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30.3.09

Libro: Los cuarenta días del Musa Dagh, de Franz Werfel

Novela tocha, densa y de las de pocas concesiones con el lector. Son nada menos que 830 páginas muy bien escritas que narran una de las resistencias heroicas del pueblo armenio contra el genocidio que se cometió sobre ellos durante la Primera Guerra Mundial.

Pongámonos en situación: una de las consecuencias de la Primera Guerra fue la desaparición de dos Imperios cuyos orígenes eran poco menos que antediluvianos. El Imperio Austrohúngaro es el último rescoldo, maquillado y medio tramposo, que sobrevivió del Sacro Imperio Romano-Germánico fundado por Carlomagno y finiquitado por Napoleón en 1806, y el Imperio Turco, la Sublime Puerta, fue el que se encargó de dar matarile al Imperio Romano de Oriente allá por el siglo XV, con la inapreciable ayuda de los reinos cristianos de occidente que durante siglos lo fueron ablandando y ninguneando a base de bien. Ambos imperios, estaba claro, no sólo eran restos del pasado, sino que molestaban bastante a las nuevas potencias mundiales. En el caso del Imperio Turco, su derrota y desmembramiento explica muchos de los acontecimientos históricos que ocurrirán durante el siglo XX a lo largo de la zona antes dominada por ellos, e incluso crea la base que permitirá treinta años después la existencia del Estado de Israel.

Para resumir un poco lo que atañe a esta novela, todo empieza en el Congreso de Berlín de 1878 que dirime las diferencias territoriales entre el Imperio Turco y el Ruso, uno de sus grandes antagonistas, tras la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878. Armenia pasa a estar dividida ente estos dos imperios, de modo que hay armenios rusos y armenios turcos. Uno de los protagonistas de la novela es un desertor del ejército turco, al que llaman "el ruso". Con esta guerra y su posterior tratado para darle fin empieza el declive definitivo de un imperio que ya estaba en completa decadencia desde hacía siglos. Sin embargo, como podréis deducir fácilmente sólo con leer esos artículos de la Wikipedia, las potencias europeas hicieron lo posible para evitar la caída definitiva del Imperio Otomano y la conquista de Estambul por los rusos, si eso conllevaba un fortalecimiento de la influencia rusa en la zona. Al final de la Primera Guerra Mundial, con Turquía derrotada y Rusia en plena guerra civil después de la Revolución de Octubre, sí era el momento adecuado para repartirse el pastel, sobre todo entre Francia e Inglaterra, máxime cuando ya estaba despuntando la industrial del petróleo y se adivinaba el potencial de los yacimientos de la zona. Por especular un poco si el Imperio Otomano hubiese sobrevivido tal cual era, algo harto improbable, ahora sería sin duda la nación más rica de la tierra en cuanto a recursos naturales. A ese enorme ajedrez político de movimientos y contramovimientos, fintas dentro de las fintas, intereses y equilibrios de poderes, se le llamaba durante la segunda mitad del siglo XIX la Realpolitik o concierto entre las naciones, que precisamente se terminó de quebrar en esa Primera Guerra Mundial.

