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16.4.09

Warlord y Bruce Jones. Rectificar es de sabios

Y yo, aunque sabio no soy o eso me imagino, no soy el que en esta ocasión se la tiene que envainar.

¿Os acordáis, por ventura, de que hará un tiempecito dirigí mi justa cólera a uno de los cagarros más infames que he tenido la desgracia de leer en cómic? Habría que aclarar, eso sí, que yo en esa crítica me refiero a los 10 números que tuve la mala idea de comprar como vol 2 del personaje, y en realidad sería el vol 3 pues se considera que la miniserie de 1992 es ese vol 2.

En DC parece que han querido reflexionar un poquito y han decidido sacar un vol 4. Y el guionista va a ser... ¡Mike Grell! ¡Ele, como debe de ser, el único que le dado el salero que se merece a Travis Morgan! Naturalmente, pasa como de deglutir mierda de ese infausto vol 3 y retoma el personaje donde lo dejó, es un tío que de no haber vivido desde 1969 en Skartaris tendría más de ochenta años, se casó con la princesa como está mandado y tiene por mascota a una mujer gato que se llama Shakira. Las portadas las hace el mismo Mike.

¡Apartaos, cansinos! ¡Coño ya!

De momento sólo me he leído el primer número, que más no hay, pero la cosa promete, por lo menos, tener algo de enjundia. ¡El chuleta de Morgan ha vuelto! ¡Esperad lo inesperado!

El autor principal de ese desaguisado que fue el vol 3 es nada menos que Bruce Jones, autor de amplia trayectoria que cuando escribió el guión de ese vol 3 debía estar sufriendo un mal viaje de peyote. Bueno, hasta los mejores echan un borrón de vez en cuando, así que tampoco seamos demasiado crueles. Pues parece que Bruce Jones se ha puesto las pilas y en la maxiserie de La Guerra que el Tiempo Olvidó lo está haciendo francamente bien. El título evoca claramente la obra de Burroughs La Tierra que el Tiempo Olvidó, donde salían dinosaurios y esas cosas, seguro que os acordáis. En realidad el cómic no es nuevo, y existió hace tiempo con su propia cabecera.

¡Necesitas una endodoncia pero ya!

Como últimamente en DC la consigna es desempolvar el fondo de armario, al final le tocó también a esta serie, y como el muchacho ya tenía experiencia en cosas similares, la ha guionizado Bruce Jones, que ha contado con todo el material de derribo del catálogo de DC para ponerlos a partirse los piños con todo tipo de lagartos hiperdesarrollados. Y no es por hacer de menos a los personajes, pero vamos, excepto el As Enemigo, a poca gente le sonarán Firehair, Tomahawk, Gladiador Dorado, El Príncipe Vikingo y G.I. Robot. No niego que no sean entrañables, pero vaya figuras. A mí en particular lo que más me gusta es la cara de espanto del pobre Hans von Hammer, que parece estar diciendo: "¡¿Pero yo qué pinto aquí, a ver, si sólo soy una copia del Barón Rojo?!"
Mutter! ¡Haz que me despierte!

¿Que si está bien, me preguntáis? Pues la verdad es que la mar de majo: dinosaurios, tíos de distintas épocas dándose de galletas, una señora que sale de una nave espacial con el típico mono de una sola pieza de la cabeza a los pies y una isla fantástica así a lo Perdidos. Si con eso no te sale algo divertido, retírate. Vamos, que aquí el Bruce Jones se ha portado.


-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 7:00 AM 5 estupefactos enlaces a esta entrada

14.4.09

Libro. Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. Un clásico injustamente olvidado.

Probablemente si empiezo diciendo que 1984 de Orwell es un plagio, más de uno me saltará a la yugular, pero si ponemos las cosas en su contexto y recordamos que el mismo Orwell reconoció que se basó en la obra que el ruso Zamiatin escribió en 1922, y que leyó en una traducción al francés, tampoco será para tanto.

