He visto Jesus Camp y ahora sí que es definitivo. ¡Me mudo de planeta!
Aunque no es éste el momento de explicar de forma completa algunas cosas, sí que debo empezar a lamentarme. Lleva uno toda su vida estudiando disciplinas científicas y humanísticas que, hasta donde yo sé, son fruto principalmente del pensamiento y de la civilización occidental (no hace falta escribirlo en mayúscula), aunque no exclusivo, y de unos años a esta parte surge como las setas un numerosísimo grupo de niñatos intelectualmente a medio destetar, supuestos “defensores de la Civilización Occidental” como ellos mismos se definen, que parecen ignorar que uno de sus más sagrados logros es precisamente la crítica despiadada a sus propios fundamentos, cuestionarlo todo y no dejar títere con cabeza sin importar las consecuencias. Porque si algo bueno ha dado al mundo esta civilización no es un conjunto de bonitas hazañas bélicas y un pasado lleno de violencia y pisoteos varios a todo lo que se le ha puesto por delante, sino la idea de que la única forma de avanzar es por medio de la reflexión constante sobre lo que se sabe y sobre lo que ha ocurrido: el método científico y la reflexión histórica. Tanto en un caso como en otro se presupone que ambos términos deben llevar implícita la coletilla “de calidad”, pues también hay mucha pseudociencia y mucho dogma histórico que no pasa de ser un credo que inculcar a la población de un país en concreto.
Sin embargo para muchos de estos salvacivilizaciones que pueblan sus blogs con imágenes grimosas de guerreros medievales y legionarios romanos lo único posible es seguir los desvaríos de esa buena señora, Oriana Falacci, y repetir como papagayos la tontería de Eurabia. Vamos, como si Occidente no se estuviese descomponiendo él solito desde hace siglos y destruyendo sus propias raíces. Se disuelve, y se vuelve a condensar en algo nuevo, como siempre. Llevamos, por poner una fecha, más de dos mil quinientos años haciéndolo. Y no nos ha ido del todo mal. Y que no me vengan ahora muchos con que estamos contemplando “la Decadencia de Occidente”, porque de eso ya habló Spengler hace casi cien años, y aquí seguimos. Hay que tener también mucho ojo con las recetas que nos quieren salvar de la “decadencia”, pues fue siempre tema muy querido por los fascismo europeos y sudamericanos, que buscaban “salvar el país” y “defender sus principios”. Tanto Hitler, como Mussolini, Franco y Videla se consideraron a su manera vacunas contra la decadencia moral y religiosa de los valores europeos, de los que sus respectivas patrias iban a ser ejemplo gracias a ellos.
Tenía razón el gran Pío Nono en su Syllabus Errorum: todo es malo, todo una mierda, todo hiede. Todo es un error: la ciencia, la libertad de cultos, la ciencia, el comunismo, el liberalismo, ¿he citado ya la ciencia? Garibaldi, Garibaldi, en un altar te deberíamos tener todos. Cuestionar es malo, pedir cuentas a la autoridad peor, sobre todo la carismática o tradicional, una aberración, y escarbar en los orígenes de los problemas que realmente aquejan al ser humano una acción abyecta, pues puede revelar que los responsables quizá sean los mismos individuos que supuestamente nos van a librar de todo mal. ¡Europa se rompe, nos decía Pio IX! ¡La sicalipsis nos invade! Pues mira que ha pasado tiempo desde 1864, y aquí seguimos. Su multinacional puede estar peor de lo que estaba entonces y haber perdido los Estados Pontificios, pero eso a mí no me preocupa.
En esta revolución neoconservadora que no hay MVE que la detenga todo es malo, sólo sirve “mirar hacia atrás”, a tiempos que falazmente se suponen más felices. Seguidores algunos, o eso dicen ellos, de Burke, muchos sueñan con devolver al mundo a los tiempos del Antiguo Régimen, o ya sin cortarse a la Edad Media. Al final todo se reduce a Señor y Sacerdote, Emperador y Papa, jefe tribal y chamán. ¿Para qué queremos más? Los “liberales” del espectro económico más pasado de vueltas llegan a algo más salvaje por distinto camino: el propietario como señor absoluto por ser precisamente propietario y ser la propiedad la única realidad objetiva que define lo humano, y fuente por tanto de su propio derecho, en un sistema que no se atrevería ni a proponer el más desmadrado de los defensores del feudalismo ni el darwinista social más impúdico. De la Fuerza es el Derecho a la Propiedad es el Derecho, de manera que cuanto más rico seas, más derechos tienes y mejor puedes hacerlos valer.