La novela refleja bastante bien lo que era en aquel entonces el Imperio Turco: un enorme territorio mal articulado que había intentado, sin conseguirlo, modernizarse varias veces. Aunque desde luego no vamos aquí a glosar las excelencias de la religión verdadera, el Islam consiguió lo que no había conseguido Europa: hacer convivir bajo las mismas fronteras a religiones incompatibles y claramente antagónicas, repartidas además entre varias etnias que no es que se tuvieran mucho cariño precisamente. Pero lo hizo de manera que las religiones minoritarias, aunque respetadas por lo menos en teoría, se tenían que organizar en ghettos y sus poblaciones especializarse en actividades en las que los pueblos musulmanes no sobresalían o por las que sentían poco apego. Aunque distintas reformas intentaron convertir al Imperio en un verdadero estado multinacional y multiconfesional donde nadie fuese discriminado por su raza o religión, esto no fue posible. El mismo movimiento de los Jóvenes Turcos o Ittihad, aunque reformista, era de tendencia marcadamente nacionalista turca y veía a esa etnia como la que estaba llamada a gobernar en exclusiva el Imperio, y eso conllevaba también la reafirmación del islamismo como parte de la conciencia nacional, circunstancia por cierto que se está repitiendo a día de hoy en la actual República de Turquía. Sus reformas, como convertir al sultán en una figura poco más que decorativa, no tuvieron efecto, los territorios eran levantiscos con fuertes tendencias nacionalistas, como Arabia, y una burocracia corrupta e ineficiente sumía la economía y toda actividad ciudadana en la apatía. Por si fuera poco, con un ejército anquilosado y pésimamente organizado se embarcaron en la Primera Guerra Mundial del lado de la Triple Alianza, y eso fue su perdición. La misma forma de entrar en la guerra, más propia de un arrebato que de una decisión meditada, demuestra el poco nivel de los gobernantes turcos de la época. Sencillamente, quisieron jugar en un liga que les venía ya demasiado grande.

El pueblo armenio afirma con orgullo, y parte de su razón tiene, que es una de las naciones más antiguas del mundo, y desde luego tiene razón al afirmar que fue el primer reino que convirtió al cristianismo en su religión oficial, la iglesia nacional armenia. También es sin duda uno de los pueblos más vapuleados de la historia.
Imagen del campamento armenio en el Musa Dagh.

La novela, en este contexto histórico, cobra toda su crueldad. Escrita en 1933 por Franz Werfel, escritor judío austríaco, se convirtió en esa década en una de las preferidas entre los judíos europeos, que veían en ese otro pueblo con el que geográficamente habían convivido tantos años un espejo en el que mirarse, y la novela fue mal vista por las autoridades nazis. Además, el Musa Dagh es también el reflejo de uno de los ejemplos más vívidos del nacionalismo judío: Masadá, una fortaleza en la que los zelotes resistieron durante dos años a las tropas romanas en el año 70 d C. En la Semana Santa de 1984 se emitió en España una serie de gran éxito sobre esos hechos históricos, donde los judíos demostraban su profunda raigambre hispánica al inmolarse como aguerridos numantinos. ¡Antes cadáver que romano! También habría que recordar que en uno de los episodios de Los Soprano hay una referencia a este hecho histórico, aunque en este caso con bastante sorna, pues cuando el apalizado judío jasídico les recuerda Masadá a los de la mafia italiana y les dice que los judíos siguen existiendo, mientras que dónde están los romanos, Tony Soprano le responde: "¡Los tienes delante, capullo!"

Obviamente la novela fue muy mal vista por el nuevo gobierno turco de Ataturk, que consiguió que no se hiciese una adaptación cinematógráfica en la época. Hasta hoy, el gobierno turco ha negado que las muertes de armenios durante la Primera Guerra Mundial fuese un genocidio, y no es difícil encontrar páginas en Internet que afirman que todo es una invención. Los argumentos son, curiosamente, muy parecidos a algunos de los que utilizan algunos de los negacionistas respecto al genocidio de los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Los negacionistas de la Shoá dicen que obviamente murieron muchos judíos, pero que no hubo un plan premeditado, sino que murieron por el trabajo duro y las malas condiciones de los campos, y que las cifras están muy hinchadas. Igual que cualquier historiador serio sabe que eso es una patraña, ya en la época en la que se escribió esta novela se sabía que las deportaciones de los armenios no hacían sino encubrir un genocidio, definido en la novela con la estremecedora frase "El fin último de las deportaciones de los armenios no es sino la nada". Cuesta comprender el grado de perversión de alguien capaz de mandar a aldeas enteras a los caminos en marchas forzadas desde Siria y la parte occidental del imperio a la actual Irak, sin darles apenas agua ni comida, bajo un sol de justicia. Werfel nos habla de filas interminables de deportados que se veían obligados a dejar los cadáveres de sus familiares en las cunetas, y los pocos que llegaban a su "destino" murieron de inanición cerca del Éufrates. A los hombres sanos y jóvenes se los utilizó para las obras públicas durante un tiempo, y una vez no se sabía lo que hacer con ellos los fusilaban al borde del camino.
Combatientes armenios en el Musa Dagh.

