te termine saliendo mal. Has torturado a tu padre y lo has encabronado a base de bien, le has dicho que mataste a su madre y que estás dejando morir desangrada a su hermana. No sólo eso, sino que al final incluso reconoces que en el fondo estaba claro que todo tenía que ser en ese templo másónico y que todo es simbólico, y es el mismo Peter el que al final te ha comunicado el símbolo final que te tienes que tatuar. ¿A santo de qué coño te montas el parque de atracciones de Simbolilandia y todo el lío de llamar la atención de tanta peña, además de destruir el laboratorio de tu tía, si ni te va ni te viene? ¿Pero quién te crees que eres? ¿Enigma, el enemigo de Batman que tiene la compulsión de ir dejando pistas de sus crímenes porque en realidad lo que quiere es que lo atrapen y lo castiguen? Con lo de cortarte los huevines ya no diste muestra de gran inteligencia, pero aquí se ve ya del todo que no riges muy bien. Y no sólo eso, sino que podrías haber puesto en Google, no sé, una búsqueda tan tonta como "cómo subir un archivo y que se active por narices". No sé, algo tan tonto como subir primero el vídeo pero con clave y subir al final sólo esa clave, que no es ni un kb, tenerlo en muchos sitios a la vez, enviar distintas versiones con distintos nombres y distintos pesos por correos desde sitios públicos, ponerlo en streaming, ponerlo con retardo de manera que se active él sólo cuando llegue una determinada fecha. Vamos, cualquier cosa menos dejarlo para el último puto momento y que se te desenchufe, se te acabe la batería, o alguien se ponga a mear encima del ordenador y lo joda. ¿Es que no has leído en Internet las famosas normas de lo que no debe hacer nunca un malvado de película o de tebeo? Seguro que no, que nadie te lo mandó por email, porque con ese carácter no me extraña que no tengas amigos. Menudo lumbreras.

Más o menos como el autor del libro, que nos depara una buenísima. Mientras el tipo se tumba en el altar esperando que su padre caiga completamente en el Reverso Tenebroso y se decida a matarlo consumido por el odio, llegan todos los demás a tiempo para ver la estremecedora escena, pero el helicóptero choca con la vidriera, y aunque el obnubilado Peter no ha sido capaz de tomar la vida de su propio hijo éste muere por los cristales que se clavan por todo su cuerpo, aunque antes de morir oye que su padre le dice que le ha mentido, y que el verbum significantum que le dijo no es el correcto. Alguno estaréis pensando: coño, eso suena a cómo muere el malo malvado en Ghost, que también le caen cristales encima. Cierto, muy cierto, y no debe ser una pura coincidencia cuando la escena sigue siendo igualita a continuación, porque igual que en la película aquí también vemos, gracias al narrador inconsciente que tiene acceso a otros planos de realidad,
cómo el Malo recibe su merecido en el más allá. Qué cojonazos los tuyos, Dan Brown. De grana y oro y por la puerta grande has rematado la faena, maestro. Tienes tanto arte y eres tan torero que con admiración y respeto te dedico este sentido pasodoble al que sólo habría que cambiarle el título: Dan Brow, eres el más grande.



Pero, oh, vaya, cuando miran el ordenador éste marca en la pantalla un fatídico 100% de subida de fichero. Todo parece que se ha perdido, pero no, porque el helicóptero casualmente tenía un cañón de impulso electromagnético y en el último momento atacó al nodo correspondiente que estaba recibiendo la señal. y lo ha dejado frito. Digámoslo todos juntos, que me hace ilusión: "paquete", Dan Brown, aprende lo que es un "paquete", alma de cántaro, porque escribiendo tal capullada no haces sino demostrar que eres tú un paquete. Aprende eso, que las radiaciones electromagnéticas se transmiten en todas direcciones, y lo que es un sistema redundante. ¿Por qué te crees si no que en la pantalla pone 100%, gilipoooooollas, eh, por qué? Que guai, hemos frito el nodo. Qué bien: como cerrar el grifo cuando ya se te ha inundado completamente la casa. Es tan estúpido como romperle a alguien el teléfono después de que haya comunicado a su interlocutor al otro lado que la respuesta a la gran pregunta del Universo es 42. ¿Y qué?