La dimensión crítica contra la propia cultura algunos de éstos no la entienden. Cuando nosotros decimos “crítica” lo decimos en el modo kantiano, o sea reflexión sobre algo, perfeccionamiento, destacar lo que está mal para que pueda ser enmendado. Vamos, la famosa “crítica constructiva”. No es criticar por criticar, desde luego, aunque la persistencia en el error obliga a que uno tenga que sacarse los guantes y empezar a arrear bien duro. Y en casos extremos, por qué no, filosofar a martillazos, con lo divertido que es. Pero no, cuando se es conservador y/o liberal de ese tipo todo se entiende mucho mejor: sólo se puede ser crítico con la Civilización Occidental si es para expurgarla de sus elementos espurios, o sea todo lo que no sea judeocristiano-helenorromano. Vamos, que ser un xenófobo ultranacionalista está bien... siempre que nos movamos en la escala de civilización. La sombra de Huntington es alargada, y ya hace quince años que propuso su “choque de civilizaciones”. Pequeños detalles como que “lo judeocristiano” sea una amalgama de creencias que va desde la antigua religión egipcia a mitos que nos llevan hasta la India y que por tanto Europa nació de cierto “multiculturalismo” no se deben tener en cuenta, claro. Discutir el asunto de “la identidad”, o “lo que es propio y original” es pecado mortal y ánimo de exclusión si hablamos de una autonomía o un país, pero pensamiento adamantino si hablamos de una civilización.
Así pues toda crítica interior y todo relajamiento, por pequeño que sea, en la cerrazón contra lo foráneo y en la certeza de que el mal de fuera es absoluto y sin fisuras, te convierte en un simpatizante del enemigo. Si te atreves a opinar que no todo lo musulmán es malo y consubstancialmente inferior a lo europeo y que mucha de la reacción antioccidental es provocada por nosotros mismos y nuestra política racista y predatoria en sus países desde hace siglos, eso te convierte en un islamista fascista como todos ellos, lo que coño que signifique eso. Ser maurófobo es a día de hoy tan popular como ser antisemita hace un siglo, y causa admiración destacar cualquier elemento depravado del Corán como antes descubrir enfurecido el origen de todo mal y el declive de la sacrosanta Europa en los estudios rabínicos y en el pensamiento degenerado de los judíos Marx, Freud y Einstein. Por supuesto, si no aceptas con todas sus consecuencias y de manera acrítica la existencia del estado sionista como los que ponen en sus blogs la etiqueta de “amigos de Israel”, eres tan malo como los que abrían la espita en las cámaras de gas de Auschwitz. En el caso español si no eres un Peón Negro y no odias con todo pensamiento, con toda intensidad de la mente y con cada potencia del espíritu a Zetapé, eres un progretarra, y en privado te ríes de las víctimas del terrorismo. No hay término medio ni lugar para la escala de grises. Blanco o negro. Conmigo, con nosotros, o contra mí, contra nosotros.
La combinación de ambos: un islamicoprogretarrafascista. Un enemigo de la Civilización Occidental. Ellos. Nosotros. Ya la hemos montado. Eso tampoco es malo del todo: una de las necesidades psicológicas básicas es sentirse perteneciente a un grupo. (Nota para los randianos y asimilados: Ya, ya sé: vosotros no. Pero es que vosotros vivís una existencia heroica realmente plena conscientes de vuestra libertad individual. Sois como la vida aristotélica: surgís por generación espontánea. O eso, o que como a todas las sectas os sobra lo que diga cualquier ciencia y os importa un pito lo que no esté en vuestras sagradas escrituras.) Y como el mundo lo entendemos por estructuras en oposición para que exista un “nosotros” tiene que haber un “ellos”. Pero, repito, eso no es malo por sí mismo: sé lo que es “mi familia”, nosotros, porque la entiendo como oposición a “ellos”, “familias de todos los demás”, y así mil ejemplos más. El “yo” se conforma por contacto e influencia de todos los demás “tú”, y una reunión de varios “yo” se instituye en “nosotros” al reconocerse elementos comunes, y entra en contacto y comunicación con un “ellos”, al que reconoce como “otro nosotros” para comunicarse con él, igual que el “yo” reconoce al “tú” como “a un yo que no soy yo”. Si es usted randiano, libertariano o libeggal que tampoco le importe que la psicología evolutiva en distintas escuelas considere que el desarrollo de la persona y de su sentido ético pase por un reconocimiento cada vez mayor de las necesidades del “otro yo” y la adopción de una postura más altruista ante los demás. Que no os preocupe que según la psicología vuestra propuesta de ser humano sea poco menos que un sociópata. Recuerden: todo es colectivismo, todo un error, todo es negación de la verdadera esencia egoísta del ser humano; y la ciencia, pues como decía Pio IX y dicen ahora los cienciólogos: cuidadito con ella, no nos vaya a contradecir, y sólo será buena en cuanto nos dé la razón en todo lo que decimos.
Lo maaaaaaalo es cuando el “yo”, y más frecuentemente el “nosotros”, sólo entiende al otro, la alteridad, como un recurso para medrar. El “ellos” no son “nosotros” por joder, o porque están equivocados, y por lo tanto “ellos” deberían ser “parte de nosotros”. Por tanto no debe haber un “ellos”, sólo un “nosotros”. Si “ellos” no se avienen a formar parte de “nosotros”, que se vayan preparando. “Ellos” deben ser asimilados a “nosotros”.