Aunque obviamente Werfel toma el partido de los armenios, no cae en el maniqueísmo fácil, y los personajes malvados muestran una frialdad absoluta en sus acciones, más estremecedora incluso que una impostación de su maldad. Tampoco cae en presentar el genocidio como un conflicto puramente religioso. Los que se aprovechan de la caída en desgracia de los armenios y se apoderan de sus casas y posesiones son la capa más baja del mismo pueblo turco, envidiosa de sus vecinos, y hasta los mismos kurdos fueron utilizados contra los armenios, con lo que llega uno a la conclusión de que el ser humano no tiene remedio. Además de los misioneros occidentales muchos musulmanes piadosos ayudaron a los armenios, o les concedieron refugio, y vieron el exterminio de los armenios, un pueblo del libro, como una ofensa a Alá. Pero Werfel tampoco se queda ahí: algunas autoridades religiosas criticaron esas políticas no sólo por caridad o indignación por la muerte de inocentes, sino que vieron en ello una oportunidad de criticar al gobierno de los Jóvenes Tucos y algunas de sus innovaciones políticas que entraban en conflicto con el tradicionalismo que ellas defendían. Uno de estos personajes avergonzados por el trato al pueblo armenio no duda en hacer una defensa de la Umma por encima de todo sentimiento nacionalista: “El nacionalismo es la herida abierta y quemante que Allah deja en el corazón humano cuando lo expulsan de él”.

En varios lugares del imperio, aprovechándose de la misma debilidad y desorganización interna, algunos armenios intentaron escapar a la deportación y muerte. Los que pudieron, obviamente escaparon, se refugiaron en embajadas europeas o huyeron con pasaportes falsos, hubo familias que sobrevivieron en sótanos o buhardillas como intentó hacer la familia de Anna Frank y en algunos casos incluso se atrincheraron como pudieron en sus pueblos para evitar la deportación. Una de las resistencias más exitosas fue la del Musa Dagh, el Monte de Moisés. De la descripción de los preparativos para el asedio, hasta la liberación por parte de barcos ingleses y franceses, es de lo que trata esta novela, y su éxito dio a conocer a nivel mundial de tal manera este genocidio que paradójicamente su autor, un judío austríaco, está considerado como un héroe nacional armenio.
Sello de correos armenio en honor a Franz Werfel.

Lo primero que hay que entender es que esta obra no es una novela-documento, ni una novela de no ficción que intenta narrar los hechos exactamente como fueron. Son hechos novelizados basados en el verdadero asedio, pero Werfel se toma las libertades necesarias para contar la historia que él desea. El asedio no duró cuarenta días, sino cincuenta y tres, pero se utiliza ese número por la importancia bíblica que tiene. Más sorprendente es quizá saber que el protagonista, Gabriel Bagradian, no existió en absoluto. El verdadero director de la resistencia en el Musa Dagh se llamaba Moisés Derkalousdian y murió en 1986 después de haber sido diputado en el gobierno de Líbano. Lo básico, desde luego, sí es cierto: existió el asedio, las pasaron canutas por el hambre y por los ataques del ejército, y al final los supervivientes fueron salvados.