Además, habrá que definir lo que es plagio. Plagiar es copiar a mala leche, por regla general mal y sin citar la fuente. También hay que recordar que la copia pura y dura no sólo no estaba mal vista hasta el Romanticismo, que impuso la idea de la originalidad del autor, sino que se consideraba la esencia misma del arte: copiar lo bueno no era sino sentido común y respeto a la tradición. Shakespeare básicamente era lo que hacía: tomaba una historia que le gustaba y la contaba a su modo y poniendo cosas de su cosecha, y como el muy perfidoalbionés era un genio tenía la mala costumbre de mejorar lo copiado. Por eso no es de extrañar que en nuestro Siglo de Oro hubiese obras de teatro con argumentos tan parecidos, y a nadie se le caían los anillos por basarse en la obra de otro. Se consideraba incluso lo más normal. A día de hoy en Japón, como describe Lessing en Cultura Libre, siguen siendo habituales las series manga que son descarados plagios unas de otras (Dojinshi), y no pasa nada en absoluto. Y como todo el mundo sabe el pícaro de Stan Lee plagió a diestro y siniestro y fusionó distintos personajes incluso copiando los nombres originales... pero oye, le quedó muy bien. A día de hoy, sin ir más lejos, el género de fantasía heroica se basa en apenas dos o tres autores cuyos esquemas y personajes arquetípicos se repiten una vez y otra, y ahí están ganando dinero a espuertas sin que pase nada.En muchos aspectos, por tanto, Nosotros de Zamiatin es la protodistopía en la que luego se basará la más famosa de todas ellas, 1984, editada en 1949. El autor de la otra obra igual de famosa, Aldous Huxley, sin embargo, aseguró que no había leído la obra del ruso antes de escribir Un mundo feliz, de 1932, y desde luego parece que así fue dado la diferencia de tono de la obra y su intención. Lo mismo podríamos decir de la que yo personalmente considero la tercera distopía más grande, Farenheit 451, de 1953. Creo que también al final Ayn Rand tuvo que admitir a regañadientes que fue su fuente de inspiración para escribir ¡Vivir!, ¿pero a quién con dos dedos de frente le importa lo que escribió esa señora? También, por supuesto, no podemos olvidarnos obras anteriores como El Talón de Hierro, de Jack London, escrita en 1908, en la que se nos presenta el fracaso de una revolución socialista que derivará en una distopía en la que durante siglos triunfará la Dictadura del Empresariado, y como siempre no debemos dejar de decir que es el padre tanto de la utopía como de la distopía es Tomás Moro, que a su vez se inspiró en modelos clásicos. Posteriormente el cine también crearía sus propias distopías, aunque en ocasiones se les suele ver el plumero y que se basan en mayor o menor medida en los modelos citado: THX 1138, Demolition Man (divertidísima), Equilibrium, El dormilón, etc. Adaptaciones de 1984 hay varias, y quizá algún día hable de ellas, e incluso hay un telefilme alemán de 1981, Wir, que adapta Nosotros, y del que no conseguido ni una sola imagen. Y después dicen que todo está en Internet...

Zanjemos el asunto repitiendo con el tocayo de Zamiatin, Eugenio d'Ors, que lo que no es tradición es plagio, y vayamos a la novela. Curiosamente, de ella sé de su existencia desde el mismo momento que leí 1984, porque antes incluso de esa fecha leí la edición de Círculo de lectores, que guardo como oro en paño junto a su gemelo Rebelión en la granja. En el prólogo de Manuel Vázquez Montalbán se cita a Nosotros, de Zamiatin, pero al ser una obra poco popular no me la he encontrado hasta hace poco.

Al leer Nosotros, son muchas las cosas que nos van a sonar de la obra de Orwell. La narración es también el relato en primera persona de un miembro de un futuro Estado Único perfectamente ordenado y regulado que surgió después de la Guerra de los Doscientos Años. Los miembros de este Estado Único no se autodenominan ciudadanos, ni camaradas, sino números, y en vez de nombres se refieren unos a otros por códigos alfanuméricos, impares para los hombres y pares para las mujeres, detalle que muchas veces se repetirá en obras de ciencia-ficción como la ya citada THX 1138. Se rinde tributo a la absoluta racionalidad y a la ciencia, especialmente a las matemáticas. El protagonista, D-505, es además el ingeniero principal del Integral, una nave que se supone que llevará las leyes del Estado Único a todos los rincones del universo perdidos en la irracionalidad y que todavía sufren "la lacra de la libertad". El creador del Integral escribe esas crónicas de su vida como saludo a los nuevos futuros números del Estado Único.