Qué tiempos aquéllos de los de “me importa cuatro pitos los dioses que adores”, y donde unos se convalidaban con los otros sin mayor problema. La religión revelada acabó con eso, y dio paso también a la institución definitiva del “conocimiento revelado” por medio de un “maestro”. Ni siquiera ahora nos hemos librado de eso, y seguimos con lo mismo una vez tras otra.
Bueno, creo que llegado a este punto ya habré aburrido a los elementos más subversivos y puedo entrar en materia.
El visionado de Jesus Camp no es sólo un motivo de echarse unas risas, que también, sino que puede llevarnos a una seria reflexión de muchas de las cosas que quieren colarnos las distintas oleadas conservadoras en Europa, un poco más difuminadas pero igualmente poderosas. El documental es relativamente “neutro” y no hay narración en off que nos vaya guiando y dando una explicación cargada de argumentos como en los documentales de Michael Moore. Sólo al principio y al final nos aparece un locutor de radio, Mike Papantonio, que aun siendo creyente critica a los evangélicos y oye la intervención de varios oyentes que dicen que lo que esos grupos predican no es precisamente lo que a ellos les enseñaron en la escuela ni en la iglesia. ¿Dónde está el amor por los semejantes, o la caridad? De eso nada veremos en el documental: Jesús sólo es salvador de los que quieren ser salvados a través de los legítimos representantes que nos dicen que ellos son esos representantes porque se lo ha dicho Jesús. Recordemos en este momento que hay que besarle el culo a Jorge porque, si no, nos llenará de mierda, y el famoso argumento circular que conlleva.
De lo único que oiremos hablar en el reportaje es de castigo divino, de que América es la tierra elegida por Dios y leña al mono. Seguiremos, brevemente, la vida de dos hermanos, que no sólo tienen más o menos la misma edad que Bart y Lisa Simpson, sino que se parecen extrañamente a ellos de forma realmente inquietante. En primer lugar, como tantos niños evangélicos, se educan en casa, no en la escuela, y naturalmente con libros de texto considerados aptos. Tienen todo tipo de materiales didácticos, como dvds interactivos en los que les enseñan que la evolución es una patraña y que hay un “diseño inteligente” que lo explica todo mucho mejor. En los EEUU se puede uno negar a escolarizar al niño y educarlo en casa, y de los padres que lo hacen en ese país el 75% son por razones religiosas. Es entonces cuando uno recuerda lo mucho que admiran esta “educación en casa” los libeggales españoles, con declaraciones altaneras del tipo “yo prefiero que mi hijo se eduque en casa con un profesor”. Seguro, con un pedagogos esclavo griego, porque o si no págale que no veas. La educación en familia es posible, en muchos casos, por el sacrificio de uno de los progenitores, que adopta un modelo de familia tradicional en la que no se sale de casa. Los niños, además, tienen así tiempo para dedicarse a hacer proselitismo, en especial la niña, que con voz de pito va diciendo a la pobre gente que no quería más que echar una partidita en la bolera “Dios te ama, y tiene unos maravillosos planes para ti”. Especialmente gracioso es cuando al final, ya en los títulos de crédito, se acerca con sus folletos a un grupo de negros arquetípicos sentados en unas sillas en un parque, ya mayores y barrigones, y cuando les pregunta que a dónde creen que irían si se muriesen ahora mismo, y le responde uno: “Al Cielo”. “¿Está seguro?” “Sí.” Vamos, es de ver la cara de mala leche que se le pone la niña. ¿Cómo se atreve esa gente a decir que sí?
Además de los dos niños la protagonista del documental es la reverenda especializada en niños Becky Fisher, con la que no sé ni por dónde empezar. Ya al principio del documental habla de los niños islámicos que en Pakistán e Israel se inmolan por Alá, y ni corta ni perezosa afirma que eso mismo quiere para sus niños, y que estén dispuestos a morir por Jesús. Y no le tiembla la voz al decirlo. Tampoco es de coña cuando una niña que va a asistir al campamento nos dice que sus grupos favoritos son de heavy metal cristiano, mientras luce una camiseta de “Mi papá está en el ejército”, y recuerda uno que en las mismas fuerzas armadas de ese país se ha tenido que crear una fundación que vele por la libertad religiosa de sus integrantes, pues reciben presiones constantes para convertirse en “cristianos renacidos”, y represalias si persisten en mantener sus prácticas religiosas “tibias” y no asisten a las reuniones que los proselitistas más activos convocan.