La familia protagonista, los Bagradian, no sólo tienen un apellido que evoca al de un antiguo rey armenio, sino que en ellos se intenta compendiar la experiencia de ese pueblo y de su circunstancia a principios del siglo XX. Pueblo de antigua cultura, se dedicaba en el imperio turco a todo tipo de quehaceres, incluidos los agrícolas, y también a los comerciales e industriales. Muchos de los armenios adinerados enviaban a estudiar a sus hijos a Europa, o becaban a muchachos de las aldeas para que volviesen hechos médicos o ingenieros y aplicasen los nuevos conocimientos e hiciesen prosperar a la comunidad. Gabriel Bagradian es un diletante, un segundón de la familia Bagradian que no ha trabajado en su vida sino como estudioso, dedicado a la vida contemplativa y académica en París, donde se ha casado con una mujer de clase media alta. Totalmente integrado en el mundo europeo, vuelve a Siria cuando su generoso hermano mayor fallece, obligado por necesidad a encargarse del negocio que constituye la fortuna familiar. Bagradian se considera a pesar de todo un patriota (los armenios fueron llamados "el pueblo fiel"), y se alistó en la Guerra de los Balcanes como oficial de artillería. Al empezar la Primera Guerra Mundial se encuentra en la aldea ancestral de sus antepasados, Yogonuluk, a los pies del Musa Dagh, y piensa que su alistamiento es inminente, cuando empiezan a llegar los primeros rumores de los planes de deportación masiva.

El argumento básico sigue los hechos históricos: refugio y resistencia en el Musa Dagh, hasta que son rescatados por barcos franceses e ingleses. Pero lo importante es lo que nos cuenta sobre el drama humano en toda su crueldad, la relación de Grabriel con su hijo Esteban, un mocito parisino con el que Werfel empieza a establecer todo tipo de referencias bíblicas, a la vez que nos explica las relaciones sociales y de dependencia del mundo armenio tradicional. Gabriel es un hombre profundamente escindido: europeo de formación pero en el fondo totalmente arraigado en su cultura, está dispuesto a cumplir su deber militar incluso si eso implica enfrentarse a su patria de adopción a la que pertenece su esposa, y a la vez se rebela contra su gobierno cuando éste, en manos de unos locos inconsecuentes, decide planear el exterminio de su raza. Y mientras lucha contra los turcos, debe a su vez ser testigo de la descomposición lenta pero inexorable de la convivencia dentro del campamento de los armenios, reconcomidos por las pequeñas envidias y la carestía.

El tono de la novela es realmente apocalíptico, y no sólo por las numerosas citas que aparecen del último de los libros de la Biblia. Es el apocalipsis de un pueblo que no comprende lo que le ocurre y ni mucho menos por qué, y es el Apocalipsis personal de un hombre que ve cómo desaparece el mundo cultural, histórico y familiar que ha conocido, hasta ser despojado de todo lo que antes había sido, cuando Gabriel Bagradian comprende que su verdadero ser ha sido creado durante las duras pruebas del Musa Dagh.

El libro tiene muchas páginas y da para contar todas las peripecias del asedio, los heroísmos y las pequeñas traiciones, y para hacer un pequeño estudio incluso social: cuando los armenios se van al monte, nadie invita a irse con ellos a los desheredados que viven en el cementerio, tarados mentales y curanderas que ejercen a la vez de comadronas y plañideras, y cuando llegan los turcos tampoco nadie les hace caso, como si en el genocidio de su pueblo tampoco fuesen dignos de estar con él.

Otra parte importante es lo que ocurre fuera del Musa Dagh. En realidad su triunfo sólo se puede comprender gracias a la incompetencia de una policía inepta y un ejército incapaz de concebir una defensa fiera de unos aldeanos que se suponía irían mansamente al matadero. La ineficacia del aparato burocrático, y la propia vergüenza de su fracaso si se da a conocer lo que está ocurriendo en esa montaña, juega a favor de los armenios. Por otro lado, la comunidad internacional se indigna en parte por lo que se está haciendo con un pueblo cristiano en territorio de un país enemigo, e incluso en los países aliados de Turquía, como Alemania y Austria, las autoridades religiosas hacen todo lo posible para que la opinión pública sepa lo que está ocurriendo. Uno de los mayores valedores de la causa armenia, tanto en el propio Imperio Otomano como en su país, fue el sacerdote alemán Johannes Lepsius, cuya entrevista con Enver Pashá ocupa el capítulo quinto de la novela. Enver Pashá era el dictador de facto del imperio, y uno de los principales impulsores del genocidio, por el que fue juzgado in absentia después de huir al acabar la guerra. Acabó ofreciendo sus servicios al Ejército Rojo en la Guerra Civil Rusa, y fiel a sus principios los traicionó e intentó organizar su propio reino en los territorios zaristas cultural y religiosamente afines a los turcos, hasta morir mejor de lo que se merecía en una carga de caballería. El diálogo entre Enver Pashá, que se comporta en todo momento como un refinado y educado dandy, y el sacerdote, es absolutamente estremecedor e incluso profético, pues Lepsius en un determinado momento afirma que si su patria alguna vez hiciese algo parecido, renunciaría a ella. Lepsius tuvo suerte y murió pocos años después, así que no se vio obligado a cumplir su palabra.

