Libro. Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. Un clásico injustamente olvidado.
Probablemente si empiezo diciendo que 1984 de Orwell es un plagio, más de uno me saltará a la yugular, pero si ponemos las cosas en su contexto y recordamos que el mismo Orwell reconoció que se basó en la obra que el ruso Zamiatin escribió en 1922, y que leyó en una traducción al francés, tampoco será para tanto.Además, habrá que definir lo que es plagio. Plagiar es copiar a mala leche, por regla general mal y sin citar la fuente. También hay que recordar que la copia pura y dura no sólo no estaba mal vista hasta el Romanticismo, que impuso la idea de la originalidad del autor, sino que se consideraba la esencia misma del arte: copiar lo bueno no era sino sentido común y respeto a la tradición. Shakespeare básicamente era lo que hacía: tomaba una historia que le gustaba y la contaba a su modo y poniendo cosas de su cosecha, y como el muy perfidoalbionés era un genio tenía la mala costumbre de mejorar lo copiado. Por eso no es de extrañar que en nuestro Siglo de Oro hubiese obras de teatro con argumentos tan parecidos, y a nadie se le caían los anillos por basarse en la obra de otro. Se consideraba incluso lo más normal. A día de hoy en Japón, como describe Lessing en Cultura Libre, siguen siendo habituales las series manga que son descarados plagios unas de otras (Dojinshi), y no pasa nada en absoluto. Y como todo el mundo sabe el pícaro de Stan Lee plagió a diestro y siniestro y fusionó distintos personajes incluso copiando los nombres originales... pero oye, le quedó muy bien. A día de hoy, sin ir más lejos, el género de fantasía heroica se basa en apenas dos o tres autores cuyos esquemas y personajes arquetípicos se repiten una vez y otra, y ahí están ganando dinero a espuertas sin que pase nada.En muchos aspectos, por tanto, Nosotros de Zamiatin es la protodistopía en la que luego se basará la más famosa de todas ellas, 1984, editada en 1949. El autor de la otra obra igual de famosa, Aldous Huxley, sin embargo, aseguró que no había leído la obra del ruso antes de escribir Un mundo feliz, de 1932, y desde luego parece que así fue dado la diferencia de tono de la obra y su intención. Lo mismo podríamos decir de la que yo personalmente considero la tercera distopía más grande, Farenheit 451, de 1953. Creo que también al final Ayn Rand tuvo que admitir a regañadientes que fue su fuente de inspiración para escribir ¡Vivir!, ¿pero a quién con dos dedos de frente le importa lo que escribió esa señora? También, por supuesto, no podemos olvidarnos obras anteriores como El Talón de Hierro, de Jack London, escrita en 1908, en la que se nos presenta el fracaso de una revolución socialista que derivará en una distopía en la que durante siglos triunfará la Dictadura del Empresariado, y como siempre no debemos dejar de decir que es el padre tanto de la utopía como de la distopía es Tomás Moro, que a su vez se inspiró en modelos clásicos. Posteriormente el cine también crearía sus propias distopías, aunque en ocasiones se les suele ver el plumero y que se basan en mayor o menor medida en los modelos citado: THX 1138, Demolition Man (divertidísima), Equilibrium, El dormilón, etc. Adaptaciones de 1984 hay varias, y quizá algún día hable de ellas, e incluso hay un telefilme alemán de 1981, Wir, que adapta Nosotros, y del que no conseguido ni una sola imagen. Y después dicen que todo está en Internet...
Zanjemos el asunto repitiendo con el tocayo de Zamiatin, Eugenio d'Ors, que lo que no es tradición es plagio, y vayamos a la novela. Curiosamente, de ella sé de su existencia desde el mismo momento que leí 1984, porque antes incluso de esa fecha leí la edición de Círculo de lectores, que guardo como oro en paño junto a su gemelo Rebelión en la granja. En el prólogo de Manuel Vázquez Montalbán se cita a Nosotros, de Zamiatin, pero al ser una obra poco popular no me la he encontrado hasta hace poco.
Al leer Nosotros, son muchas las cosas que nos van a sonar de la obra de Orwell. La narración es también el relato en primera persona de un miembro de un futuro Estado Único perfectamente ordenado y regulado que surgió después de la Guerra de los Doscientos Años. Los miembros de este Estado Único no se autodenominan ciudadanos, ni camaradas, sino números, y en vez de nombres se refieren unos a otros por códigos alfanuméricos, impares para los hombres y pares para las mujeres, detalle que muchas veces se repetirá en obras de ciencia-ficción como la ya citada THX 1138. Se rinde tributo a la absoluta racionalidad y a la ciencia, especialmente a las matemáticas. El protagonista, D-505, es además el ingeniero principal del Integral, una nave que se supone que llevará las leyes del Estado Único a todos los rincones del universo perdidos en la irracionalidad y que todavía sufren "la lacra de la libertad". El creador del Integral escribe esas crónicas de su vida como saludo a los nuevos futuros números del Estado Único.