Pues esta Becky Fisher convoca a los niños en el campamento, a la orillas del Devil’s Lake (el Lago del Diablo, hay que joderse con el nombrecito). Y dice uno: Jason, manifiéstate. Jason, haz justicia. Pero si Jason hubiese visto lo que iba a ocurrir a continuación, habría escapado escandalizado. Entre juegos, risas, comida abundante y carreras con karts los niños son también adoctrinados con técnicas que son un verdadero lavado de cerebro, llevándolos a una tensión nerviosa que deviene en llanto incontrolable, visiones proféticas sobre una América triunfante en la que gobiernan los justos, etc, etc... Y se les recuerda a todos que son un ejército, que George W. Bush es el comandante elegido por Dios para hacer su tarea, y que son la generación más importante del país pues es la que asistirá al regreso de Cristo. Y, repitámoslo, todo eso a niños que están entre los ocho y los catorce años, más o menos. Jason era mucho menos cruel, la verdad: sólo te mataba de forma horrible, y tan amigos.
Aunque uno después de estudiar antropología se cree ya a salvo de los choques culturales más extremos, hay cosas para las que no está del todo preparado. Si bien en el mundo protestante hay una cierta fascinación por las práctica católicas y su densidad teológica, como los exorcismos y la transubstancialización, muchas veces plasmadas en películas, desde un mundo impregnado de catolicismo como el nuestro los excesos teatrales de estos pentecostalistas y demás miembros del movimiento carismático nos dejan poco menos que estupefactos. Vamos, que más nos parece un concierto de rock tirando a kitsch, y sencillamente ver al tipo en cuestión en el escenario-altar hablando a toda pastilla, contestándose a sí mismo e interpelando al público me recuerda más al animador de una rifa en las fiestas del barrio, o a un humorista sin la más mínima puñetera gracia. Detalles que vemos en el documental, como la práctica literalmente de la idolatría a una imagen de tamaño natural de Bush el Chico también sólo pueden causar un mal cuerpo de proporciones lovecraftianas y el deseo de ir a esconderse en la más profunda cueva del más remoto desierto. Claro que en nuestro entorno los famosos "ejercicios espirituales" según parece no se quedaban atrás.
La culminación es cuando la troupe se dirige a Colorado Springs, un sitio que debió quedar muy eléctrico después de todos los experimentos que hizo allí el señor Tesla, y vemos a un viejo amigo de este blog, Ted Haggard, al que ya conocimos cuando hablé de Dawkins y su reportaje de la BBC defendiendo el ateísmo, y que en poco tiempo se ha convertido ya en uno de mis ídolos. Pues aquí volvemos a verlo, antes de su caída en la mierda, afirmando que la Biblia dice muy clarito lo que es la homosexualidad, y otras lindezas. También veremos cómo afirma que los evolucionistas dicen que la gente son animales, que es lo que le echa en cara a Dawkins en el aparcamiento aunque no lo llegamos a oír, y recordemos también que una de las cosas que dice al rotweiller de Darwing es que uno de los mayores problemas de Europa es su islamización. En fin, nuevamente echemos mano de una de esas doctrinas pervertidas que nacieron a las infernales brasas de la Ilustración y recordemos que la psicología dice que la homosexualidad no es nada malo, pero el remordimiento crónico, la autorepresión, los delirios y la paranoia no acaban en nada bueno. Desde luego a Ted le debieron echar un mal de ojo los hermanos Lumiere, porque salió en dos películas antes de hundirse en la miseria.
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| Parecidos razonables | |
No voy a entrar en más detalles, animo a todo el mundo a verlo y sólo recordaré el momento en el que Becky con su equipo hace vudú positivo al sistema de sonido y alumbrado, y lo conmina a funcionar correctamente en el nombre de Yishus, y así poder explicar a los niños que no deben leer a Harry Potter, porque ningún brujo puede ir al cielo. Exactamente lo mismo que dice Ned Flanders a Rod! y Todd! en Los Simpson, con lo que cada día tengo más claro que lo que entendemos aquí y allí cuando vemos esa serie no tiene nada que ver.
Más vídeos de Jesus Camp en Youtube.
En definitiva, que se crea un “nosotros” opuesto radicalmente a un “ellos” que son todos los demás, todos los que no son como ellos, y que deben ser integrados al “nosotros” por su propio bien. De ahí el proselitismo beligerante, una forma suave de decir hinchar a la gente las narices y acosarla. Las amenazas, más o menos veladas, a todos los que se opongan a ser asimilados están presentes en mayor o menor medida. Una de las madres lo dice bien claro: “nosotros” somos los que amamos y seguimos a Jesús, y “ellos” todos los demás. Avisados estáis.
Y llegado ya a este punto retomaremos el tostón del principio, intentando justificarlo. Ya sé que es poner la venda antes de que se produzca la herida, pero me he puesto en la piel de esos salvacivilizaciones, que en no pocos casos apoyan acríticamente la política USA del partido republicano, sus agresiones y los abusos de Israel, con la misma candidez y falta de remordimiento que hace cuarenta años otros aceptaron sin temblarles la voz la Revolución Cultural China o la invasión de Hungría. Igual fascinación sienten por el derecho constitucional a llevar armas, sin pararse mucho en quién lo defiende y para qué, cuando los más interesados en ella no son los refinados neoyorkinos vecinos de Woody Allen ni los californianos surferos, sino los supremacistas, los más pasados de vueltas y toda una mezcolanza de fanáticos religiosos.