Una vez rescatados algunos armenios, consumado el genocidio y acabada la Primera Guerra Mundial podríamos preguntarnos qué fue de ellos. Pues nada bueno. A muchos no les quedaron muchas ganas de volver a su antigua patria, y si ya antes del genodio eran un pueblo con presencia por casi todo el mundo, a día de hoy la mayor parte de los armenios no viven en sus territorios históricos, debido a la Diáspora Armenia. Eso explica por ejemplo que una vez en Madrid fuese yo a un restaurante armenio, donde por cierto me puse como el tenazas. Armenia fue un país independiente durante un breve período de tiempo aprovechando la descomposición del Imperio Turco, pero en 1920 fueron vencidos en la Guerra Turco-Armenia, y posteriormente se vieron invadidos por los soviéticos. Con ellos tampoco la vida fue un lecho de rosas, como con tantas otras minorías culturales y étnicas que tiraron como pudieron bajo la URSS. De todos modos tuvieron más suerte que los judíos, a los que Stalin amablemente "invitó" a instalarse, por las buenas o por las malas, literalmente allí donde da la vuelta el aire, el Óblast Autónomo Hebreo, que sin duda tiene la bandera más... alegre del mundo.

Actualmente Armenia es una república ex-soviética independiente desde 1991, y para no ser menos que nadie al año siguiente declaró la guerra a la musulmana Azerbaiyán, con lo que volvemos a que esta especie a la que todos pertenecemos no tiene remedio conocido.

Y ya para terminar con la crítica: sí, sin duda estamos ante un claro espécimen de novela titánica o titanovela.

-SuperSantiEgo

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Escrito por SuperSantiEgo at 6:29 AM

7 Comentarios:

Anonymous jmongil dijo...

¿Un restaurante armenio? Eso no me lo contaste.

¿Dónde está? ¿Caro? ¿Qué tal la comida?

30 de marzo de 2009 10:40  
Anonymous jmongil dijo...

¿La novela en cuestión está en rústica o tapa dura?

30 de marzo de 2009 10:43  
Blogger SuperSantiEgo dijo...

Fue en el 2003 ó 2004, en el cumpleaños de una amiga del piloto, y no recuerdo si era muy caro.

El libro está en rústica, pero es un tochazo y no sale barato.

30 de marzo de 2009 11:04  
Blogger Necio Hutopo dijo...

Un gighapost bien documentado... Se extrañaba uno de estos...

30 de marzo de 2009 12:13  
Blogger SuperSantiEgo dijo...

He de reconocer que algo de truco tiene: la mayor parte estaba escrita desde hace meses.

30 de marzo de 2009 13:04  
Anonymous Golias dijo...

Muy bueno. Tengo que dejarte un par de libros para que los critiques - alabes - destroces, lo que proceda. Hay algún ladrillo acerca del que me gustaría oír tu opinión. A ver si me acuerdo cuando nos veamos.

31 de marzo de 2009 11:45  
Blogger JB dijo...

¡Esto no se hace, hombre!

Ahora tengo un tocho más en mi pila de lecturas pendientes

¡malapersona!

2 de abril de 2009 14:57  

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