Y ya ni eso, porque después de haber acabado con semejante anticlímax de mierda queda nuevamente lo peor, aunque uno ilusoriamente ve que quedan pocas paginitas y da gracias a los cielos porque pronto se va a acabar, aunque lo que nos espera es una babosada ultranacionalista, cuando Peter Solomon en agradicimiento desvela a Robert todos los secretos de la nación, de cómo los Padres Fundadores eran unos hombres sabios que querían fundar la tierra de los libres y el hogar de los valientes, hay referencias a la Biblia de Jefferson (sí, el mismo Jefferson que en su obra de juventud decía que los negros eran constitutivamente inferiores a los blancos, aunque luego tuvo una familia paralela con una esclava negra, pero de esos detalles y de las sevicias a la población nativa ni palabra, los tíos según Brown eran impecables según los estándares actuales), que todo es simbólico y alegórico y que el verbum significantum que es la piedra angular de todo, y que está encerrado en las piedras fundacionales de todos los edificios masónicos y de los grandes edificios de la nación... es la Biblia. Hay referencias a otros textos sagrados para quedar bien, pero al final el que mola de verdad y el que importa es la Santa Biblia y punto pelota, y descifrándola por medio de la mística simbólica de los masones liberará todas las potencialidades del hombre, guiados por la ciencia noética que nos devolverá la sabiduría de los antepasados, pues el Malo, por si no fuera ya lo bastante tonto y analfabeto informático, no cayó en que toda esa maravillosa información se guardaría también en un lugar alejado, esas tonterías que se llama back ups o respaldos. Nuevamente, vemos aquí por última vez la aparición del narrador inconsciente, pues la pobre Katherine piensa que todo su trabajo se ha perdido, pero no, porque su hermano mayor le da una sorpresa y le dice que no se preocupe, que él ha hecho esos back ups. Qué majo y qué servicial, el Peter, y qué forma más curiosa de expresar su amor fraterno haciendo copias a escondidas de las investigaciones de su hermana. Menos mal que él se dio cuenta a tiempo de que en las ultrasofisticadísimas instalaciones científicas donde se utilizan los más avanzados sistemas de supercomputación se habían olvidado de seguir las más elementales normas de seguridad e integridad de datos que se cumplen desde los años sesenta, como mínimo. La parte de thriller de technothriller parece que al menos intentan comprender lo que es, pero lo de techno no lo terminan de pillar.

También en estos momentos es cuando uno recuerda que en este tipo de libros, y éste no es una excepción, por regla general el autor, haciendo un alarde de humildad, reconoce a su editor, a su mujer, y si se tercia a su vecino, los valiosos consejos y comentarios que ha recibido mientras escribía la novela, sin los cuáles el libro no sería como es. Con lo cual uno piensa primero que a saber entonces cómo habría sido el libro de haberlo escrito completamente solo y sin ayuda de nadie, o por qué ninguna de esas personas no le dio el mejor consejo que podría darle alguien que realmente lo quisiera, como "Déjalo, que esto no es lo tuyo", o simplemente "Suicídate".

La última escena, que seguro que queda muy emotiva en la película, es la de Robert y Katherine viendo el amanecer desde el tejado del Capitolio, mientras el primer rayo del sol de la mañana ilumina la pirámide de aluminio que culmina el obelisco de Washington, donde están escritas las palabras LAUS DEO. Será una pena que quede un tanto deslucida porque en ese momento todo el mundo en el cine se irá por la pata abajo en un súbito ataque de diarrea.

No cita la Atlántida, pero de milagro. A ver si hay suerte y cae en la próxima entrega.

Y bueno, en definitiva eso viene a ser El chirimbolo perdido.

De mayor quiero ser como Dan Brown: rico.