Del mismo modo podríamos recordar a los acríticos neocóns y neoliberales por qué coinciden algunos de sus planteamientos con los expresados por estos fanáticos religiosos que poco o nada tienen que envidiar a los seguidores de los ayatolás. De poco sirve, en efecto, hablar con uno de estos sujetos de la destrucción de la naturaleza en la que causalmente también vivimos y de cuya continuidad depende nuestra supervivencia, o la crisis energética que algunos pronostican que puede mandar al carajo a nuestra tan querida civilización tal como la conocemos. Para uno de estos evangélicos, muchos de ellos partidarios del creacionismo de Tierra joven, el asunto es irrelevante: Dios ha puesto en el mundo las ballenas que él consideró necesarias, ni una más ni una menos, y la Biblia, que es fuente de toda ley, dice que el hombre tiene derecho a hacer con la Tierra lo que le dé la gana. Del mismo modo hay justo el petróleo que Dios consideró que era necesario, así que podemos gastarlo sin problemas, y si además lo puso en buena medida en tierra de herejes, debe ser que nos quiere poner a prueba y que vayamos a hacernos con él en su nombre, del mismo modo que todos esos fósiles y pruebas del carbono 14 están para probar la fe de los auténticos creyentes. Además, ¿qué importa que el mudo se vaya al carajo, si no es más que otra prueba de que la Parusía está cerca?
Pues eso, pero algo parecido, defienden estos simpáticos personajes neos en sus páginas: si las especies se extinguen, están los museos para verlas y recordarlas, y si algunos científicos progres y malintencionados que no creen infinitamente en el ser humano dicen lo contrario, o hablan del cambio climático, se les intenta untar, y a ver quién defiende entonces que la verdad, científica o no, no depende del dinero que se invierte en ella. ¿O para qué creen que inventaron los think tanks hace casi cuarenta años Hayek y sus amigos muchimillonarios, sino para crear a golpe de talonario una verdad paracientífica que por chapucera, acrítica y metodológicamente nula no tenía cabida en el mundo académico internacional, según ellos copado por elementos socializantes y carcomidos por el virus del altruismo? No es de extrañar que a estas posturas económicas muchos las llamen “evangelistas del mercado” o “talibanes del mercado”. Eso sin olvidar que algunos de estos libeggales osan decir que para ellos las obras de Hayek o von Mises son como para por ejemplo los físicos los Principia Mathematica , y entonces sí que se le abren a uno las carnes. Vamos, hay una gran diferencia en cómo mira un físico la obra de Newton que como pueda mirar el componente de una secta de intepretación económica El Capital o la obra de los miembros de la escuela austríaca, también llamados neoescolásticos con muy mala leche y con toda la razón de mundo.
¿El mayor problema de Europa es que se está islamizando? Quizá. O quizá toda la mierda que nos viene en flujos y reflujos de nuestros primos del otro lado.
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| Friedrich August von Hayek fotografiado por su más mortal enemigo, que pretendía dar a entender que tenía ascendencia goblin. |
Naturalmente, toda crítica a estos seres suele ser respondida con un “¿Y por qué no criticas también a los terroristas musulmanes, ¿eh?” Pues porque eso se hace cuando toca, no cuando me mandan, y que uno critique sólo a A en un determinado momento no implica que no esté también en desacuerdo con B: son leyes elementales de la lógica que no hay que olvidar dada su gran aceptación durante miles de años en ésta nuestra civilización. Además, para criticar a esos otros ya está la televisión todos los días y los demás medios de comunicación, ¿no? Repito que me provoca gran desazón la idea de que Irán llegue a conseguir la bomba atómica, pero no me causa menos pavor que ya la tenga Israel, de tapadillo y con la idea de “después de mí el diluvio” muy clarita. Pero no olvidemos lo más importante: éstos ya las tienen, y en grandes cantidades. Del mismo modo tampoco debemos olvidar que da miedo decir a los musulmanes que hay que predicar la Yijad, pero muchos de los que los atacan dicen hacerlo “porque se lo manda Dios” (se supone que el nuestro, claro, no el suyo), y si ven Con Dios de nuestro lado comprobarán que incluso miembros del gobierno de los USA dicen que sus acciones son una Cruzada para llevar el mensaje de Cristo a los que todavía le hacen oídos sordos
A ver si hay suerte y entre unos y otros nos devuelven a todos a esa bonita Edad Media, tanto en lo político como en lo económico, y si somos realmente afortunados incluso a la Edad de Piedra si la realidad sigue imitando al arte, pues ya tenemos un presidente que no dista mucho del interpretado por Martin Sheen en La zona muerta.

Y ya para relajarnos al final, un poco de humor sacado de este impagable blog:
Taoísmo – La mierda ocurre.
Budismo – Que la mierda ocurra es una ilusión.