El tono que imprime Zamiatin a su obra es irónico, y en más de una ocasión incluso paródico. Esto está completamente ausente en la obra de Orwell, cuya intención declarada es presentar un estado ominoso, gris y opresivo del que no es posible escapar. Las ciudades donde viven los números están hechas completamente de una especie de cristal sintético o polímero que hace que incluso las casas sean transparentes y todo el mundo pueda ver lo que hace cualquier vecino en todo momento. La única privacidad que se puede conseguir es por medio de los papeles rosa: cada número es analizado al llegar a la pubertad y se le asigna un cierto número de billetes rosas, que luego puede intercambiar con personas del otro sexo, a las que "están abonados". Aunque queda de forma muy difuminada en la novela, la reproducción debe ser un asunto completamente a cargo del Estado y fuertemente regulado, de modo que los embarazos clandestinos están severamente penados. El narrador no hará nunca la más mínima referencia a su padre ni a su madre, y parece que, como el resto de los números, ha sido educado en grandes colegios estatales guiados por inteligencias artificiales.
Estas ciudades de cristal están completamente reguladas, son frías y asépticas, y están separadas de la naturaleza por el Muro Verde. La alienación de esta sociedad futura es completa, e incluso se cita que la alimentación es a base de nafta, pues siempre existió la posibilidad teórica de extraer alimento del petróleo. Después de esa Guerra de los Doscientos Años los números viven en sus ciudades de cristal bajo el mando del Benefactor y vigilados por los clandestino Protectores, que inmediatamente recuerdan a la Policía del Pensamiento. Pero esta sociedad no está dividida en explotados y explotadores, sino que todos viven más o menos igual y parece que nadie tiene privilegios, a diferencia del Partido Interno de 1984: es una sociedad completamente uniformizada, donde todos pasean sincrónicamente por la calle, como una colonia de hormigas (a esto hay una referencia en Demilition Man), o como las filas de proletarios sin futuro de Metrópolis, de 1927, escrita primero como novela por Thea von Harbou y luego llevada al cine por su marido Fritz Lang..Lo que sí que hay es una división que surge de esa Guerra de los Doscientos Años. Curiosamente el Estado Único pretende llevar las bondades de sus leyes más allá del planeta, pero parece ignorar que fuera de ese Muro Verde están los descendientes de los que perdieron esa guerra, y que se hacen llamar los Mephi, se supone que apócope de Mefistófeles, otra explicación no le encuentro. Del mismo modo que los habitantes de la ciudad de cristal son cada vez más delicados e incluso el protagonista se averguënza de que sus manos sean demasiado peludas, los Mephi viven como buenos salvajes en contacto con la naturaleza, montan en caballos salvajes y sus mismos cuerpos muestran una considerable tendencia a estar cubiertos de pelo. Igual que en La máquina del tiempo de H. G. Wells (cuyo argumento lleva implícita una distopía), la humanidad parece haberse dividido en dos nuevas especies irremediablemente separadas. Algo semejante a esto se veía también en la película Zardoz, en la que unos aristócratas agilipollados vivían separados del resto de la humanidad que consistía en bandas de bárbaros entre los que se encontraba Sean Connery luciendo un conjunto arrebatadoramente sexy.
No me he podido resistir a ponerlo, entendedme.(Bueno, luego se disfrazó de oso de peluche en Los vengadores, que no sé lo que es peor.)
Igual que en 1984, aquí el detonante de la caída del personaje en manos de la rebelión u oposición al Estado Único, será una mujer de los Mephi inflitrada, a la vez que el Estado Único prepara el último paso en lo que será la completa sumisión del individuo a la voluntad del Estado. El final no os lo voy a contar, pero es digno de una de las novelas de la Saga de los Aznar. Y que conste que lo digo desde el punto de vista positivo.
-SuperSantiEgo
Etiquetas: Crtiquilla literaria



























7 Comentarios:
Me he quedado de piedra, no sabía nada de este libro (ni de "la saga de los Aznar", por cierto).
Bueno, ya sabéis que La Realidad Estupefaciente te enseña, la Realidad Estupefaciente entretiene... y yo os digo contento, ¡hasta la entrada que viene!
Vale... AHora tendré que buscar todas las novelas de la saga... Espero que esté contento de hacerme gastar mi dinero...
La Saga de los Aznar se publicó originalmente en novelitas populares de bolsillo, aunque creo que algunas recopilaciones se han publicado en formato libro. También hay dos adaptaciones al cómic, una en blanco y negro y otra en color, disponibles si no me equivoco en el Perfil Bajo.
Es una ciencia ficción un tanto atípica y separada de las grandes influencias clásicas, y por lo tanto muy original. Space Opera en estado puro y sin cortar.
Pues menos mal que no cuentas el final, porque precisamente estoy leyéndolo estos días.
Y nada de risitas con el gran bigotón, que con las pintas que gasta en Zardoz (aunque la peli sea algo flojita) sólo se pueden sentir amor y respeto por él.
¿Ah, pero zardoz iba de algo?
No sé, yo lo único que recuerdo es mi risa descontrolada a lo largo del noventa por ciento de su metraje.
Zardoz tretaba de una sociedad futura tan extraña a nuestra propia experiencia antropológica que no era posible entender nada de ella.
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