-SuperSantiEgo

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23.11.09

De las mil y una ventajas de tener una novia friki

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21.11.09

Pinocho, el Matavampiros

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:02 AM enlaces a esta entrada

17.11.09

Un panteón chulo de verdad

-Pues nosotros estábamos pensando en algo moderno, algo con gancho para el panteón familiar. Que las letras tengan estilo.
Pues qué queréis que os diga...
La verdad es que, pasada la primera impresión, no se parecen tanto. Pero yo creo que ese tipo de letra lo he visto. Probablemente en el rótulo de alguna cafetería. Si alguno sabe el nombre de ese tipo de letra que hable ahora o dentro de un ratito, me da lo mismo.
Aun así, yo tengo ya claro cuál quiero que sea mi epitafio y el tipo de letra que quiero para él:

-SuperSantiEgo

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16.11.09

Las niñas ya se han hecho mayores

Bueno, la verdad es que She-Ra siempre fue mayorcita, pero si queréis imaginaros (que seguro que sí) en plan Bar Coyote a unas creciditas Rainbowbrite y a Tarta de Fresa, echadle la culpa al degenerado de Greg Land.

Ya no se respetan ni los mitos infantiles.
¡Gentuza!
-SuperSantiEgo

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10.11.09

Somos un pueblo orgulloso y en ocasiones cruel...

...pero eso no quiere decir que, por encima de todo, los klingons no amemos por encima de todo la belleza. Cuando cortejamos a nuestras hermosas hembras, ellas nos muerden y nos arrojan objetos. Mientras, nosotros les recitamos poemas de amor.

Hace poco hablábamos aquí mismo del arrojado muchacho que se atrevía a hacer versiones en klingon de las canciones de Eminem, y algunos muy equivocadamente piensa que sus genes artísticos se perderán por falta de mujer que quiera darle descendencia. Craso error. Craso.

Como se puede comprobar, al muchacho no le han de faltar vigorosas hembras klingon que le proporcionarán numerosa prole, sin lugar a dudas poderosos guerreros con un profundo sentido musical y quién sabe si cantantes de ópera (klingon, por supuesto).

Y no lo olvidéis: Shakespeare sólo se aprecia realmente en el klingon original.

Gracias a un comentario de Anxo Varela aquí tenemos al grupo Stovokor, que no hace sino confirmar el interés cada vez mayor de la cultura klingon entre nosotros:





-SuperSantiEgo

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9.11.09

Mis favoritos: los porteros Ricardo y Charli

Sin lugar a dudas los mejores. Humor con muy mala baba:





Y aquí tenéis la versión italiana:

-SuperSantiEgo

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2.11.09

Gonder Coman en dibujos animados. ¿Pero de dónde ha salido el avión?

Bueno, ya sabemos todos que lo de la peli de Wonder Woman, posiblemente dirigida por Josh Weddon, no llegó a nada. Lo más probable es que le le hubiese quedado algo chulo, eso es innegable.

Así que en el mismo 2009 ha salido una peli de dibujos animados que nos cuenta lo que es más o menos el origen, bastante mitológico y que se ve muy influido por la versión de Gerorge Perez, del personaje, y la típica zurra a base de bien entre las amazonas y los malos. La película dura apenas hora y cuarto, así que para más no da. Visible, y realmente curiosa porque en un aspecto no se corta un pelo: las amazonas son guerreras y van a la guerra, así que prácticamente al minuto de empezar ya tenemos una decapitación, y al final un desembarco desde las negras y cóncavas naves en plan Omaha Beach, que queda bastante resultón.

Por lo demás hay algo de mensaje feminista, pero sin pasarse, ya me entendéis, y una frase para la posteridad:

Presidente de los EEUU: Entonces, ¿quiénes son ésas que luchan?

Asesor presidencial: Creo que... un ejército de supermodelos con armaduras.

También hay algún diálogo subido de tono para una producción de este tipo y una amenaza de castración a Steve Trevor. Cómic para chicas, dicen... Una tribu de buenorras vestidas de metal y dedicadas al culto de Diana y al amor por la prójima. Seguro, seguro...

Por cierto que hay incluso una novelización de esta película de dibujos animados, lo que me deja anonadado. Lo de las novelizaciones de películas siempre me ha parecido un misterio (hay una hasta de Demolition man, con eso os lo digo todo), pero llegar a estos estremos... Y no creáis, hay más de un ejemplo de novelización del género superheroico, y la verdad es que por lo que he leído y lo que se comenta por todas partes, es que no hay por dónde cogerlas.

Sólo me quedó una duda: ¿de dónde sale el avión invisible? Porque aparece literalmente por las buenas y sin venir a cuento.

¿Lo hizo un mago?

En fin, que es muy duro ser Wonder Woman.

-SuperSantiEgo

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