Hindú – Esta mierda ya ha ocurrido antes.
Musulmanes – Es la voluntad de Alá que esta mierda ocurra.
Confucianismo – Confucio dice: “La mierda ocurre.”
Zen – ¿Cuál es el sonido de la mierda cuando ocurre?
Catolicismo – Si la mierda ocurre, es porque te lo mereces.
Judaísmo – ¿Por qué esta mierda nos ocurre siempre a nosotros?
Protestantismo – Hagamos que esta mierda le ocurra a otros.
Ateísmo – La mierda ocurre sin razón alguna.
Agnosticismo – Quizá la mierda ocurra, quizá no.
Baptistas – Una vez estés salvado la mierda no te ocurrirá a no ser que vuelvas a pecar.
Testigos de Jehová – Permítanos entrar y le diremos por qué la mierda ocurre.
Rastafaris – Fumemos esta mierda.
Pastafaris – Qué mierda, hoy no hay pasta para comer.
Ramén.
-SuperSantiEgo
Etiquetas: Guerra Eterna entre el Bien y el Mal, Lo Estupefaciente



























4 Comentarios:
Santi, has escrito mal 'Auschwitz'. De nada.
Ya veo. Y el enlace a la Wikipedia bien puesto, que tiene más delito.
Va parrafada larga...
"Marx tenía razón; a todo orden imperante (estructura) le corresponde una infraestructura (capacidades materiales y tecnológicas) que lo sustenta y una supraestructura que lo justifica.
Hegemon genera su discurso, su propia referencia, su verdad universal. Aristóteles, en los diálogos de Platón, justificaba que algunos hombre nacieran libre y otros esclavos, porque así es su naturaleza. Llámeseles faraones, césares o reyes, los monarcas de la historia justificaron su dominación por el derecho divino (dése aquí a la divinidad el nombre y número que se quiera).
A lo largo de la historia múltiples han sido las caras de Hegemon y múltiples los discursos por los cuales ha intentado justificarse:
-El poder moderno quiere ser racional, y todo su discurso procura demostrar que lo es.
Su discurso es la ideología. Y ese discurso, en efecto, justifica al poder de manera racional, por el consenso o la necesidad, disimulando lo que el poder comporta de esencial: el hecho de que él sigue siendo sagrado para los que lo ejercen, que lo debe ser para los que lo sufren, y que supone una amenaza de violencia para los que lo rechazan (...)
El poder, bajo su forma más moderna, más racional, sigue siendo sagrado porque perpetúa, amplificándolos, los dos rasgos en los cuales se reconoce lo sagrado: el sacrilegio y el sacrificio. Por un lado, califica de violencia –“crimen”, “sabotaje”, “atentado”, “terrorismo”, etc.- todo lo que lo amenaza o simplemente lo cuestiona. Por el otro, se arroga el derecho de regir la vida de los hombres, finalmente de sacrificarla. El poder sigue siendo sagrado, pero no lo dice. Dice otra cosa. Desmiente su objetivo básico con un discurso racional cuyo papel es el de legitimarlo por otra vía. La ideología es la disimulación de lo sagrado- (Reboul)
Para ello a Hegemon no le basta con su discurso, sino que debe apropiarse del lenguaje, de la referencia, del contexto; a fin de que, a la manera del newspeak de la imaginaria Oceanía , sólo dentro sus límites pueda darse la comunicación. A Hegemon no le basta su discurso, necesita que sólo su discurso exista, que sólo su voz sea escuchada.
-Supongamos que un político 'liberal' nos planteara la cuestión siguiente: '¿Usted no piensa que la defensa del mundo libre exige un importante poder atómico de disuasión?' (...) Sea cual fuere nuestra respuesta, algo quedó sin cuestionar en la pregunta: el presupuesto de que existe un 'mundo libre' amenazado por otro mundo que no lo es (...) Esta oposición maniquea entre una zona de luz y una zona de tinieblas es precisamente lo sagrado que se disimula bajo la forma racional de la pregunta- (Reboul)
Si hemos aceptado que la mentira, para legitimarse, requiere de ser ella misma su marco de referencia, su propio metadiscurso. Hegemon se apropia del lenguaje, de los términos y de los sentidos; hasta que el lenguaje mismo se vuelve incomprensible fuera de los límites de Hegemon.
-Toda ideología tiende a ser totalitaria por el simple hecho de que trata de confiscar la palabra en su beneficio. Los medios de esta confiscación son muy diversos. Medios físicos, como (...) el aporreamiento de los opositores. Medios institucionales y jurídicos, como los que aseguran el monopolio de la palabra en el ejército, en la iglesia, en la escuela, en la medicina, en tal partido o en tal sindicato. Medios psicológicos, como los de la publicidad y la propaganda. En suma, toda ideología lucha por tomar la palabra y confiscarla. Su lucha no se efectúa sin hacerse acompañar de cierta violencia- (Reboul)
Pero, sobre todo, Hegemon se apropia de la palabra presentando su discurso encubierto: -los procesos ideológicos (...) constituyen ante todo una interferencia de funciones (...) la disimulación ideológica implica el camuflaje de una función del lenguaje por otra. La ideología no dice jamás la razón verdadera de lo que dice- (Reboul). Las palabras de Hegemon se nos presenta como ficciones, campañas publicitarias o hechos noticiosos.