El tono que imprime Zamiatin a su obra es irónico, y en más de una ocasión incluso paródico. Esto está completamente ausente en la obra de Orwell, cuya intención declarada es presentar un estado ominoso, gris y opresivo del que no es posible escapar. Las ciudades donde viven los números están hechas completamente de una especie de cristal sintético o polímero que hace que incluso las casas sean transparentes y todo el mundo pueda ver lo que hace cualquier vecino en todo momento. La única privacidad que se puede conseguir es por medio de los papeles rosa: cada número es analizado al llegar a la pubertad y se le asigna un cierto número de billetes rosas, que luego puede intercambiar con personas del otro sexo, a las que "están abonados". Aunque queda de forma muy difuminada en la novela, la reproducción debe ser un asunto completamente a cargo del Estado y fuertemente regulado, de modo que los embarazos clandestinos están severamente penados. El narrador no hará nunca la más mínima referencia a su padre ni a su madre, y parece que, como el resto de los números, ha sido educado en grandes colegios estatales guiados por inteligencias artificiales.
Estas ciudades de cristal están completamente reguladas, son frías y asépticas, y están separadas de la naturaleza por el Muro Verde. La alienación de esta sociedad futura es completa, e incluso se cita que la alimentación es a base de nafta, pues siempre existió la posibilidad teórica de extraer alimento del petróleo. Después de esa Guerra de los Doscientos Años los números viven en sus ciudades de cristal bajo el mando del Benefactor y vigilados por los clandestino Protectores, que inmediatamente recuerdan a la Policía del Pensamiento. Pero esta sociedad no está dividida en explotados y explotadores, sino que todos viven más o menos igual y parece que nadie tiene privilegios, a diferencia del Partido Interno de 1984: es una sociedad completamente uniformizada, donde todos pasean sincrónicamente por la calle, como una colonia de hormigas (a esto hay una referencia en Demilition Man), o como las filas de proletarios sin futuro de Metrópolis, de 1927, escrita primero como novela por Thea von Harbou y luego llevada al cine por su marido Fritz Lang..

Lo que sí que hay es una división que surge de esa Guerra de los Doscientos Años. Curiosamente el Estado Único pretende llevar las bondades de sus leyes más allá del planeta, pero parece ignorar que fuera de ese Muro Verde están los descendientes de los que perdieron esa guerra, y que se hacen llamar los Mephi, se supone que apócope de Mefistófeles, otra explicación no le encuentro. Del mismo modo que los habitantes de la ciudad de cristal son cada vez más delicados e incluso el protagonista se averguënza de que sus manos sean demasiado peludas, los Mephi viven como buenos salvajes en contacto con la naturaleza, montan en caballos salvajes y sus mismos cuerpos muestran una considerable tendencia a estar cubiertos de pelo. Igual que en La máquina del tiempo de H. G. Wells (cuyo argumento lleva implícita una distopía), la humanidad parece haberse dividido en dos nuevas especies irremediablemente separadas. Algo semejante a esto se veía también en la película Zardoz, en la que unos aristócratas agilipollados vivían separados del resto de la humanidad que consistía en bandas de bárbaros entre los que se encontraba Sean Connery luciendo un conjunto arrebatadoramente sexy.

No me he podido resistir a ponerlo, entendedme.
(Bueno, luego se disfrazó de oso de peluche en Los vengadores, que no sé lo que es peor.)

Igual que en 1984, aquí el detonante de la caída del personaje en manos de la rebelión u oposición al Estado Único, será una mujer de los Mephi inflitrada, a la vez que el Estado Único prepara el último paso en lo que será la completa sumisión del individuo a la voluntad del Estado. El final no os lo voy a contar, pero es digno de una de las novelas de la Saga de los Aznar. Y que conste que lo digo desde el punto de vista positivo.
-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 8:06 PM 7 estupefactos enlaces a esta entrada