Todos ellos, no se dude, justifican al poder. Tanto más, son parte de Hegemon; -en el mundo contemporáneo, tener medios de comunicación significa tener poder- (Kapuscinski). Porque a Hegemon no le basta apropiarse del lenguaje, necesita también apropiarse del deseo, del proyecto de los individuos.
-En tanto los ensueños colectivos no son precisamente 'asociaciones libres' (Freud), sino sueños controlados (...), el apaciguamiento característico del final feliz aceptable, se construye a partir de la violencia 'benévola' (¿benevolencia?) de quienes defienden la ley y el orden del mundo analítico (...) Los ensueños colectivos nos permiten sacar a pasear nuestro propio loco interno, con la seguridad de que al final será puesto de nuevo a buen recaudo por el héroe policíaco de la serie.
(...) ¿En qué se finca este control; de donde deriva su formidable eficacia para contrarrestar en la práctica el poder revolucionario potencia (de los ensueños colectivos)? Básicamente la deriva del hecho de insertar sus orientaciones específicas de apoyo al poder organizado en una síntesis de deseos de carácter universal y expectativas comunes de un consumo creciente- (Delhulmeau)
Los ensueños controlados por Hegemon no hablan de cambio, sino de perpetuidad .
Hegemon, queda escrito, se apropia también del referente. No en tanto inventar una realidad distinta a la existente (ello se da, en realidad, pocas veces y, casi siempre, es fácil detectarlo), sino en hacer que el individuo vea ésta de una forma determinada:
-Para inducir a alguien a error y así modificar su conducta, tampoco hace falta suministrarle una representación enteramente falsa de la situación; basta con engañarle acerca de un número limitado de puntos (...) Para suscitar determinado comportamiento hay que dar ciertas informaciones, y para suscitar un comportamiento diferente hay que dar otras- (Durandin)
Queda escrito, no es que los grandes medios de comunicación se encuentren al servicio de Hegemon, es que ellos son parte de Hegemon. Ya no es necesario que el poder inserte censores en los canales de transmisión de la información, ellos, en tanto parte y beneficiarios del orden imperante, reproducirán el discurso de Hegemon, ya que es su propio discurso.
En ellos las noticias se presentan como hechos aislados y no como partes del fenómeno multidimensional que es la realidad ; -se presentan desagregadas, buscando evitar que se obtengan conclusiones críticas a partir de su integración en unidades coherentes, en fenómenos o procesos significativos y sintéticos- (Delhulmeau).
A ello agréguese que la noticia es presentada no siempre en el contexto que le corresponde, sino que, de hecho, se le crea el contexto. Una imagen no dice lo que representa, sino lo que a ella acompaña (la música, si es en blanco y negro o a color, la noticia que le precede o sucede, etcétera), el discurso en el que se presenta.
No sólo qué y cómo presenta las noticias, sino (y sobre todo) a través de qué medio. No se malinterprete, no la visión simplista (ingenua, estúpida) de creer que el medio es el mensaje, sino la aceptación de que cada medio, en tanto poseedor de características específicas y propias, presenta de manera distinta los mensajes. El medio no es el mensaje, pero el canal sí modifica el mensaje.
O, al menos, la forma en que éste se recibe:
-De entre los medios de difusión, la radio y sobre todo la televisión, desempeñan un papel específico y poseen una fuerza de persuasión mucho mayor que la del texto impreso. La televisión, en efecto, ofrece un espectáculo global, puesto que moviliza la vista, el oído, y hasta el tacto (...); y un espectáculo fugitivo, porque cada secuencia desaparece sin que se le pueda hacer volver. Si se agrega que la imagen parece tener validez de prueba –'la imagen no miente', se dice con frecuencia-, se comprende que es infinitamente más difícil reflexionar sobre un mensaje televisivo que sobre un mensaje impreso.
(...) En este sentido, los medios de difusión modernos, y en primer término la radio y la televisión, son un instrumento al servicio del poder, político y comercial. Y lo son no sólo porque transmiten sus mensajes a millones de individuos, sino porque dejan a estos individuos pasivos, desarmados, sin voz, sin pensamiento- (Reboul).
Así, si Hegemon domina el lenguaje, el referente, los proyectos y el contexto; suya es la única voz autorizada para reconocer qué es la realidad y cuál es la verdad:
-El argumento de autoridad está explícitamente admitido por las religiones, que se refieren a una Palabra o a un libro considerados como sagrados. Las ideologías, aun las más laicas, utilizan el mismo procedimiento, pero racionalizándolo.
(...) Se trata de una racionalización en el sentido freudiano, que consiste en enmascarar la creencia ciega e infantil en la autoridad del jefe- (Reboul).
Hegemon es, entonces, el alfa y el omega. Suya es la única voz y suya es la verdad, la única verdad posible. La alternativa, nos dice Hegemon, es el caos; la perdición (parafraseando al clásico: quien de aquí salga, abandone toda esperanza).
Para justificarse a sí mismo y, sobre todo, ante quienes pretende gobernar, Hegemon necesita de su némesis, un otro identificable pero difuso. Para justificarse a sí mismo y, sobre todo, ante quienes pretende gobernar, Hegemon necesita a Masiosare ('Mas si osare un extraño enemigo...' Himno Nacional de México).
-¡Nunca deja de hablar contra alguien! El discurso que la ideología monopoliza, que trasmite a través de los medios de información, de educación escolar y para scolar, utilizando las elecciones y las asambleas políticas, por medio del arte y la literatura, o por el lavado de cerebro, este discurso se dirige siempre a otro discurso: un discurso virtual, pero sin el cual no se comprendería ese incesante ponerse en guardia del discurso oficial- (Reboul).
Dos frentes dependen de la figura que a Hegemon representa, a saber; la supremacía internacional y la quietud interna en la cede del imperio. No pueden lograrse los objetivos del Poder sin un brazo armado que garantice sus prácticas, como no puede garantizarse su estabilidad sin un discurso que asegure la tranquilidad.
Es decir; al exterior de Hegemon, éste se presenta a sí mismo con el rostro de la dominación armamentística; no hay ejército más poderoso ni mejor preparado que él y por ello, sus aliados locales pueden sentirse seguros.
Aún en la lógica de localización de conflictos y la legación de responsabilidades sobre fuerzas locales (o bien su derivado, la mercenarización de los ejércitos), es la supremacía tecnológica, de inteligencia y organizativa la que da sustento a los dictadorzuelos regionales.
Para asegurar esta supremacía militar Hegemon necesita, por supuesto, la tranquilidad en su escenario local, a fin de poder canalizar los recursos económicos necesarios, aún a costa de la seguridad social de sus propios ciudadanos. Para ello ha encontrado dos perfectas excusas, la seguridad y el nacionalismo.
Mientras desmantela la seguridad social, el sistema educativo y los derechos laborales, Hegemon distrae a sus ciudadanos (el posesivo jamás a sido mejor empleado) con la amenaza de la inseguridad mundial, presentando al extranjero, al otro, como terrorista, como enemigo de la libertad.
Con este pretexto, el del enemigo que se mueve en las sombras, aún dentro de las propias fronteras, es que se justifica la disminución de las libertades políticas aún para los propios ciudadanos e, incluso, para los integrantes individuales de Hegemon. Toda disidencia, aún la interna, es acallada con el pretexto de apología del terrorismo.
Es también el otro, el extranjero el que da sustento al nacionalismo. La política laboral que ataca la colectividad y transforma al trabajador en individuo y no en parte de una clase, se funda en el argumento de las plazas laborales ocupadas por inmigrantes ilegales (con todo y el abaratamiento de la mano de obra que ellos implican). El otro, el extranjero, por su mera presencia pone en peligro la seguridad laboral e, incluso, la naturaleza de su cultura; así habla Huntington.
Estos son los argumentos de Hegemon y, casi literalmente, son repetidos a su debida escala por los representantes regionales de éste en todas las partes del orbe. Reciba la amenaza el nombre de narcotráfico, Terrorismo internacional o intereses extraños (que lo mismo mueven a Gobiernos legítimamente establecidos, que a guerrillas tradicionales o a movimientos populares de nuevo tipo).
Los dictadorzuelos regionales, por supuesto, utilizan estos argumentos también para justificar su dependencia de la ayuda y asesoría militar y de inteligencia de la metrópoli.
Quienes estos argumentos ponen en duda son inmediatamente, tachados de enemigos; por apología del terrorismo o por estar coludidos con el narcotráfico; por ser, de sí, un peligro para su país.
De Hegemon es el monopolio de la palabra y, sobre todo, el de la violencia. Ello es importante, porque aun considerándose a si mismo eterno, Hegemon reconoce un peligro:
-Siempre puede denunciarse que lo que está rodeado de honor y aparato es 'farsa', siempre hay algún niño o alguien fuera del juego que es del caso que puede decir que el rey va desnudo. Cuanto más 'verdadero' se proclame un hecho de poder, una palabra de poder, más se arriesga a ser denunciada por mentira- (Valcárcel).
El otro no tiene derecho a la palabra, no tiene derecho a la violencia. Porque Hegemon reconoce la violencia en la palabra y sabe que la palabra no sólo es poder; también es contrapoder"
Que alguna vez escribí
Vaya, me ha salido al otro lado de la mar océana un corresponsal que es un peligroso elemento desestabilizador del sistema. Cada día me cae mejor.
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